“Chernobyl es surreal, parece un lugar que no debería existir”

“Chernobyl es surreal, parece un lugar que no debería existir”


Antes de que Chernobyl volviera a ocupar titulares por la guerra y a casi cuatro décadas del desastre nuclear de 1986, el periodista independiente Tomás Bitocchi decidió conocer de cerca uno de los escenarios más impactantes de la historia contemporánea.

En 2016, cuando tenía 24 años y vivía en Sáenz Peña, partido de Tres de Febrero, emprendió un extenso viaje que lo llevó por Europa Occidental y Europa del Este, los Balcanes y países de la masa euroasiática. Movido por la curiosidad de ver cómo se veía una ciudad abandonada de un día para el otro, llegó a la zona de exclusión de Chernobyl. Su experiencia, atravesada por el silencio, la naturaleza avanzando sobre el cemento y los controles de radiación, ofrece una mirada en primera persona sobre un lugar que define como “surreal”, donde la vida parece suspendida en el tiempo.

—¿Qué te motivó ir a conocer Chernobyl?

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El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.

—Decidí ir porque quería conocer cómo se veía una ciudad que fue abandonada de un momento a otro. Me generaba mucha curiosidad ese quiebre tan abrupto en la vida cotidiana de miles de personas.

—¿Qué fue lo primero que te impactó al entrar a la zona de exclusión?

—La ruta que va desde Kiev hasta la zona de exclusión es, al principio, una ruta común. Pero en el tramo final todo cambia: empieza a multiplicarse la maleza y desaparecen las casas. En la “frontera” hay un control policial donde te miden la radiación para compararla al salir. Cuando crucé ese control, sentí mucha intriga: ya estaba dentro de un lugar completamente distinto.

Los turistas accedían a un contador Geinger para medir la radiación. «Marcaba cada vez más radiación al acercarlo al suelo», describe Bitocchi. Crédito: Tomás Bitocchi

—¿Hubo algún momento en el que realmente sentiste miedo? ¿Y qué imagen te quedó más grabada?

—Miedo, apenas en algunas aldeas donde el contador Geiger marcaba cada vez más radiación al acercarlo al suelo. Pero no fue algo extremo. Lo que sí me quedó muy grabado fue una escena en Prípiat: una rama de árbol que había crecido por debajo del asfalto, rompiéndolo para salir a la superficie. Es una imagen muy potente de cómo la naturaleza avanza sobre lo que fue abandonado y maltratado.

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—¿Cómo describirías el ambiente en Pripyat y qué cosas te sorprendieron del lugar?

—Es un lugar muy silencioso. Hay dos experiencias: la turística, donde arman escenas para que resulten “terroríficas”, y otra más auténtica, en habitaciones a las que los guías no suelen llevarte, donde todo parece haber sido dejado por alguien que iba a volver en un rato. Algo que me sorprendió y no había visto tanto en Internet (hace una década atrás) fue el radar gigantesco. Además, el recorrido está lleno de detalles como vitrales con motivos soviéticos, estatuas y una naturaleza impresionante: una llanura boscosa atravesada por ríos.

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Aún quedan zonas detenidas en aquel 26 de abril de 1986. Crédito: Tomás Bitocchi

—¿Cómo era el control de la radiación y qué te explicaron sobre el desastre de 1986?

—El control es constante: te miden al entrar y al salir. Pero no me generó preocupación porque durante el viaje te explican que cualquier gran ciudad tiene más radiación que la zona turística que visitás. Hay muchos mitos sobre la peligrosidad: las áreas abiertas al turismo están muy controladas, los riesgos reales están en zonas que no se pueden limpiar y a las que no se accede. Sobre el accidente, te pasan un documental en la combi y los guías hacen introducciones en cada parada, además de responder preguntas.

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Antiguo hotel en el centro de la ciudad de Pripyat. Crédito: Tomás Bitocchi

—¿Te pareció un turismo educativo o morboso? ¿Volverías?

—Creo que es más morboso, sobre todo para quienes buscan paisajes postapocalípticos. Lo educativo estaba más en el documental que te mostraban. Me encantaría volver, cuando se permita, y hacer un tour más largo, de dos o tres días, alojándome en Chernobyl. Hoy, sabiendo que no se puede visitar por la guerra, agradezco haber tenido la experiencia y ojalá reabra pronto. Si tuviera que definirlo en una frase: es surreal, como estar en un lugar que existe, pero no debería estar ahí.

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