“Comparto con ustedes este mensaje de esperanza renovada en el futuro de la ONU. Este es un momento de peligro y esperanza. La ONU se enfrenta a una presión política y financiera importantes, pero es más necesaria que nunca. El multilateralismo es esencial, el mundo no puede rendirse a la desesperación”. Este es el resumen a vuela pluma del programa de Michelle Bachelet, dos veces presidenta de Chile, como aspirante a la secretaría general de Naciones Unidas. Compiten por el puesto otros tres candidatos —dos de ellos, también latinoamericanos—, pero Bachelet, de 74 años, ha sido la primera en enfrentarse al escrutinio de los países miembros y de la sociedad civil, en un diálogo interactivo celebrado este martes en Nueva York.
“Necesitamos una ONU moderna, centrada en resultados reales, sostenibles y verificables, que lidere mediante la eficiencia administrativa, la coherencia y un liderazgo digno de confianza. Visualizo unas Naciones Unidas que anticipen, prevengan, creen y unan, con un objetivo primordial: servir a los Estados miembros y a sus ciudadanos”, ha dicho.
Privada del apoyo del Gobierno conservador de su país, Bachelet, que ha sido comisionada de Derechos Humanos y directora de ONU Mujeres, es consciente de que la organización solo tiene dos opciones, renovarse o morir. Reformarse implica cambios estructurales, recorte de gastos y un ejercicio de relevancia inédito en los últimos años: los conflictos de Ucrania, Gaza o Irán le han puesto palos en las ruedas hasta inmovilizarla. Todo ello, en un escenario “de profunda incertidumbre, competencia estratégica, conflictos armados en expansión, graves violaciones del derecho internacional y de los derechos humanos, desigualdad creciente, un cambio climático desastroso y disrupción tecnológica; un entorno marcado por la corrupción. La confianza en las instituciones se ha visto gravemente debilitada. (…) Fracturas que dejan al descubierto la arquitectura que precisa ser rediseñada”.
Bachelet, cuya candidatura patrocinan México y Brasil, ha hecho una defensa a ultranza del orden internacional, dinamitado por guerras declaradas unilateralmente, como la de EE UU e Israel contra Irán, y recordó cómo, tras el golpe de Estado en Chile en 1973, “fueron la presión internacional y la solidaridad global las que ayudaron a restaurar la paz y la democracia en mi patria; en un momento en que necesitábamos desesperadamente esperanza, el mundo nos la brindó”, dijo al inicio de su alocución.
Tanto defensores como críticos de la organización piden que la ONU recupere su papel pacificador, el que ejercieron en el pasado los primeros secretarios generales. La ONU como árbitro no solo moral, sino ejecutivo, para poner fin a conflictos y guerras. Pero también, declaró la política chilena, como un sistema integral que cala el más nimio detalle de la vida, “[un sistema] entretejido en la propia trama de nuestra cotidianidad, desde la aviación civil hasta la asistencia humanitaria, desde la propiedad intelectual hasta la estabilidad monetaria, desde el mantenimiento de la paz hasta la meteorología”.
Este año son solo cuatro los candidatos a suceder a Guterres, quien en 2016 fue elegido entre 13 aspirantes, siete de ellos, mujeres, un síntoma para muchos de la creciente irrelevancia de la institución, principalmente por la inoperancia del Consejo de Seguridad, sobre cuya reforma, demandada por muchos, Bachelet se ha manifestado con cautela. “Es necesario pensar seriamente en tal reforma para que el organismo represente al mundo de hoy. El secretario general debe ofrecer buenos oficios a todos los países y generar ‘viabilidad política’ para las reformas, [pero] también viabilidad financiera: más transparencia y rendición de cuentas”, ha dicho.
Bachelet no entró en detalles al ser preguntada por la situación en Palestina, donde un informe de expertos de la ONU ha denunciado la comisión de un genocidio por parte de Israel, o en Cuba ante las amenazas del presidente Trump, sobre las que le preguntó directamente el embajador cubano.
