Affordability, la palabra clave que le permitió ganar las elecciones como intendente de Nueva York a Zohran Mamdani, tiene una traducción enrevesada: asequibilidad. Algo así como acceder a bienes y servicios -casa, salud, educación- de manera en que la vida no se vaya en ello. Su victoria fue una alerta para la clase política: hay que pensar en el ciudadano de a pie.
Con la medicina pasa algo similar. Existen opciones fantásticas, pero aspirar a ellas a veces parece más difícil que alcanzar el Nirvana. Todos conocemos casos: la jubilada que se cansó de llamar al Pami, el hombre joven que estuvo haciendo cola desde la madrugada para que le dijeran que se acabaron los turnos, el enfermo leve que fue a la Guardia y lo mandaron a su casa porque había accidentes más serios. Eso en el ámbito de lo público. En el privado atienden el teléfono, cierto, pero las citas son a largo plazo. Algunos extrañan aquellos viejos tiempos: uno llamaba al consultorio del médico y él respondía. Hoy eso parece ciencia ficción. El ritmo y las pagas devaluadas potencian el ahora: lo que no se preguntó en la consulta queda para un futuro lejano.
¿Son los médicos responsables del sistema? No, también están superados. Una vez, yo explicaba en una Urgencia mi problema hasta que vi en la computadora de la clínica cómo pasaba el minutero:estábamos cronometrados. Qué desagradable, pensé. Y la incoherencia se apoderó de mi discurso.
Argentina tiene un nivel de médicos ligeramente superior al de países desarrollados. Como en tantas otras cosas, el problema parece ser de administración de recursos. ¿Cuánta gente no tiene un profesional de cabecera que le sirva de orientador y de primera opinión? ¿Esa ausencia no sobrecarga las guardias? Empecemos por lo más sencillo: que cada uno pueda contar con un primer nivel de atención sin grandes conflictos burocráticos. Si funciona -porque a veces terminan en anuncios de forma y no de fondo- sería el comienzo de un pequeño gran cambio: un interlocutor médico con fácil acceso. ¿Será tan difícil?










