Lionel Messi ya no juega como lo hacía a los 20 años. Tampoco como a los 25 ni como a los 30. Y, sin embargo, sigue siendo capaz de decidir partidos. La explicación no pasa solamente por su talento, que parece resistir el desgaste del calendario y el paso del tiempo, sino también por una extraordinaria capacidad para modificar su manera de jugar. El futbolista que comenzó desbordando rivales por la derecha terminó convertido en un organizador que necesita cada vez menos metros para producir una jugada decisiva.
Esa evolución es el eje de un análisis de Pedro Sáez, conocido como Pedro el Ingeniero, especialista español en táctica y autor de Las pizarras del fútbol, que reconstruye los cambios en el juego del argentino y el papel de los entrenadores que supieron aprovechar sus virtudes en las diferentes etapas de su carrera. Su recorrido permite entender que Messi no fue siempre el mismo futbolista y que las transformaciones de su juego también modificaron el funcionamiento de los equipos en los que fue protagonista.
El primer Messi era un extremo derecho explosivo. Tenía velocidad, una aceleración extraordinaria, capacidad para eliminar adversarios en el uno contra uno y una zurda que le permitía atacar hacia adentro. Frank Rijkaard fue el entrenador que empezó a darle libertad para desequilibrar desde la banda, en un Barcelona que todavía giraba alrededor de Ronaldinho y Samuel Eto’o.
Aquel Messi necesitaba recibir abierto, encontrar espacio y atacar con pelota dominada. Su participación estaba relacionada principalmente con el desequilibrio individual. Era un futbolista capaz de recorrer 40 o 50 metros dejando rivales en el camino. Pero todavía no tenía la influencia sobre la elaboración colectiva que adquiriría con los años.
Guardiola y la revolución del falso nueve
La transformación más importante llegó con Pep Guardiola. El entrenador catalán comprendió que limitar a Messi a una banda significaba desaprovechar buena parte de sus condiciones. En 2009 comenzó a utilizarlo como falso nueve, una decisión que alteró tanto su carrera como el funcionamiento ofensivo del Barcelona.
El cambio fue mucho más profundo que adelantarlo unos metros o ubicarlo en el centro del ataque. Messi dejó de tener una referencia fija y comenzó a moverse entre los mediocampistas y los defensores rivales. Cuando retrocedía para recibir, los centrales debían decidir si lo seguían, dejando espacios detrás de ellos, o si permanecían en sus posiciones y le permitían jugar con libertad.
Guardiola consiguió que Messi fuera al mismo tiempo el conductor y el principal definidor del equipo. Xavi e Iniesta facilitaban la circulación de la pelota, mientras que los movimientos de sus compañeros abrían espacios para sus apariciones. Ya no necesitaba comenzar cada ataque desde la banda: podía intervenir en la gestación de una jugada y terminarla dentro del área.
Fue la etapa en la que alcanzó registros goleadores extraordinarios sin convertirse en un delantero centro tradicional. La clave estaba en que sus movimientos modificaban las referencias defensivas de los rivales.
Foto: ReutersLuis Enrique y el equilibrio perfecto con Neymar y Suárez
Con Luis Enrique llegó otra transformación. La aparición de Neymar y Luis Suárez permitió construir un tridente ofensivo en el que Messi volvió a partir preferentemente desde la derecha, aunque con una libertad mucho mayor que durante sus primeros años.
La presencia de Suárez como delantero central liberó al argentino de la necesidad de ocupar permanentemente las zonas de definición. Neymar aportaba desequilibrio desde la izquierda y Messi podía retroceder para intervenir en la elaboración, combinar por dentro y elegir el momento de acelerar.
El Barcelona de la MSN encontró una fórmula que repartía las responsabilidades ofensivas sin reducir el protagonismo de su principal figura. Messi podía ser asistidor, organizador y goleador, incluso dentro de una misma jugada.
Aquella estructura fue decisiva para la conquista de la Champions League de 2015 y representó una nueva etapa en su evolución: ya no era solamente el jugador que rompía defensas con sus gambetas, sino también el que elegía dónde y cuándo debían producirse los ataques.
