Ser un gran candidato político exige saber contar una buena historia. Hay que fascinar al público con una visión del futuro, pero también con un relato personal: explicar qué motivos le mueven a hacer realidad esa visión y hacen que solo él, o ella, sean la persona adecuada para conseguirlo. Por eso fracasaron los demócratas en las elecciones de 2024 en Estados Unidos: sin una narrativa propia, “permitieron que Donald Trump les convirtiera en el partido del sistema”, analiza Ben Rhodes (Nueva York, 48 años), antiguo director de comunicaciones estratégicas de Barack Obama. Mientras tanto, el comportamiento del republicano, sin barreras en su mandato, pero con un mensaje efectivo, ha creado un panorama en el que la situación en las próximas presidenciales, en 2028, “será aún más extrema y más polarizada”, advierte el hoy podcaster y autor de éxito.
Rhodes comparte con su antiguo jefe, el primer presidente negro de Estados Unidos, el interés por las palabras y el mensaje, el análisis y la estrategia política. Escribió sus discursos sobre política exterior antes de convertirse en su consejero adjunto de Seguridad Nacional y su portavoz para asuntos internacionales. Ahora, junto a otros comunicadores de la era Obama, está al cargo del podcast de análisis político Pod Save America, colabora en varios medios como comentarista y escribe. Acaba de publicar All We Say, una recopilación de 15 discursos que han marcado la historia política de su país y a través de los cuales explora la identidad estadounidense. Habla con EL PAÍS y un grupo de medios europeos en un restaurante en Washington durante una parada en la gira de presentación de su libro.
Pregunta. Los discursos políticos como reflejo de un país son un fenómeno muy estadounidense, no se da en otros países. ¿Por qué cree usted que es así?
Respuesta. A diferencia de los países europeos, los estadounidenses no compartimos un origen étnico ni geográfico. No tenemos una identidad definida. Por eso a menudo hemos recurrido a los discursos políticos y la narración política para debatir, discutir y tratar de contestar la pregunta de qué significa ser estadounidense. A lo largo de nuestra historia son los discursos los que han respondido a ese interrogante. El discurso de Gettysburg, el Yo tengo un Sueño de Martin Luther King; nuestra historia es inimaginable sin ellos. También hay algo único en el modo en que se pronuncian, esa idea de una voz solitaria que se planta ante una multitud. Y creo que tenemos una tradición de movimientos políticos precisamente por esta naturaleza incierta de qué es Estados Unidos. Hay una historia de América bastante reaccionaria, ¿no? La que dice que esta es una nación blanca y cristiana que ha heredado la supremacía occidental, y que otras personas pueden estar aquí, pero tienen que subordinarse a la identidad establecida; esa idea llega hasta Donald Trump y su vicepresidente, J. D. Vance.
Pero otros han creado movimientos para tratar de cambiar esa identidad y de hacer que Estados Unidos cumpla lo que prometió en la Declaración de Independencia: que todos los hombres son creados iguales. Así que tienes un movimiento abolicionista, otro por el sufragio femenino, un movimiento populista, un movimiento obrero… y su capacidad de movilizar a la gente y de hacerles creer que las cosas pueden cambiar ha dependido frecuentemente de las palabras. No podemos imaginar el movimiento por los derechos civiles sin los discursos de Martin Luther King. Ni Barack Obama hubiera llegado a presidente sin los suyos.
P. Pero ¿tienen cabida en el futuro, cuando hoy en día la atención ya no aguanta parrafadas largas?
R. Está muy bien hacer un vídeo para redes sociales, o dar un titular para que se vuelva viral, pero antes de todo eso tienes que saber qué historia contar. Y un discurso es donde se expone esa historia. Aunque no lo escuche todo el mundo. Cuando fue candidato, Obama tenía un discurso tipo que repetía en sus mítines, y ahí es donde pulió su mensaje. De ahí salió toda su estrategia de comunicación. Así que creo que, más que copiar a Trump, una forma de contrarrestarlo es volver a los discursos y explicar tu visión.
El mundo afronta unos problemas enormes: estamos en guerra, hay desigualdad, la economía no parece muy prometedora para los jóvenes, llega la inteligencia artificial a eliminar empleo. Cuando la gente está tan confundida sobre el estado de Estados Unidos y el mundo, no necesitan frases hechas o propuestas políticas: necesitan una historia en la que creer. Trump la tiene. Yo no se la creo, pero la tiene; trata principalmente de él. Los demócratas, en cambio, no tienen una historia, no tienen un relato.
P. ¿Por qué no tienen una historia?
R. Cuando llegó Trump, como era tan fuera de lo común y tan extremo, nos equivocamos. La campaña de Hillary Clinton, su rival demócrata, creyó —y yo también— que era imposible que él ganara. Por eso ella no desarrolló un relato, más allá de “este tipo está loco, y yo soy una persona competente”. Luego llegó Biden y más o menos repitió esa narrativa: “Estoy aquí para restablecer la normalidad”. Un político de toda la vida haciendo cosas de toda la vida. Creo que Biden cometió un gran error al sobrevalorar su victoria en 2020. Esa elección no fue una apuesta por él y su mensaje; fue un rechazo a cómo Trump gestionó la pandemia de la covid.
Luego, en 2024, vimos más o menos una versión actualizada de la campaña de Clinton: “Trump es una amenaza para la democracia, nosotros somos gente normal, nuestras propuestas deberían gustarte”. Pero yo no hubiera sabido decir qué visión de futuro proponía Kamala Harris, la candidata demócrata que reemplazó a Biden en esas elecciones. Otra gran parte del problema fue que la generación más mayor de los demócratas en general, no solo Biden, no quiso soltar su poder y dar el relevo.
