Ese anciano de 75 años es calvo, tiene papada, el mentón chico y nariz grande. Pide té con scones. Debajo de su saco verde se asoma una pistola. Y dice: “Mientras los de la Junta decidían, Suárez Mason era el que ejecutaba. Yo fui el verdugo que la dictadura necesitaba”. Es una tarde de verano de 1999 en el Centro de Oficiales de las Fuerzas Armadas, en Recoleta, en un salón sin ventanas al que pocos tienen acceso. De un lado, el periodista Gustavo Sammartino. Del otro, Guillermo Suárez Mason, alias “Pajarito” para sus compañeros de armas, o “Cacho” para su familia. Ese encuentro, el primero de otros, es uno de los momentos más altos de Si lo contás te mato. Confesiones inéditas de Carlos Guillermo Suárez Mason, el general más sanguinario de la dictadura (Planeta).
Exarquero de las inferiores de Argentinos Juniors, Guillermo Suárez Mason representaba a los “duros” en el Proceso de Reorganización Nacional, en contraposición con la supuesta “blandura” de Jorge Rafael Videla. Transportista en su exilio en Uruguay, luego de haber formado parte de un golpe de Estado para derrocar a Perón en 1951, general de división y responsable del I Cuerpo de Ejército entre 1976 y 1979, de él dependían centros clandestinos de detención como El Vesubio, en La Matanza, y Automotores Orletti y El Olimpo, en Capital, entre tantos otros.
Este militar murió con el inicio del invierno de 2005, un 21 de junio. Partió sin ser condenado por sus crímenes, aunque estaba procesado y detenido por numerosos delitos, desde asesinatos hasta robos de bebés. Hasta ahora, ningún libro había reconstruido la vida de este personaje, que llegó a ser el cuarto hombre de la dictadura y que ante diplomáticos estadounidenses se había enorgullecido al decirles: “Yo firmé entre 50 y 100 sentencias de muerte por día durante mucho tiempo”.
Grados de arrepentimiento
El libro de Sammartino se inscribe en la saga de obras en las que protagonistas de la maquinaria represiva de la dictadura cuentan su accionar, con mayor, menor o nulo grado de arrepentimiento.
Así, Autocrítica policial, del ex policía federal Rodolfo Peregrino Fernández, publicado por El Cid Editores en 1983, inauguraba la serie. El vuelo, de Horacio Verbitsky, publicado en 1995; el poco recordado Campo Santo. Los asesinatos del Ejército en Campo de Mayo, del fallecido periodista Fernando Almirón, en 1999; Escuadrones de la muerte. La escuela francesa, de la periodista francesa Monique Robin, en 2005; y Disposición final. La confesión de Videla sobre los desaparecidos, escrito por Ceferino Reato y publicado en 2016, están entre los más destacados textos que permiten ese descenso al inframundo del terrorismo de Estado y de sus actores estelares.
El autor tiene el rasgo poco frecuente de reconocer, en distintos momentos, el miedo que le provoca el entrevistado, una sensación de malestar que se mantiene en el tiempo. De hecho, en ese primer encuentro cara a cara de 1999, el periodista se calma cuando acaricia un rosario que lleva consigo. “Conservo el remordimiento por haberme relacionado con una persona así”, reconoce Sammartino.
El material del libro se sostiene, entre otros aportes, fundamentalmente en cuarenta horas de conversaciones entre el autor y Suárez Mason, en casi treinta encuentros entre 1999 y 2005, pocas veces con autorización de grabar lo que en esas reuniones se confesaba. Muchas de esas charlas se dieron en el departamento del represor, en diagonal con la Iglesia San Nicolás de Bari, en el mismo barrio de Recoleta del Centro de Oficiales de las Fuerzas Armadas. Muchas más fueron por teléfono.
Hay trazos biográficos del Suárez Mason previo al golpe. Su ingreso al Colegio Militar en 1942, su participación en el ya mencionado intento de golpe de 1951, su exilio en Uruguay, ayudado por el dirigente radical Carlos Perette, que sería luego vicepresidente de Arturo Illia, su reingreso al Ejército en 1956, su llegada al cargo de general en 1972 y su acceso a la Jefatura II de Inteligencia del Ejército. Ese fue el escalón previo a controlar la región militar más grande del país, durante los primeros tres años del Proceso, que fueron, justamente, los más violentos.
Suárez Mason realiza descargos a lo largo del libro. Algunos, los menos, con autorización para que sean grabados. Los otros, los más espesos, como suele suceder, solo se reconstruyen por los apuntes que tomaba el periodista luego de salir de esos encuentros. “Se necesita del terror para gobernar”, dice en una ocasión.
El represor de la dictadura militar Carlos Guillermo Suárez Mason en los tribunales de Retiro. Foto: DyN. Archivo Clarín.En otra explica: “(Carlos) Menem fue un simpático cagón. Siempre me tuvo miedo y, como lo salvé de la muerte cuando estuvo detenido, me lo pagó con su culpa y protección”. Cabe recordar que este militar fue uno de los indultados por el expresidente peronista en diciembre de 1990, luego de permanecer detenido desde 1987, cuando fue extraditado desde Estados Unidos.
Despotrica contra los periodistas, como la casi totalidad de quienes tienen demasiados trapos sucios que esconder, sea por estafas u homicidios. “La tortura debió legalizarse”, “Perón fue un maldito”, “ese judío comunista ni siquiera era argentino” (para referirse a Jacobo Timerman), son algunas de las frases que arroja el militar.
Segundo encuentro cara a cara
El segundo encuentro cara a cara es el 14 de mayo de 2003, en el departamento de Suárez Mason. Muebles antiguos, parquet encerado, cuadros de paisajes y un sillón de pana verde son parte del escenario. Suárez Mason plantea condiciones para un futuro libro, las visitas se comienzan a repetir.
Entre café, té, rodajas de budín y masas de hojaldre, el militar muestra cómo destroza con un cuchillo un ejemplar del Nunca Más; se enardece con Néstor Kirchner; “matar a un ser humano no es para cualquiera”, “Alfonsín nos traicionó”, “Mario Firmenich tiene todos mis respetos”, son otras de las frases que fermentan en el militar, cada vez más enojado, con el desgaste de la prisión domiciliaria y la fragilidad de su salud.
El represor de la dictadura militar Carlos Guillermo Suárez Mason en los tribunales de Retiro. Foto: DyN. Archivo Clarín.Hasta que un día de octubre de 2003 dice: “Yo robé un bebé para Dios”, como remate del reconocimiento del robo de un recién nacido para entregárselo a alguien muy cercano a un sacerdote católico. “Si lo contás, te mato”, es la frase que le dice a Sammartino como cierre de esa confesión, amenaza que repetirá en otras ocasiones.
Sin embargo, en una última llamada telefónica del represor, antes de perder el privilegio de la prisión domiciliaria por haber salido a comer un asado, le dijo a Sammartino que todo lo que le había contado “sea considerado como una especie de confesión pública” que solo se podía dar a conocer cuando Suárez Mason cumpliese 100 años. El autor aceptó ese pedido. De vivir, “Pajarito” tendría hoy 102.
Si lo contás te mato. Confesiones inéditas de Carlos Guillermo Suárez Mason, el general más sanguinario de la dictadura, de Gustavo Sammartino (Planeta).