La presidenta de la Asamblea General de la ONU, la alemana Annalena Baerbock, que presidirá las audiencias de los cuatro candidatos, ha descrito el puesto de secretario general como uno de los trabajos más difíciles del mundo, si no imposible. “Pero también uno de los más importantes, ya que el próximo secretario general no solo moldeará el futuro de esta institución, sino que —en su papel como el más firme defensor de la Carta de las Naciones Unidas— también moldeará el del orden internacional basado en normas”, ha dicho.
De ser elegida, Bachelet sería la primera mujer al frente de la ONU en sus 80 años de historia. Su feminismo militante es un inconveniente ante países como EE UU, con asiento permanente en el Consejo de Seguridad —que a la postre determinará el nombre del candidato: su nombre será eliminado si hay un solo veto de ese órgano. Washington denuncia su defensa del aborto como derecho fundamental. Mike Waltz, su embajador en la ONU, torpedeó este mes su candidatura al acusarla también de supuesta tibieza hacia China cuando Bachelet dirigía la comisión de Derechos Humanos, al no calificar de genocidio las violaciones de derechos de la minoría uigur. El voto de Pekín, otro miembro permanente, es una incógnita.
La hoja de ruta de Bachelet como hipotética líder de la ONU choca de plano con la política hegemónica y unilateral de la Administración de Donald Trump, entre otras. “El multilateralismo es esencial”, ha dicho. “El secretario general tiene una voz moral, una estatura diplomática que puede ser escuchada por países poderosos y no tan poderosos”, porque, recordó, “no podemos permitir que la geografía determine el destino de los países”. Bachelet reiteró su apoyo a “la UNRWA [la agencia de Naciones Unidas para los refugiados palestinos] y otras entidades humanitarias [que] deben recibir los recursos que necesitan”. La UNRWA, cabe recordar, es la bestia negra de EE UU y de su aliado Israel, que han intentado dinamitarla acusándola de connivencia con Hamás.
“El próximo secretario general debe estar muy presente físicamente en el terreno y velar por que se implementen las resoluciones de la Asamblea General”, ha dicho, pese al largo historial de incumplimientos de resoluciones por parte de algunos países miembros (Israel en Líbano, por ejemplo). El funcionamiento del Consejo de Seguridad, basado en el derecho de veto de sus cinco miembros permanentes, ha llevado al máximo órgano de la ONU a un punto muerto: ha sido imposible el consenso, y por tanto la acción, ante conflictos como los de Ucrania, Gaza, Sudán o Irán.
“Comparezco ante ustedes para reivindicar la urgente necesidad del diálogo, pues la deliberación y la cooperación multilateral han sido la plataforma operativa sobre la cual se erigió esta organización y siguen siendo el puente hacia nuestro futuro”, ha subrayado, reiterando su compromiso con el artículo 33 de la Carta de Naciones Unidas, “que prescribe la búsqueda de soluciones mediante la negociación, la mediación y la conciliación”. Exactamente lo contrario de lo que practica la Administración de Donald Trump.
Bachelet ha respondido a preguntas sobre la crisis financiera de la organización —el principal contribuyente, EE UU, solo satisfizo el año pasado el 4% de su cuota— afirmando que, si es elegida, pedirá a los Estados miembros que “hagan lo que tienen que hacer” en lo que respecta a sus obligaciones. Con respecto a su hipotético equipo de gobierno, afirmó que es “necesario mejorar la representación geográfica y la paridad de género. Busco candidatos cuyos países no estén representados en la Secretaría ni en el Consejo de Seguridad”.
Aunque no hay una política oficial de rotación regional para determinar el origen del secretario general —tampoco el criterio del género como definitorio de la elección—, así ha sido tradicionalmente y ahora es el turno de América Latina, lo que puede explicar por qué tres de los candidatos declarados —Bachelet, el argentino Rafael Grossi y la costarricense Rebeca Grynspan— son de esa región. En sucesivas audiencias comparecerán entre hoy y mañana Grossi, actual director del OIEA, que no ha renunciado al puesto pese a postularse; Grynspan, que dirigía la UNCTAD (Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo) hasta la presentación de su candidatura, y el senegalés Macky Sall, prácticamente sin opciones.










