La desaparición de Nancy Godoy, la docente rural de 52 años que fue vista por última vez el 7 de octubre en una zona de difícil acceso de Corrientes, mantiene en vilo a su familia y abrió una investigación que ya tiene cinco detenidos. La Justicia sospecha que pudo haber sido víctima de un femicidio, aunque todavía no encontraron su cuerpo.
Mientras avanzan los rastrillajes y las pericias, el caso también deja al descubierto una realidad que atraviesan muchos maestros del interior del país: recorrer kilómetros por caminos de tierra, atravesar ríos, enfrentar tormentas y permanecer incomunicados para llegar a escuelas donde, muchas veces, son el único vínculo de los chicos con la educación y otros servicios básicos.
En diálogo con PERFIL, una docente rural jubilada de Formosa, que pidió mantener su identidad en reserva, contó cómo fueron sus 32 años de trabajo en escuelas alejadas de los centros urbanos. Viajó a dedo, caminó kilómetros cuando las rutas quedaban intransitables y navegó durante horas para llegar a una escuela ubicada en una isla. También enfrentó inundaciones, tormentas y largos períodos sin señal telefónica.
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“Nosotros, pensando en los alumnos, hacemos el sacrificio de ir, de estar. Queremos que ellos se escolaricen, que tengan por lo menos las primeras herramientas”, explicó. Su testimonio permite dimensionar los riesgos que enfrentan los docentes rurales y plantea una pregunta que va más allá del caso de Godoy: quién garantiza su seguridad cuando enseñar implica viajar y vivir en lugares prácticamente aislados.
Qué pasó con Nancy Godoy: cinco detenidos y una investigación por posible femicidio
Nancy Godoy trabajaba como directora suplente de la Escuela Rural N.º 626, en una zona de estancias cercana a la localidad correntina de Esquina. Para llegar al establecimiento debía realizar un recorrido que no era sencillo: desde la estancia El Curupí, donde recibía ayuda para trasladarse, continuaba hasta un lugar conocido como Puesto 9 y desde allí viajaba aproximadamente una hora y media a caballo.
La última comunicación conocida con su familia fue el 7 de octubre, alrededor de las 20.45, cuando le avisó a su hijo por WhatsApp que había llegado bien a la estancia. Después de ese mensaje no volvieron a tener noticias de ella.

La docente acostumbraba quedarse durante la semana en el campo y regresar a su casa los fines de semana, con ayuda de trabajadores rurales. Como en la zona la señal de teléfono era muy limitada, sus familiares no advirtieron de inmediato que algo podía haberle ocurrido. La denuncia por su desaparición se presentó el 14 de octubre, cuando Nancy no regresó.
Con el avance de la investigación, los fiscales Javier Mosquera y María Andrea González ordenaron allanamientos y detenciones. Los últimos procedimientos terminaron con la captura de los peones rurales Ireneo Zarza y otro hombre de apellido Sandoval, quienes se sumaron a Rosa Leguizamón, Nahuel Rojas y Ernesto Ezequiel Bordón.
Uno de los hombres bajo investigación es Zarza, a quien distintos testimonios ubican en un puesto rural situado a unos 150 metros de la escuela donde trabajaba Nancy. Los investigadores analizan sus movimientos durante las horas previas a la desaparición y las declaraciones que lo vinculan con el lugar.
También se investiga el papel de Rosa Leguizamón, la baqueana que acompañaba habitualmente a Godoy en parte del trayecto hacia la escuela. La Fiscalía detectó contradicciones en su relato sobre los traslados que podían realizarse desde la estancia durante aquel fin de semana.
En un allanamiento a una vivienda vinculada con Leguizamón, en la localidad de Sauce, los investigadores secuestraron una campera negra y dos alpargatas que podrían pertenecer a la docente. Las prendas deben ser reconocidas por sus familiares.
En otros procedimientos también se incautaron elementos y ropa con manchas que serán analizadas para determinar si contienen sangre humana. La investigación incluye la obtención de muestras de ADN de familiares de Nancy para realizar eventuales cotejos.

