Neandertales y sapiens eran más que especies hermanas. Diferenciados por unas pocas decenas de genes, tuvieron sexo y descendencia de forma recurrente, lo que para algunos incluso cuestiona la distinción entre unos y otros. Sin embargo, el profundo análisis de los restos de un bebé neandertal muestra que ya de pequeños eran diferentes, al menos en sus huesos. El trabajo, publicado en Current Biology, sugiere además que los niños de Homo neanderthalensis se desarrollaban a un ritmo mayor que los de los sapiens. Las diferentes y más duras condiciones del entorno podrían explicar esta vital diferencia.
Amud 7 es un pequeño enterrado en una cueva del mar de Galilea, en Israel, hace entre 51.000 y 56.000 años. Es el más pequeño entre los veinte neandertales allí sepultados. Descubierto en los años 60 del siglo pasado, el primer análisis de lo que fue su cabecita tuvo lugar treinta años después. Pero no ha sido hasta ahora cuando se ha realizado un profundo análisis de los 111 huesos de su cuerpo que se han recuperado, que han arrojado mucha información sobre cómo eran los niños neandertales, lo parecidos y diferentes que eran a los niños humanos modernos.
“Creo que Amud 7 tenía menos de doce meses, más bien cerca de los seis”, cuenta Ella Been, profesora del Ono Academic College (Israel) y primera autora del estudio. El ojo entrenado de un forense podría detectar algunos de los rasgos morfológicos claves de este niño que lo diferencian de un humano moderno (por moderno, los paleontólogos no se refieren a una persona actual, sino a la denominación alternativa a la cada vez más en desuso de Homo sapiens). “Existen algunas diferencias notables: huesos robustos, un endocráneo grande, ausencia de mentón, una clavícula muy curvada, una inclinación superior de la espina de la escápula, una orientación inferior de la cavidad glenoidea y una tibia relativamente corta”, resume Been, también investigadora de la Universidad de Tel Aviv.
Que un niño de tan corta edad ya muestre diferencias morfológicas tan marcadas es para la investigadora israelí muy relevante. “El hecho de que estas diferencias aparezcan tan pronto en la vida nos indica que la morfología neandertal está profundamente arraigada en su biología, y no moldeada por el entorno o el comportamiento”, sostiene.
Mientras los neandertales prosperaron en Eurasia hasta hace unas pocas decenas de miles de años, cuando las condiciones climáticas eran mucho más severas que las actuales, los humanos modernos lo hacían en el continente africano, en un entorno más benigno, antes de expandirse por los territorios neandertales. De ahí que la presión ambiental en el fenotipo nunca se descartara del todo para explicar las diferencias entre ambos. Pero “el hallazgo del hueso Amud 7 cambia radicalmente nuestra comprensión de la infancia neandertal”, completa Been.
El otro gran hallazgo de este trabajo tiene que ver con la edad del pequeño y las dudas que expresa Been sobre ella. Si se guiara solo por el estado de su dentición (solo habían emergido los dos incisivos inferiores), Amud no tendría mucho más de seis meses. Pero el tamaño y el nivel de osificación de sus huesos largos y la capacidad de su cráneo apuntan a que, de ser una cría de humano moderno, rondaría el año de edad. “Considero que la edad histológica de los dientes es más precisa que la edad medida por el volumen de los huesos largos o el endocraneal para estimar una edad tan temprana”, justifica.

Esto indicaría que Amud 7 se desarrolló a un ritmo mayor. Su tamaño corporal y volumen bajo el cráneo (estimado en 879 centímetros cúbicos) corresponden a los de un bebé humano moderno varios meses mayor que su edad dental. La discrepancia entre la madurez esquelética y dental apunta a una tasa de crecimiento corporal más rápida entre los niños neandertales. “Amud 7 no es un caso aislado”, concluye la profesora Been. “Al compararlo con otros bebés neandertales conocidos, se observa el mismo patrón: un crecimiento corporal y cerebral más rápido, lo que sugiere un mayor gasto energético. Comprender este patrón es fundamental para entender quiénes eran los neandertales y cómo se adaptaron a su entorno”, termina.
Hace unos años, Daniel García, antropólogo físico en la Universidad Complutense, fue coautor de un amplio estudio que reconstruyó la caja torácica de cuatro niños neandertales, desde un recién nacido a otro de tres años. Y las compararon con la de los pequeños humanos modernos. Como sucede con Amud 7, la forma tan característica de esta parte del esqueleto axial, más corta, profunda y con huesos más robustos, ya la tenían de pequeños.
“No todos aceptan que los neandertales ya nacían con diferencias, y algunos apuntan que se generan durante su vida”, recuerda García. “El caso de Amud 7 podría ser algo propio de Oriente Próximo, pero hay otros en Francia o en Rusia y todos presentan desarrollos parecidos”, añade el antropólogo. En cuanto al mayor desarrollo o su ritmo acelerado, reconoce que es una cuestión más compleja. “Pienso que sí, que hay evidencias para hablar de este rápido desarrollo”, dice García, pero deja la siguiente pregunta: “¿Tienen un desarrollo acelerado o es que nosotros somos los que vamos más despacio?”.
En opinión de Carles Carles Lalueza-Fox, este estudio con Amud 7 confirma lo que encontraron con el juvenil de El Sidrón: “Los neandertales tenían un crecimiento acelerado —respecto a nosotros— en la infancia”. Hace unos años, Science publicó un trabajo en el que participó el genetista sobre un niño de casi ocho años encontrado en la Cueva de El Sidrón, en Asturias. Como Amud 7 y otros niños neandertales, también presentaba un mayor desarrollo si se le compara con niños humanos modernos de la misma edad.
“Creo que la explicación subyacente no se encuentra en los genes —neandertales y humanos modernos diferimos en solo un centenar de genes—, sino en la regulación de la expresión de dichos genes durante el desarrollo”, sostiene Lalueza-Fox. Para él, estaríamos ante un mecanismo más complejo a estudiar que explicaría “diferencias en los patrones de desarrollo, más que en sus rasgos concretos”.










