En el Día Mundial para la Prevención del Suicidio, entender qué sucede cuando el dolor empieza a ocuparlo todo y una persona deja de encontrar una salida posible puede ayudarnos a intervenir mucho antes de una emergencia.
Hay dolores que forman parte de estar vivos: una separación, la muerte de alguien que queremos, una enfermedad. Frente a determinadas circunstancias, sentir tristeza, miedo o angustia no significa necesariamente estar enfermo, muchas veces sufrimos porque nos está pasando algo doloroso.
Existe una diferencia importante entre atravesar un momento difícil y quedar atrapado en él. El problema comienza cuando el sufrimiento deja de ser solamente una consecuencia de lo que estamos viviendo y empieza a ocuparlo todo.
Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
Cuando pasan las semanas y no disminuye, altera el sueño, la concentración o la capacidad de disfrutar; cuando interfiere con el trabajo, el estudio o los vínculos; cuando la persona comienza a aislarse, a sentirse una carga para los demás y, sobre todo, cuando empieza a desaparecer algo fundamental: la posibilidad de imaginar que el futuro puede ser diferente del presente.
Según las últimas estimaciones de la Organización Mundial de la Salud, alrededor de 727.000 personas mueren por suicidio cada año en el mundo, cerca de 2.000 por día.
En 2021, además, el suicidio fue la tercera causa de muerte entre las personas de 15 a 29 años.
Alrededor de 727.000 personas mueren por suicidio cada año en el mundo, cerca de 2.000 por día»
En una crisis suicida, el deseo de morir puede coexistir con una necesidad desesperada de que termine un sufrimiento que la persona percibe como insoportable y sin salida.
Entender esta diferencia es fundamental porque permite pensar la prevención no solamente frente a una emergencia, sino mucho antes.
Sufrimiento insoportable
En los momentos de sufrimiento emocional intenso no solamente cambia cómo nos sentimos, también puede cambiar nuestra manera de pensar.
El pensamiento puede volverse más rígido y las posibilidades parecen reducirse, algo que en otro momento podríamos considerar transitorio comienza a sentirse definitivo: “esto nunca va a cambiar”, “soy una carga”, “estarían mejor sin mí”.
La persona piensa dentro de un universo cada vez más pequeño, el dolor ocupa el presente y también a apropiarse del futuro, por eso la desesperanza es un fenómeno clínico tan importante.
Existe una enorme diferencia entre pensar “estoy sufriendo mucho” y pensar “voy a sufrir así para siempre”. La primera frase describe un estado; la segunda empieza a convertirlo en un destino.
Cuando alguien está convencido de que nada puede cambiar, pedir ayuda puede resultar paradójicamente más difícil. Si no existe un futuro diferente, tampoco parece tener demasiado sentido consultar, hablar o comenzar un tratamiento.
El suicidio, además, rara vez puede explicarse por una única causa, pueden intervenir trastornos mentales, consumo problemático de sustancias, antecedentes de intentos, experiencias traumáticas, violencia, aislamiento, dolor crónico, dificultades económicas, pérdidas o acontecimientos vitales estresantes.
Los factores se combinan de manera diferente en cada persona. Por eso necesitamos evitar dos extremos: patologizar todo sufrimiento humano y normalizar un sufrimiento que ya se volvió peligroso.
No toda tristeza es depresión, no toda pérdida necesita tratamiento psiquiátrico, pero tampoco todo dolor debe ser simplemente soportado.
La pregunta no es solamente qué le pasó a esa persona, sino qué ocurre después. ¿Puede dormir? ¿Puede trabajar o estudiar? ¿Sigue relacionándose con otras personas? ¿Disfruta de algo? ¿Está aumentando el consumo de alcohol o sustancias?
A veces el sufrimiento deja de ser solamente una respuesta comprensible frente a algo difícil y empieza a necesitar ayuda.
El sufrimiento que no se nota
Una persona puede trabajar, estudiar, cuidar a sus hijos, entrenar, reunirse con amigos e incluso reírse mientras atraviesa un enorme sufrimiento psicológico. Funcionar no significa necesariamente estar bien.