Mientras tanto, continúa la búsqueda en la zona rural, con la participación de efectivos policiales, perros especializados, drones, personal montado a caballo, embarcaciones y apoyo aéreo.
Los hijos de Nancy cuestionaron la información que recibieron durante la investigación y reclamaron que se profundicen las medidas para esclarecer lo ocurrido.
“Nosotros seguimos desconfiando de la investigación. Nos ocultaron mucha información desde el principio. Tuvimos que ir nosotros a la fiscalía. No nos dijeron nada concreto y siguen sin encontrar el cuerpo de nuestra mamá”, expresó Sebastián, uno de sus hijos, en declaraciones públicas.
Ser docente rural: kilómetros a pie, viajes en lancha y escuelas incomunicadas
La historia de Nancy Godoy también puso en primer plano las condiciones en las que trabajan quienes enseñan en comunidades alejadas de las ciudades. Para muchos docentes rurales, llegar a la escuela puede llevar varias horas y depender del clima, del estado de los caminos o de la posibilidad de conseguir transporte.
Una maestra jubilada de Formosa, que habló con PERFIL bajo reserva de identidad, conoce de cerca esa realidad. Se retiró hace cuatro años, después de 32 años de servicio, gran parte de ellos en establecimientos rurales.
Comenzó a trabajar en Mojón de Fierro, donde a fines de la década de 1980 los docentes debían recorrer largos tramos a pie cuando las lluvias cortaban el camino. “Nos juntábamos los domingos después de almorzar y ya veníamos todos juntos para cuidarnos”, recordó sobre aquellos viajes que realizaban entre 1988 y 1990.
En aquellos años, el transporte era escaso y los docentes muchas veces dependían de que alguien los acercara. Cuando las lluvias cortaban los caminos, tenían que caminar o buscar otras formas de llegar a las escuelas. Casi cuatro décadas después, esas dificultades siguen siendo parte de la realidad de muchos maestros rurales.
La docente recordó que sus compañeras viajaban en tractor hasta donde podían avanzar, caminaban por los tramos cortados y luego esperaban una camioneta que las llevara hasta el pueblo. “Hacíamos dedo los viernes a la tarde y volvíamos los domingos”, contó.
Con los años, su trabajo la llevó a una escuela todavía más aislada, ubicada en una zona de islas próxima a la frontera con Paraguay. Para llegar, debía trasladarse hasta Dalmacia y desde allí navegar dos horas en lancha.
No siempre el río estaba en condiciones de ser atravesado. En dos oportunidades, recordó, una tormenta los sorprendió en plena navegación. “Salíamos y aparentemente nos iba a dar tiempo a llegar, pero dos veces nos agarró por el camino”, relató.
En aquella escuela trabajaban tres personas: dos docentes y un maestro de huerta. Ese acompañamiento, aseguró, era fundamental para afrontar los viajes y las dificultades cotidianas.
“Siempre los tres íbamos, veníamos, nos cuidábamos, nos ayudábamos”, explicó, al comparar su experiencia con la de Nancy Godoy, que trabajaba sola en la escuela y dependía de trabajadores de la estancia para realizar parte de sus traslados.
Las dificultades no terminaban al llegar a la escuela. En las zonas rurales donde trabajó, las lluvias podían dejar a docentes y familias completamente incomunicados.

