Cuando César Orozco, un joven caleño y exmilitar, se certificó hace unos meses como piloto de drones, pensó que podría arrancar una nueva carrera apoyando obras de ingeniería. Pero ocurrió el terremoto del 10 de agosto. Como tantos otros, ese día salió a la calle para ayudar a quienes estaban entre los escombros, sin saber bien cómo. “Hay gente mucho más fuerte que yo, soy bajito, y sentía que sobraba”, cuenta. Entonces un amigo enfermero le dio una pista: “hermano, ayúdame a buscar un gato, vos podés buscarlo en el aire”. Así empezó la búsqueda de Lulú en el sur de Cali: la gatita, como cientos de felinos más, salió corriendo cuando empezó a temblar. Sus dueños, como todos sus vecinos, evacuaron el edificio donde vivían, y luego miraban desde la calle si ella seguía en el sexto piso. Orozco voló su dron al departamento y vio que la gata no había tocado su comida, que su arenera estaba seca. “Entendí que si no comió, es que no estaba ahí. Entonces, con el dron salí del apartamento y la encontré tendida del otro lado del edificio, entre los escombros”, cuenta por teléfono. Lulú volvió a su familia, y a César lo buscaron más familias: le pidieron buscar a Kitty, a Lukito Alfonso, a Ramoncito, a Merlín, a Princesa, a Bruno y a Negrita. Felinos que, para cientos de personas, no son solo mascotas: son la familia que aún falta por encontrar.









