Para quienes lo conocieron y para quienes lo descubrieron a través de sus logros, Luciano Llosa parecía estar hecho de una materia distinta, una que no se quiebra ante la adversidad. Este domingo, la noticia de su partida golpea con la fuerza de una ola inesperada: una enfermedad terminal fulminante lo llevó en apenas ocho semanas.
La noticia fue confirmada con profundo dolor por su círculo íntimo. «Falleció mi amigo. Estoy devastado. ¡Qué injusto todo hermano! Lucho era ejemplo y todo lo que está bien en esta vida», relató uno de sus amigos cercanos que veía en él a un faro de resiliencia.
Luciano Llosa, de 49 años, además de deportista, era un activista de la autonomía. Su historia, que contó Clarín en octubre pasado, lo mostraba en plena acción: un hombre que, tras un accidente a los 13 años que le lesionó la médula espinal, decidió que el mundo no se terminaba en una silla de ruedas.
Representó al país en tres mundiales en California y se consagró campeón en su categoría en 2019, compitiendo en Playa Grande, frente a su propia casa.
El año pasado se hizo viral a bordo de su handbike, la que en redes llamaron «bici cama». No buscaba fama, sino visibilidad para un reclamo urgente: rampas de accesibilidad. «Quiero que hagan en todos lados», insistía, cansado de tener que «hacer willy» para poder cruzar una calle con su hija.
Estaba en silla de ruedas desde su adolescencia por un accidente que, cuando lo narraba, erizaba la piel. Tenía poco más de 13 años cuando en su pueblo, San Miguel del Monte, con un amigo manipulaban un revólver Smith & Wesson 357 y al otro se le escapó un tiro.
El proyectil «de punta hueca» lo atravesó a Luciano: ingresó por su pecho, debajo de la tetilla derecha, y encontró salida por el omóplato izquierdo. Una esquirla pasó «a nada» de la aorta, perforó un pulmón y le lesionó la médula espinal.
La recuperación no fue sencilla. Superó un cuadro muy grave en el hospital del San Miguel del Monte, de allí fue derivado al centro de rehabilitación de la Asociación para la Lucha Contra la Parálisis Infantil (ALPI), en medio de urgencia al Hospital Garrahan por una complicación y de nuevo a ALPI hasta que pudo reincorporarse a la secundaria, ya en segundo año y con los mismos compañeros con los que había comenzado el año anterior.
Años después, en La Plata, donde estudió, comenzó a nadar y en Mar del Plata, donde se radicó con su esposa, encontró en el mar la autonomía que la ciudad le negaba.
A pesar de su lucha frontal con la burocracia municipal por los fondos no ejecutados en accesibilidad, Luciano nunca perdió el optimismo ni las ganas de «jugársela».
«Mucho más peligroso es quedarse mirando el techo«, decía con esa energía que lo llevó a planificar maratones hasta el último momento.
Luciano Llosa se fue rápido, pero dejó una estela clara: el mar da la libertad que la tierra a veces retacea, y la verdadera discapacidad a veces no es la falta de movilidad, sino la falta de empatía de quienes gestionan el espacio común.










