En 1986 no había múltiples redes sociales y tampoco existía el término fake news en el país, pero cuando un rumor se instalaba en cualquier ámbito —y el fútbol no estaba ajeno—, era difícil cambiar la mirada de la opinión pública. Afectado por muchas cosas que se decían, Claudio Borghi, el Bichi, el crack de Argentinos, renunció a la Selección y fue el último de los 22 en dar el “sí” definitivo para integrar la lista del Mundial el 14 de abril, a escasos 47 días del inicio.
La revista El Gráfico se hizo eco de las muchas cosas que se decían. Escribió Enrique Romero en la edición del lunes 14 de abril: “Comprendí todo, porque como él imaginé los titulares: ‘Borghi está enfermo’; ‘Borghi deja el fútbol para dedicarse a las prédicas’; ‘Una infidelidad en la vida del astro’. Me lo imaginé con su cara, sonriendo apenas y negando, negando una y otra vez. Como también la de ese tipo que, dicen, dijo: ‘Soy tu padre’. Casi risueño, poco creíble. Inconcebible. Pero que, sin embargo, trastorna, angustia”.
Romero fue hasta el cementerio de Morón en busca de la tumba del padre de Borghi. “¿Vos fuiste al cementerio, verdad? ¿Viste la tumba de Borghi? Existe, ¿no es cierto?… Entonces terminemos con esta sinrazón”, le dijo Salvador Brescia al periodista de El Gráfico.
Borghi tenía un origen muy humilde: criado en Morón, con una madre, siete hermanos y un padre que había fallecido 12 años atrás, cuando el futuro crack tenía apenas 9 años. Trabajó para ayudar a la familia, primero en una sombrerería, luego en una zapatería; se abrazó a la religión mormona para escapar de los peligros de la calle y, cuando ya estaba en las inferiores de Argentinos, conoció a Brescia y a su esposa, María Luisa.
Brescia fue su representante, pero también un padre; María Luisa, una segunda madre. Ya había sido campeón del fútbol argentino y de América, ya había descollado en la final de la Copa Intercontinental ante la Juventus y lo quería el Milan por una cifra millonaria. Todo eso era el Bichi, que se debatía entre ir o no a la Selección por sus problemas personales.
Era un jugador exquisito, con panorama y a quien le encantaba tirar rabonas. No era violento. Por eso sorprendió su expulsión en el 3-3 ante Racing de Córdoba a mediados de febrero, otra roja contra Español después de hacer un gol a principios de marzo y la expulsión ante Francia en el Parque de los Príncipes, en un amistoso que perdió Argentina 2-0 (antes, por supuesto, deslumbró con una rabona). Por eso resultó inexplicable la pelea con Néstor Clausen en un entrenamiento y la posterior decisión de dejar la Selección. Las reacciones coinciden con la aparición del supuesto padre de Borghi, dos meses antes.
Lo contó Bilardo tras el entrenamiento del 10 de abril: “Borghi me comunicó que se alejaba del seleccionado y su argumento fue que tiene problemas particulares que tratará de solucionar. No fijamos fecha para que se reintegre al grupo; simplemente quedé en hablar con Brescia para ver qué ocurre. Cuando quiera volver, que vuelva. Obviamente no le dimos una licencia porque a esta altura no podemos concedérsela a nadie. La idea es que los veintidós jugadores que inicien la gira sean los que vayan directamente al Mundial de México”.
Borghi junto con Olarticoechea, Cucciufo , Passarella y Almirón.El entrenador tenía algo en claro: esperaría hasta último momento al jugador de Argentinos. Para él, tenía que estar sí o sí entre los 22. Pero la decisión final corría por cuenta de Borghi. Es más, fue uno de los pocos mundiales en los que Argentina no presentó una lista preliminar de 40 jugadores, como se estilaba al menos desde 1962. Aunque podía presentar la lista definitiva 10 días antes, el 17 de abril daría los 22 nombres y, en todo caso, modificaría alguno si fuera necesario.
La mayoría de los jugadores del plantel salieron a bancar a Borghi. Incluso Diego, desde Nápoles, el mismo día que dijo que, si echaban a Bilardo, se irían también todos ellos. Fue en Sport 80, por Radio Mitre: “Yo creo que Claudio no debe renunciar, debe recapacitar antes de hacerlo; por todos los medios hay que retenerlo. Estaríamos perdiendo no solo a una buena persona, sino también a un gran jugador, uno de los grandes que ha surgido últimamente en nuestro país. Él debe reflexionar sobre si un problema familiar le da las mismas satisfacciones que el fútbol, sobre todo con la posibilidad de jugar un Mundial donde pueda lograr una buena performance y olvidarse de todo lo que lo aqueja”.
Hasta último momento se mantuvo la incertidumbre. Brescia, que conocía muchísimo al jugador, era cauto: “Yo lo respeto mucho, muchísimo. Él se lo dirá a Bilardo, así lo prometió, y luego se enterarán ustedes”, repetía ante los medios. Finalmente, Bilardo y Borghi se reunieron el 11 de abril en la mueblería de la familia del entrenador, en Juan B. Justo al 5000. El Bichi fue acompañado por Sergio Checho Batista, compañero en Argentinos y en la Selección.
Al día siguiente, la entrevista con Borghi ocupó tres cuartos de página en Clarín. Le preguntó Miguel Ángel Vicente: “Se dijeron muchas cosas sobre tus problemas personales, se tejieron mil historias, seguramente porque ninguno tenía una absoluta aproximación a la realidad”. Y Borghi respondió: “Puede ser, pero el verdadero inconveniente no tiene nada que ver con todo lo que se dijo. Se habló de que mi papá había aparecido después de muchos años y, hasta lo que yo sé, mi padre está muerto y enterrado en el cementerio de Morón; cualquiera puede ir a ver su tumba”.
Y sobre las otras versiones, agregó: “Las conozco, son todas barbaridades, como eso de que mi hermano tiene cáncer o que mi novia está embarazada. No sé de dónde salieron, pero me hicieron bastante mal”. Cerrado el tema, después del “sí” a Bilardo, Borghi estuvo en la lista y dio la vuelta olímpica en México, donde jugó solo dos partidos (Italia y Bulgaria) de los seis que completó en su paso por la Selección.
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