Abel Ferrara, el director maldito que dejó las drogas a los 61: “Mi rehabilitación se basa en dejar de decir mentiras” | ICON

Abel Ferrara, el director maldito que dejó las drogas a los 61: “Mi rehabilitación se basa en dejar de decir mentiras” | ICON


Es un clásico de Brian de Palma, pero hubo un tiempo en que Atrapado por su pasado (1993), el thriller criminal protagonizado por Al Pacino, pudo ser un éxito de Abel Ferrara (Bronx, Nueva York, 75 años). A principios de los noventa el legendario director llevaba un año ensayando con Al Pacino cuando apareció un guionista nuevo. Semanas después, Tom Pollock, jefe de Universal, le llamó aparte durante una cena en un restaurante de Cannes para hablarle de otra nueva versión del guion, lo cual a Ferrara le pareció una tomadura de pelo. Dejó su botella de vino blanco en la mesa de Pollock antes de ir a hablar con él, y al volver la cogió y se la metió dentro de la chaqueta, por esa costumbre neoyorquina de esconder el alcohol al salir a la calle. A los pocos días, le despidieron: alguien fue contando que le había robado una botella a Pollock.

Es una anécdota que encaja muy bien con la imagen errática de Abel Ferrara, la del director indomable, pasado de vueltas, casi siempre al borde del desastre y que ha alimentado su propio mito por encima de su obra. El legendario cineasta lleva más de cinco décadas haciendo películas bellísimas sobre culpa, deseo, violencia y fe, muchas de ellas en un Nueva York de camellos, gánsteres, cuestionables agentes del orden y vampiros existenciales: desde el policía de Teniente corrupto (1992) al espía industrial de New Rose Hotel (1998). Personajes, como él, con apetito por la autodestrucción.

Pero Ferrara ha sabido romper con esa losa en su autobiografía Scene: A Memoir, publicada el año pasado. Entre semblanzas de las mujeres de su vida, rodajes y adicciones, el libro avanza a saltos hasta su desintoxicación en Italia. Contraviniendo el rimbombante título con el que se conoció en España a Carlito’s Way, es la historia de un hombre, al fin, liberado de su pasado. Cuenta, por ejemplo, cómo su amigo Salvatore Ruocco, actor y exboxeador, lo llevó a una clínica cerca de Nápoles y se ofreció a pagarle el tratamiento. Tony Palma, responsable del centro, rechazó el dinero de Ruocco porque cuidar de los adictos era para él una responsabilidad. El cineasta dejó las drogas allí a los 61 años, rodeado de chicos más jóvenes. “A la compasión de los italianos le debo la vida”, escribe en el libro. El cineasta había coincidido con Ruocco por primera vez en Napoli, Napoli, Napoli (2009).

La duda es si el mito de los excesos y la autodestrucción le sigue siendo útil ahora, en su tranquila veteranía de budista practicante en Italia, o si escribe sus memorias para desprenderse de él. “Tradicionalmente, un mito es una historia de dioses, héroes o cosas sobrenaturales para explicar lo inexplicable. Hoy se usa para describir una creencia falsa. Mi mundo es el de los seres humanos, no los dioses, y busco la verdad en lo que me rodea para escapar del autoengaño”, afirma, en conversación desde Roma. La historiadora de cine Nicole Brenez lo comparó con Joe Strummer, el líder de The Clash: un poeta que justifica la existencia de las formas populares. Abel Ferrara lamenta que su trabajo se simplifique en las definiciones que suelen acompañarlo. “Las películas, buenas y malas, revelan toda la vida, no solo el caos, el pecado y la violencia que pueden resultar obvios en algunas de mis obras. He rodado 35 películas, pero cuando la gente habla de mí, dudo que lo hagan desde la experiencia de haberlas visto todas”, observa. “Los actores que ves delante son también un reflejo de la gente que no ves, el equipo técnico. En eso que estás viendo está presente la vida de toda esa gente”.

Su convivencia con los actores no siempre ha sido sencilla. Durante el rodaje de El funeral (1996), Chris Penn improvisó una escena y agarró a Vincent Gallo de la camisa, amenazando con pegarle, mientras Ferrara lo alentaba tras la cámara. En el libro Scene, recuerda que la toma por fin estaba funcionando, pero Isabella Rossellini, la coprotagonista, les dijo que estaban destrozando el guion y acudía al plató con miedo. Penn acabó llorando y pidiendo perdón. Otras de sus páginas más conmovedoras se las dedica a Zoë Lund, protagonista de Ángel de venganza (1981) y coguionista de Teniente corrupto, que falleció a causa de una sobredosis en 1999, a los 37 años.

El director puede parecer incancelable, a pesar de su caracter explosivo y, como mínimo, poco ortodoxo. No son muchos los realizadores que han expuesto tanto de sí mismos y por eso sorprende que en sus memorias no aparezcan ni Juego peligroso (1993), uno de sus trabajos más incómodos, ni Madonna, su estrella. En aquel largo, Harvey Keitel interpreta a un director que humilla a una actriz, encarnada por la cantante, para conseguir la interpretación que busca. Madonna criticó la película, se negó a ir al estreno y Ferrara la culpó de haberla hundido. Sin embargo, cuando se le pregunta si en el libro hubo alguien sobre quien le costara ser del todo sincero, responde: “No me habría sentado a escribir un libro si no fuera para confrontar la totalidad de mi pasado. ¿Es difícil ser sincero? Esa no es la cuestión. Mi rehabilitación se basa en ser rigurosamente honesto, en dejar de decir mentiras. Lo que está o no está en el libro no se debió a mi miedo a afrontar el pasado”.

Recientemente, ha aparecido como actor en Marty Supreme (2025), la última película de Josh Safdie. Al hablar de ese supuesto cool neoyorquino que asociamos a los hermanos Safdie y a cineastas como él o Larry Cohen, reacciona: “Me hace gracia que reduzcas en Larry Cohen a todos los directores de Nueva York. Tienes que responder tú cuál es tu fascinación con Larry, no yo”. Reformulamos entonces para hablar de cómo se construyen esas grandes genealogías geográficas desde fuera. “Hay una larga lista de directores de Nueva York: John Cassavetes, Elia Kazan, Martin Scorsese… La lista es interminable, pero Woody Allen está tan lejos de Stanley Kubrick como de Oliver Stone. Cada ciudad moldea una visión del mundo”, dice.

En Roma, donde vive desde hace años, rodó durante la pandemia Zeros and Ones (2021), quizá la mejor película de su última etapa. Desde allí observa y da su veredicto sobre Estados Unidos: “No veo que esté en muy buen estado, igual que el resto del mundo. Creo en la bondad básica de la gente, pero la violencia que presenciamos nace de un entorno que da la espalda a lo espiritual y persigue la autosatisfacción. Somos ocho mil millones de personas en un solo planeta, lo que nos conecta es mucho mayor que lo que nos separa, pero hemos llegado al punto del asesinato industrial y la muerte llovida del cielo. La empatía y el amor ni siquiera entran en la conversación de quienes ocupan posiciones de poder. La ambición no es incompatible con una vida espiritual”.

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