Foto: APValverde y el Messi que empezó a manejar los tiempos
Con Ernesto Valverde, Messi asumió una responsabilidad todavía mayor en la construcción ofensiva. El Barcelona había perdido a Neymar y atravesaba cambios importantes en su funcionamiento. El argentino comenzó a intervenir con más frecuencia en zonas interiores, muchas veces por detrás de los delanteros.
Su juego fue incorporando otra característica: la administración de los esfuerzos. Las aceleraciones seguían siendo determinantes, pero aparecían de manera más selectiva. Messi caminaba durante determinados pasajes del partido, observaba los movimientos de sus rivales y encontraba espacios que parecían invisibles para el resto.
Esa aparente desconexión del juego escondía una forma diferente de participar. Ya no necesitaba intervenir constantemente para dominar el partido. Su influencia estaba también en la amenaza que representaba y en las decisiones que obligaba a tomar a las defensas.
Su capacidad para asistir, filtrar pases y ejecutar pelotas detenidas adquirió cada vez más importancia. Aunque había perdido parte de la explosividad de sus primeros años, había ganado recursos para controlar el juego.
Foto: EFEScaloni y la fórmula que lo llevó a conquistar el mundo
La evolución alcanzó otra dimensión en la Selección Argentina de Lionel Scaloni. El entrenador entendió que el equipo debía potenciar las virtudes de Messi sin exigirle esfuerzos que ya no correspondían a sus características físicas.
El funcionamiento colectivo se organizó para que el capitán pudiera recibir entre líneas, encontrar espacios y acelerar en los momentos decisivos. Rodrigo De Paul, Enzo Fernández y Alexis Mac Allister fueron fundamentales para sostener el equilibrio del mediocampo, mientras que Julián Álvarez aportó movilidad, presión y profundidad.
Foto: AFPLa Selección no necesitaba que Messi recorriera toda la cancha ni que participara en cada recuperación. Necesitaba que recibiera la pelota en los lugares adecuados y conservara la energía para resolver las situaciones que podían cambiar un partido.
El Mundial de Qatar 2022 fue la expresión más contundente de esa fórmula. Messi marcó siete goles, repartió tres asistencias y fue elegido mejor jugador del torneo. Pero su influencia no se explicó solamente por las estadísticas.
El pase a Nahuel Molina contra Países Bajos, la jugada individual que terminó en la asistencia a Julián Álvarez frente a Croacia y sus intervenciones en la final contra Francia mostraron a un futbolista que había aprendido a seleccionar los momentos para hacer la diferencia.
A los 35 años, Messi ya no podía sostener durante 90 minutos el despliegue físico de su juventud. Tampoco lo necesitaba. Scaloni había construido un equipo capaz de compensar sus menores esfuerzos defensivos y aprovechar al máximo su capacidad para interpretar el juego. Ni qué hablar de lo que hizo en Canadá, México y Estados Unidos 2026. Ocho goles y cuatro asistencias para llevar a la Argentina a otra final. Todo eso a los 39 años.
Foto: APLa gran transformación: correr menos para pensar más
El recorrido que propone Sáez permite identificar un hilo conductor. Messi pasó de ser un extremo que necesitaba espacio para acelerar a convertirse en un futbolista que crea esos espacios a partir de su lectura del juego.
Rijkaard explotó su velocidad y su desequilibrio. Guardiola descubrió el potencial del falso nueve. Luis Enrique encontró el equilibrio entre su capacidad creativa y su contundencia goleadora. Valverde le dio mayor responsabilidad en la organización. Y Scaloni terminó de construir un funcionamiento colectivo adaptado a su madurez.
No se trata de que haya abandonado sus antiguas virtudes, sino de que aprendió a utilizarlas de otra manera. Sus gambetas son menos frecuentes, sus recorridos más cortos y sus aceleraciones más medidas. Pero su capacidad para detectar una ventaja sigue intacta.
Foto: EFELa gran particularidad de Messi es que consiguió seguir siendo decisivo mientras cambiaba casi por completo su forma de participar en los partidos. Una transformación que también explica por qué distintos entrenadores, con ideas y sistemas diferentes, encontraron maneras de potenciarlo.
El tiempo le quitó velocidad, pero no su capacidad para comprender el fútbol antes que los demás. Y esa puede ser la explicación más sencilla de una longevidad deportiva extraordinaria.