La maestra recordó que su escuela se inundó dos veces y que, junto con los vecinos, tuvieron que trasladar sus pertenencias a otro lugar para continuar trabajando. En una de esas oportunidades se refugiaron en San Alberto, un pequeño asentamiento donde vivían apenas dos familias. Allí las condiciones eran precarias y la falta de comunicación agravaba cualquier emergencia.
“No teníamos señal de celular. Ese era el mayor inconveniente, estábamos aislados. Ya cuando llovía no podíamos salir, nadie podía entrar”, contó.
“Siempre corríamos el riesgo porque había muchas víboras, muchos bichos”, agregó.
En 2014, durante una de las inundaciones, un vecino murió ahogado en la zona. La docente aseguró que aquella situación la afectó profundamente y le hizo tomar mayor conciencia de los peligros que enfrentaban.
También recordó el caso de una colega que se perdió durante un día entero mientras atravesaba el monte para llegar a su destino. “Se perdió en el medio del monte, ella iba sola y no sabía por dónde salir”, relató. Según contó, después de esa experiencia la mujer sufrió problemas de salud vinculados con el estrés.
En las comunidades más aisladas, la presencia de un maestro no se limita al aula. Muchas veces también permite que lleguen alimentos, medicamentos y otros elementos que las familias no pueden conseguir fácilmente.
La docente formoseña recordó que en su escuela había alrededor de 15 alumnos, aunque la matrícula cambiaba cuando las inundaciones obligaban a algunas familias a abandonar temporalmente sus hogares.
Cada vez que viajaban, los maestros debían llevar provisiones para permanecer allí durante semanas. “Teníamos que llevar las mercaderías para 15 días, un mes. Mercadería, gas, combustible para el generador”, explicó.
La electricidad también era limitada. Por las noches encendían el generador durante un rato para mantener los alimentos refrigerados y cubrir algunas necesidades básicas.
En esas localidades, donde las distancias y el clima pueden impedir cualquier traslado, la escuela cumple una función que va mucho más allá de la enseñanza.
Para muchos chicos es también el lugar donde reciben la copa de leche o el almuerzo, mientras que para sus familias representa uno de los pocos puntos de contacto con servicios y recursos del exterior.
“Es un peligro latente”: la vocación de enseñar y la responsabilidad del Estado
Al conocer la desaparición de Nancy Godoy, la docente reconoció situaciones que ella misma había vivido durante sus años de trabajo. “Me pongo en la piel de ella. Así tenemos que trabajar los maestros rurales, muy sacrificados, más en el caso de ella, que estaba sola”, expresó.
Su experiencia también muestra la importancia de contar con compañeros durante los traslados. En la escuela de la isla, recordó, eran tres docentes que viajaban juntos y se cuidaban mutuamente.
Pero no todos tienen esa posibilidad. En algunos establecimientos, los maestros deben atravesar grandes distancias sin compañía, con escasa comunicación y dependiendo de terceros para trasladarse.
“Es mucho sacrificio y un peligro, porque es un peligro latente”, advirtió.

Para la docente jubilada, la vocación es lo que lleva a muchos maestros a aceptar esas condiciones. “Es más por vocación. Muchos dicen que cobramos más, pero el sueldo es solo un poquito más. Todo lo que pasaste, los peligros, el miedo, estar lejos de tu familia, todas esas cosas te ponen a veces a pensar si vale la pena o no”, reflexionó.
La desaparición de Nancy Godoy es investigada como un posible hecho criminal y todavía no se estableció qué ocurrió con ella. Pero las circunstancias en las que debía trasladarse y trabajar vuelven a poner sobre la mesa una problemática que excede a Corrientes.
La seguridad de los docentes rurales no puede depender únicamente de su experiencia, de la solidaridad de los vecinos o de que otros trabajadores puedan acompañarlos. Garantizar caminos transitables, transporte seguro, medios de comunicación y asistencia ante emergencias es una responsabilidad del Estado, especialmente en lugares donde una escuela puede quedar aislada.
Porque detrás de cada maestro que cruza un río, camina kilómetros o pasa semanas lejos de su casa, hay chicos que esperan poder estudiar y familias que dependen de esa presencia. La vocación sostiene buena parte de ese trabajo cotidiano, pero no debería ser la única respuesta frente a los peligros que enfrentan.
En muchas comunidades rurales, la presencia de los docentes es fundamental no solo para garantizar la educación de los chicos, sino también para acompañar a sus familias. Sin embargo, la vocación y el esfuerzo personal no pueden reemplazar la responsabilidad del Estado de garantizar condiciones de trabajo seguras.
Santiago del Estero: tres docentes murieron cuando viajaban a trabajar
El caso de Nancy Godoy hace reflexionar sobre las condiciones en las que miles de docentes deben trasladarse para llegar a las escuelas del interior. No es la primera vez que una tragedia deja al descubierto los riesgos que enfrentan quienes recorren largas distancias para enseñar.

El 8 de abril de 2019, tres docentes murieron en un choque múltiple sobre la ruta nacional 34, en Santiago del Estero, cuando viajaban desde La Banda hacia sus lugares de trabajo. Las víctimas fueron Cristina Suárez Álvarez, de 51 años; Argentina Ruiz, de 55; y Elena Roxana Corbalán, de 52. El accidente involucró a nueve vehículos y ocurrió en medio de una intensa humareda que reducía la visibilidad.
Las maestras debían recorrer largas distancias para llegar a las escuelas y, ante el costo del transporte, muchas veces compartían remises sin habilitación o viajaban a dedo.
En ese momento, el secretario general de CISADEM, Darío Toledo, advirtió sobre las dificultades que enfrentaban los trabajadores de la educación para trasladarse. Según explicó, algunos docentes debían recorrer hasta 120 kilómetros diarios, mientras que otros esperaban al costado de la ruta que algún vehículo los acercara a destino.
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