P. Pero han pasado ya casi dos años de esas elecciones. ¿Y ahora?
R. Veo emerger otra generación política, gente como el senador John Ossoff en Georgia, la congresista Alexandria Ocasio Cortez, el aspirante a senador por Texas James Talarico. O el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani. Ellos dan discursos, cuentan historias, tienen una visión no solo de qué hacen, sino por qué. Pueden relacionar temas abstractos de democracia y corrupción con situaciones concretas. Cuentan un relato que une esos temas: cómo la corrupción de Trump y su círculo no solo está detrás del deterioro democrático, sino que también explica por qué no puedes pagar atención médica o por qué los precios de la gasolina están altos. Me parece que así es como hay que hacerlo.
P. Parece que hay un ansia antisistema entre las bases demócratas, que viene de antes de Trump incluso.
R. Eso es. Trump pintó a los demócratas como el partido del sistema y los demócratas aceptaron ponerse en esa posición. En política exterior nos situamos como los defensores del oficialismo, de instituciones que a la gente no le gustan, de posiciones que los votantes detestan. No es que tuviéramos que ir tan lejos como Trump, pero es que ni siquiera planteamos una alternativa. Obama ganó en su momento porque se presentó como un insurgente, un candidato contra el sistema. Clinton, Biden y Harris abrazaron la identidad prosistema.
P. ¿Cree que un modelo rupturista funcionará en todo el país? Lo que vale en Nueva York con Mamdani no necesariamente sirve en Texas, por ejemplo.
R. El socialismo de Mamdani no funcionará en todas partes. Pero presentarte como algo nuevo, con ideas diferentes, no bajo el puño de los carcas del partido, es otra cosa. En Texas, el candidato a senador James Talarico, un seminarista, tiene un mensaje bastante diferente al de Mamdani, pero deja claro que es un outsider, que no forma parte del sistema. Siempre lo dice, que se presenta como candidato para luchar contra un sistema corrupto. Eso mismo hicieron Trump y Obama. Pero Talarico también te explica por qué quiere luchar contra ese sistema: habla de su fe como motivación. Y esa es la diferencia entre un discurso efectivo y uno mediocre: que alguien no solo diga qué hace, sino por qué. Cuáles son sus experiencias o antecedentes personales que explican que se presente a unas elecciones.
P. ¿Será esa la tendencia en las primarias demócratas en 2028? ¿Llegará un antisistema que ponga el partido patas arriba y lo conquiste?
R. No lo sé. El panorama de posibles candidatos es muy amplio y muy diverso. Pero creo que sería muy efectivo si hubiera esa sensación de que llega alguien que va a darle la vuelta al partido y rehacerlo. No tiene que ser una estrella de un reality show o un multimillonario. También un político puede hacerlo.
P. Un político ¿como quién?
R. No tengo un candidato favorito. Me interesan distintos tipos de gente, como Alexandria Ocasio-Cortez o Andy Beshear (gobernador demócrata de Kentucky, un Estado que votó por Trump). Gente ideológicamente distinta, pero todos ellos son caras nuevas, jóvenes, con potencial y un mensaje diferente. Y saldrán otros. Si para 2028 la gente siente que el Partido Demócrata es distinto, con gente distinta y un mensaje distinto, estará en buena posición para ganar. Sí, un político profesional puede lograrlo. Es un poco más difícil, pero puede.
P. ¿Qué recomendación tendría para ellos?
R. Creo que a veces los demócratas se enfocan tanto en gobernar —lo cual es bueno— que se meten en debates enrevesadísimos sobre detalles políticos y acaban yéndose por las ramas a la hora de explicarse. Creo que el truco es hacerlo al revés. Primero ten clara tu historia, tu relato, tu visión. Y las políticas se decidirán a partir de esa historia: qué intentamos hacer, hacia dónde vamos. Si transmites bien quién eres y cuál es tu visión, las políticas fluirán.
P. Después de que Trump ganara, hubo ese deseo real de volver a la normalidad. La gente estaba agotada; ya no aguantaba más después de esas elecciones tan polarizadas. Pero las de 2028 se presentan todavía más crispadas. ¿Dónde estaremos entonces?
R. Creo que estaremos en una situación mucho más extrema en 2028. Y más polarizada. En el primer mandato de Trump había gente en su equipo y en el Congreso que le contuvo. Esta vez no hay absolutamente ninguna restricción. Todos le son fieles, no pide permiso para nada, la corrupción es endémica. Su familia hace miles de millones ante nuestros ojos. Ha lanzado múltiples guerras sin la aprobación del Congreso. No me gusta hacer predicciones, pero pienso que nos dirigimos hacia una gran calamidad, una crisis económica, algo que no pasó en su primer mandato.
Para 2028, especialmente con esta guerra en Irán, la economía podría ser un desastre total. El país estará en bancarrota. Podríamos estar en guerra en Groenlandia. Siento que será una situación mucho más extrema que en 2024. Y creo que para 2028 la gente estará bastante cansada de Trump. Aún tendrá sus seguidores, pero en las encuestas ya está más bajo que nunca, y eso le facilita la tarea a un candidato demócrata. Para ese candidato, es fundamental la lección de los años de Biden: la gente no se conformará con la política del statu quo. No tienes que decir que vas a arrasar con todo, pero sí que en ningún caso vamos a volver atrás.









