Cuando el presidente de China, Xi Jinping, recién aterrizado, salió a la escalerilla del avión que le había trasladado a Washington para una visita de Estado, tenía ante sí una gran alfombra roja. Y a su homólogo de Estados Unidos, Donald Trump, que le esperaba al pie del avión en la base aérea de Andrews, en las afueras de la capital. El líder chino llegaba para una visita de Estado de tres días que estará colmada de agasajos y en la que los dos presidentes tratarán de acercar posturas sobre asuntos desde la inteligencia artificial a Taiwán, pasando por el comercio bilateral y la guerra en Irán.
Era un recibimiento extraordinario: antes de Trump, la última vez que un mandatario estadounidense había acudido al aeropuerto a recibir a un líder extranjero para una visita de Estado había sido en 1962, cuando John F Kennedy se desplazó también a Andrews para dar la bienvenida al primer ministro británico Harold McMillan. Eran los tiempos de la “relación especial” entre Londres y Washington.
Desde entonces, la norma protocolaria sobreentendida que indica que un presidente estadounidense recibe a los líderes extranjeros en la Casa Blanca o, en caso de verlos fuera de Washington, en el lugar donde vayan a reunirse y no en el aeropuerto solo se ha saltado contadísimas veces. Ronald Reagan recibió en 1987 en el aeropuerto al papa Juan Pablo II. El año pasado, Trump dio la bienvenida a Vladimir Putin, el presidente de Rusia y teóricamente adversario, en la base aérea Elmendorf-Richardson en Alaska, antes de la cumbre que ambos celebraron en esas instalaciones. Pero aquel encuentro no tuvo el nivel de una visita de Estado.
Con el gesto de este miércoles, Trump devolvía el recibido en su última visita a Pekín, el pasado mayo, cuando el vicepresidente Han Lifeng acudió a recibirle a pie de avión.
El avión de la línea aérea china que transportó a Xi aterrizó a las 17.36 horas (23.36 hora peninsular española).
Inmediatamente, apenas se detuvo el avión, un grupo de soldados se apresuró a extender la alfombra roja; rojo carmín, y de treinta metros. Trump descendió de su vehículo presidencial, la Bestia. Acompañado de la primera dama, Melania, aguardó que Xi y su esposa, Peng Liyuan, descendieran las escalerillas. Los cuatro se estrecharon las manos y se saludaron afectuosamente; dos niños entregaron sendos ramos de flores al jefe de Estado visitante y su esposa.
Escoltadas por una guardia de honor, las dos parejas escucharon una interpretación de los respectivos himnos nacionales y una salva de bienvenida de 21 cañonazos, mientras dos bombarderos B-1 sobrevolaban la escena. Al término de la ceremonia, cada presidente y su esposa subieron a sus respectivos automóviles. Trump, a la Bestia. Xi y Peng, al vehículo presidencial chino, el historiado Hong Qi, o Bandera Roja en mandarín, la marca preferida de Mao Zedong.
Trump volverá a tirar la casa por la ventana este jueves para homenajear a su invitado. Él y la primera dama recibirán a Xi y Peng para una ceremonia formal de bienvenida en los jardines de la Casa Blanca, esta sí habitual en todas las visitas de Estado. Según los datos que ha proporcionado la oficina de la primera dama, en torno a 500 soldados participarán en el acto de saludo.
Tras él, ambas parejas intercambiarán regalos, antes de que los dos jefes de Estado celebren una muy esperada cumbre, primero a solas y después acompañados de sus equipos. La jornada concluirá con una cena de Estado a la que están invitados algunos de los principales nombres de la industria tecnológica estadounidense, desde Elon Musk, el hombre más rico del mundo, a Sundai Pichar, el consejero delegado de Alphabet, la matriz de Google.
Inmediatamente antes de la llegada de Xi a Washington, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, mantuvo una reunión fuera de programa en la sede del Banco Mundial con el viceprimer ministro chino, He Lifeng, para terminar de preparar el encuentro de los líderes. Era la segunda reunión entre los dos después de la mantenida en Nueva York el domingo, en la que ambos acordaron poner en marcha un mecanismo de aviso mutuo en caso de algún incidente con la inteligencia artificial que pudiera poner en peligro la seguridad nacional.
Tras este segundo encuentro, Bessent han indicado que Washington está abierto a prorrogar la tregua arancelaria acordada el año pasado entre los dos países y que expira el 10 de noviembre. Según el secretario del Tesoro, Pekín ha planteado la posibilidad de un acuerdo comercial más ambicioso entre las dos principales economías del planeta.
Los dos mandatarios aspiran a mantener la “estabilidad estratégica” a la que aludieron en mayo y seguir adelante con la tregua comercial pactada el año pasado en su reunión en Corea del Sur, sin que los altibajos en la reunión bilateral les distraigan de sus problemas internos particulares. El presidente chino quiere calma para centrarse en la alicaída economía de su país. Trump tiene sobre la mesa la guerra de Irán y unas elecciones de mitad de mandato a la vuelta de la esquina, el próximo noviembre.