Por eso muchas veces importan los cambios: alguien que comienza a aislarse, abandona actividades que antes disfrutaba, modifica bruscamente sus hábitos de sueño, aumenta el consumo de alcohol o sustancias, expresa una desesperanza persistente, habla de sentirse una carga, comienza a despedirse o menciona reiteradamente la muerte.
Ninguna de estas conductas aislada permite predecir un suicidio. Pero cuando algo nos preocupa existe una herramienta sencilla que todavía genera temor, preguntar: “¿Estás pensando que no querés seguir viviendo?”. “¿Pensaste en hacerte daño?”.
Preguntar de manera directa y respetuosa sobre pensamientos suicidas no aumenta el riesgo ni introduce una idea que antes no existía. Puede, en cambio, permitir que una persona hable por primera vez de algo que estaba atravesando sola.
Después viene una parte igual de importante: escuchar.
Frases como “tenés todo para estar bien”, “pensá en tu familia”, “hay gente que está peor” o “ya va a pasar” suelen nacer del afecto y de nuestra propia dificultad para tolerar el sufrimiento de alguien que queremos, sin embargo, pueden aumentar la sensación de incomprensión o culpa.
Una persona puede saber perfectamente que tiene una familia que la quiere y, al mismo tiempo, estar profundamente deprimida. Puede reconocer las cosas buenas de su vida y ser incapaz de disfrutarlas. El sufrimiento psicológico no desaparece haciendo un inventario de las razones por las cuales alguien debería sentirse mejor.
Acompañar no significa encontrar inmediatamente una solución ni transformarnos en terapeutas de nuestros familiares o amigos. Significa escuchar sin minimizar y saber cuándo buscar ayuda profesional. Ante la presencia de ideas suicidas, especialmente si existe intención, planificación, antecedentes de intentos o acceso a medios para hacerse daño, es necesaria una evaluación profesional urgente.
La prevención empieza antes de la emergencia
Cuando hablamos de prevención del suicidio solemos imaginar el último momento: la crisis, la guardia, la urgencia. La prevención ocurre mucho antes, cuando una depresión se reconoce y se trata adecuadamente; cuando alguien con consumo problemático recibe asistencia; cuando una persona que atravesó un intento tiene seguimiento; cuando un adolescente encuentra un adulto con quien puede hablar sin sentirse juzgado; cuando una familia reconoce determinados cambios y decide no minimizarlos.
La Organización Mundial de la Salud propone además estrategias que exceden el consultorio: restringir el acceso a medios letales, promover una comunicación responsable sobre suicidio, desarrollar habilidades socioemocionales en adolescentes y detectar, evaluar y realizar un seguimiento temprano de las personas en riesgo. Esto introduce una cuestión fundamental: no alcanza con decirle a una persona que pida ayuda, también necesitamos que, cuando finalmente la pida, encuentre una respuesta.
El lema elegido por la Organización Mundial de la Salud para el Día Mundial para la Prevención del Suicidio durante el período 2024-2026 es Cambiar la narrativa sobre el suicidio.
Cambiarla significa poder hablar del suicidio de manera abierta y responsable, sin convertirlo en un tabú, pero tampoco romantizarlo ni simplificarlo. Entender que preguntar no provoca el suicidio, que pedir ayuda no es una debilidad y que una persona no necesita llegar al límite para merecer atención.
Prevenir un suicidio
Prevenir un suicidio muchas veces consiste justamente en ayudar a recuperar esa perspectiva cuando el sufrimiento la ha borrado.
No podemos prometerle a alguien que mañana todo estará resuelto, tampoco necesitamos convencerlo de que aquello que siente no es tan grave, podemos ofrecer: ayudarlo a atravesar un momento que hoy parece definitivo, pero que puede no serlo.
Existen trastornos que modifican profundamente nuestra percepción de nosotros mismos y del futuro y que pueden tratarse.
Existen crisis que parecen interminables mientras las estamos atravesando y, sin embargo, terminan.
Prevenir el suicidio no empieza solamente cuando alguien está a punto de morir. Empieza mucho antes: cuando somos capaces de reconocer que un sufrimiento se volvió demasiado grande para atravesarlo en soledad.
Y cuando alguien siente que ya no existe ninguna salida, quizás lo más importante no sea explicarle por qué debería querer vivir, acompañarlo hasta que pueda volver a ver que todavía existen otras posibilidades.










