El jurado internacional de la 61ª Bienal de Arte de Venecia, que comenzará el próximo 9 de mayo, ha anunciado que excluirá a Rusia e Israel de la competición por los premios porque son países cuyos líderes “están actualmente acusados de crímenes contra la humanidad por la Corte Penal Internacional”.
En el caso de Rusia, el Tribunal de la Haya dictó en 2023 una orden de detención contra el presidente ruso, Vladímir Putin, por crímenes de guerra en Ucrania. En 2024 hizo lo mismo con el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, acusado de crímenes de guerra y contra la humanidad cometidos en Gaza.
Los integrantes del jurado, presidido por la brasileña Solange Farkas, acompañada de Zoe Butt, de Australia; Elvira Dyangani Ose, de España; Marta Kuzma, de Estados Unidos; y Giovanna Zapperi, de Italia, han comunicado que no considerarán las obras rusas e israelíes a la hora de adjudicar los galardones.
En la práctica, no se trata de una expulsión: los países podrán participar y mantener su pabellón en la Bienal de Arte, pero quedarán fuera de la competición oficial. El jurado no tiene poder de decisión sobre la participación de los países, ya que de eso se encarga la Fundación de la Bienal, pero otorga los principales premios oficiales, entre ellos, el León de Oro a la mejor participación nacional —que se concede al mejor pabellón nacional—, el León de Oro al mejor artista y el León de Plata al mejor artista emergente.
La Fundación de la Bienal de Venecia —que organiza la cita artística y otros eventos como la Bienal de Arquitectura, Cine, Teatro o Música—, presidida por Pietrangelo Buttafuoco, ha respondido aclarando que el jurado actúa con “plena autonomía e independencia de criterio”. La institución ha señalado que la composición del jurado es una “expresión natural de la libertad” que la propia Bienal defiende y garantiza, y ha defendido que cualquier país reconocido por Italia puede participar. También ha insistido en que “rechaza cualquier forma de censura del arte y la cultura”.
La presencia de Rusia e Israel en esta edición, impulsada por el deseo expreso de Buttafuoco de abrir la participación a todos los Estados que estén interesados, ha generado tensión en el ambiente cultural italiano durante las últimas semanas. Numerosos artistas e intelectuales llevan tiempo pidiendo que se les excluyera de esta importante cita, uno de los mayores escaparates del arte contemporáneo mundial.
Rusia no participa desde 2022, cuando, tras la invasión de Ucrania, el comisario y los artistas seleccionados para el pabellón ruso cancelaron su participación. En 2024, Moscú cedió su espacio expositivo, situado en los jardines de la Bienal, a Bolivia.
Este año, sin embargo, reabrirá su pabellón, a pesar de que 22 países han firmado una carta de protesta y de que la Comisión Europea ha iniciado el procedimiento para retirar la financiación a la Bienal. Por otra parte, la histórica representación de Israel en los Jardines de la Bienal se encuentra en obras, aunque el país participará con un nuevo espacio en el Arsenale, otra de las sedes de la exposición.
La participación de Rusia sigue siendo un foco de tensión. En las últimas semanas, la Comisión Europea había amenazado con congelar o retirar los dos millones de euros de subvención que había concedido a la bienal para el trienio 2025-2028 si no se aclaraba o revisaba la reapertura del pabellón ruso. Este jueves, Bruselas ha anunciado que dio un plazo de 30 días a la Bienal de Venecia para que explique sus motivos para permitir la participación de Rusia y ha advertido que, si la respuesta no es “satisfactoria”, suspenderá la financiación que tenía asignada.
Una “deriva anticultural”
Ese ultimátum ha estado respaldado además por las declaraciones de la alta representante para Política Exterior de la Unión Europea, Kaja Kallas, que ha afirmado que, mientras Moscú “bombardea museos, destruye iglesias y trata de borrar la cultura ucraniana”, su participación es “moralmente incorrecta”. La portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores ruso, María Zajárova, ha respondido acusando a la UE de caer en una “deriva anticultural”.
La Comisión Europea ha informado, además, de que ha recibido una respuesta del Gobierno italiano y que ahora espera la contestación directa de la Bienal en el plazo indicado. Se desconocen las explicaciones que el Ejecutivo italiano ha dado a Bruselas, pero el mes pasado el Ministerio de Cultura del país transalpino se desmarcó de la iniciativa de readmitir a Rusia y afirmó que se trata de “una decisión autónoma” de la Fundación de la Bienal. Además, el ministro Alessandro Giuli pidió a Buttafuoco que le facilitara con la “máxima urgencia” la documentación relativa a la participación de Rusia —incluyendo comunicaciones con autoridades de Moscú y detalles de cómo se está organizando y financiando la participación— para evaluar su “compatibilidad” con el régimen europeo de sanciones vigente.
Ucrania ha solicitado a sus socios europeos que hagan efectivas las sanciones y ha instado a Italia a no expedir visados a los participantes rusos.
Una decisión insólita
Con esta decisión insólita, el jurado de esta edición ha considerado que no es posible separar completamente el arte del contexto político, especialmente en un sistema en el que los artistas representan a países. Esto hace que la dimensión política esté casi siempre presente, ya que no se trata únicamente de obras individuales, sino de “arte nacional”, con pabellones que en muchos casos son financiados por los propios gobiernos y en los que el contexto internacional —guerras, crisis o choques entre distintas visiones del mundo— acaba pesando en la lectura de las obras.
En la larga historia de la Bienal de Arte de Venecia, fundada en 1893, las tensiones geopolíticas han condicionado en ocasiones el debate artístico y han llegado a situarse por encima de las propias obras, mientras que en otros momentos el arte ha sido utilizado con fines políticos, marcado por el contexto internacional.
Por ejemplo, en los años de la Guerra Fría, se convirtió en un “campo de batalla” estratégico donde Estados Unidos y la Unión Soviética utilizaron el arte como una forma de diplomacia cultural o poder blando (soft power), es decir, una herramienta para proyectar influencia sin recurrir a la fuerza militar. A través de sus pabellones y artistas, ambos bloques buscaban mostrar la superioridad de sus modelos políticos y sociales ante el público internacional.










