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Cuando era niño, en San Juan de Lurigancho –un barrio de Lima construido por familias desplazadas de los Andes–, nada en ese mundo agobiado por las malas noticias de un país en guerra igualaba a la felicidad que traían las encomiendas. Las encomiendas eran paquetes que amigos o parientes nos enviaban cada cierto tiempo desde nuestra tierra, en el valle de Apurímac, hasta la Lima arenosa a la que mi familia había emigrado. “Hay encomienda”, gritaba mi padre al llegar de la calle cargando ese tesoro que había pasado días viajando en camiones o en el regazo de conocidos. Mis hermanas y yo lo rodeábamos con ansiedad para que ningún detalle de ese unboxing andino escapara de nuestros sentidos.
La encomienda traía cartas, partidas de nacimiento, discos, ropa, y también la comida que extrañábamos: maíz de cancha, mote, queso de Abancay, charqui (carne seca), chicharrones, oca. Las cosas iban envueltas en papel y mantas de una forma casi maniática, de manera que cada molécula del paquete parecía impregnada por el aroma de nuestra tierra, como un mensaje poderoso y efímero que solo se debía descifrar con el corazón y la nariz. Había algo mágico en esa forma de comunicación: el perfume de la encomienda tenía el poder de despejar mi confusión de niño migrante y conectarme de forma maternal con mi lugar de origen, allá en los Andes.
Décadas después, cuando imaginar el futuro parece un privilegio exclusivo de los tecnobillonarios, muchos en la internet se preguntan por el día en que la tecnología nos permitirá enviar olores a través del ciberespacio. El momento parece bastante lejano; sin embargo, la memoria brinda una perspectiva traviesa e irónica sobre el tiempo. Donde yo crecí, la gente sabía cómo enviar olores a cientos de kilómetros de distancia, pero no recuerdo que estuviéramos obsesionados en idealizar la tecnología que lo hacía posible. La usábamos nomás. La disfrutábamos nomás.
Yo no lo sabía entonces, pero las encomiendas conectaban también con una larga tradición de mensajería indígena que tuvo su clímax en el imperio inca. En ese periodo, se llamaba chasqui a los jóvenes que recorrían a pie la red de caminos reales o Qhapaq Ñan y llevaban noticias y encomiendas. El sistema era tan impresionante que los conquistadores llamaron chasquis a los mensajeros de otros pueblos indígenas distantes, como los mexica; y aprovecharon sus conocimientos geográficos, aunque luego no reconocieran las tecnologías locales que hicieron posible su “hazaña” colonizadora. Lo que hoy llamamos América era ya una tierra interconectada, una tierra de chasquis.
La buena noticia es que esto no ha cambiado. En un continente latinoamericano donde el correo oficial es ineficiente y costoso, seguimos enfrentando la adversidad de las distancias y las fronteras al enviar y recibir encomiendas mediante la tecnología de la hermandad y la confianza. “Busco chasqui que viaje a X”, se lee con frecuencia en redes sociales, y el llamado no produce confusión. Pensemos por un momento en la cantidad de libros (o en la comida) que viajan en las maletas. Como periodista y académico, he servido de chasqui y también he recurrido a ellos, en especial gente amiga que hace espacio en sus maletas para trasladar tesoros que no se podrían conseguir de otra manera. Porque, salvo los principales éxitos de las transnacionales, el nuestro es un continente de artistas cuyas obras sufren para circular. Somos el continente de la archiconocida escritora argentina Mariana Enríquez, pero también el de la cronista aymara Quya Reyna. La primera está en todas las vitrinas. La segunda todavía viaja en las maletas de los chasquis.
Esta columna se llama “chasqui americano” porque nace de la necesidad de compartir y comentar la cultura que se produce en las zonas “periféricas” y “marginalizadas” del continente. Digo “periferia” y “marginal” para reconocer conceptos no exentos de ambigüedad y usados de forma despectiva o paternalista desde el poder, aunque a la vez disputados desde abajo. Allí podemos ubicar a las producciones independientes que circulan fuera del mainstream, pero también a las comunidades negras, marrones, indígenas, migrantes, disidentes, que aprovechan todos los canales (independientes o comerciales) para contar sus historias y diseminar su imaginación. Pensándolo con paciencia, lejos de ser “marginales” o “no universales” o “minoritarias”, estas voces responden a sensibilidades mayoritarias, y están disputando no solo el derecho al arte, sino al futuro.
Pienso en lo siguiente. Después de pasar casi toda su vida y su carrera en los Estados Unidos, el músico A.Chal regresó en 2025 a Santiago de Chuco, su pueblo de origen en la sierra norte del Perú, para asistir a una celebración familiar. El remezón emocional del reencuentro con la tierra lo fue reteniendo y reteniendo hasta hoy; y ahora la de A.Chal debe de ser una de las historias de reinvención musical más fascinantes de los últimos tiempos. En las canciones que ha compuesto desde entonces, como “Pituko (terco y feliz)” y “Chologante”, A.Chal combina en ritmo pegajoso y bailable un oportuno orgullo racial (cholo) y de clase (popular, campesino, migrante). Los asistentes a sus conciertos gritan las letras como si se trataran de himnos largamente esperados: “Yo salgo pa’ la calle con mi cuenta llena e’ ceros / Regreso pa’ mi pueblo, pa’ las fiestas de mi cerro”. En un continente de migrantes y desplazados, A.Chal acaricia las posibilidades del retorno. Quizá por eso las referencias notoriamente locales no han impedido que sus canciones se vuelvan un fenómeno hemisférico; al contrario, resaltan la vitalidad de una “nueva” universalidad, una que se teje desde las experiencias y sensibilidades “marginalizadas”, desde abajo.
La cantante y poeta mapuche Isleña Antumalén, cuyos temas hablan de la lucha territorial de su pueblo y de la descolonización de la belleza, se animó un día a dejar un comentario de admiración en las redes de A.Chal. Lo invitaba quizá a componer algo juntos. “¿Cómo sería esa reunión?”, me pregunté. He visto y escuchado en vivo a Antumalén, en la ciudad chilena de Valdivia, y disfrutado su desafiante sentido del humor. En “Maki”, su canción de tributo a la fruta emblemática de su isla, Antumalén combina el español y el mapudungún, el homenaje feminista a las abuelas con el perreo ecologista: “Moradita, jugosita, redondita / Como todo lo bueno que da la vidita / Si te gusta, cuida la mapu [territorio] que le da vida / Fruta deliciosa que viene de la Huapi / Te la comes toda, oye, te manchaste”. ¿Qué canción podría salir de la conversación entre dos figuras que, desde lo mapuche y lo cholo, nos invitan a pensar y bailar la existencia indígena latinoamericana?
Ojalá ese encuentro ocurra muy pronto. Mientras tanto, aquí estaremos, compartiendo cada dos semanas historias y crítica cultural de todo el continente, a través de este chasqui americano.
¡Hasta la próxima encomienda!










