Cuarto Mundial para Remco Evenepoel, invencible máquina contra el reloj | Ciclismo | Deportes

Cuarto Mundial para Remco Evenepoel, invencible máquina contra el reloj | Ciclismo | Deportes

Pippo Ganna es un gorila grandote que no puede bajar el manillar para plegarse y fundirse en uno, centauro con la bici, sin que se le duerman las piernas. Y sus vatios, centenares a la hora, se quedan en nada en la larga recta arqueada del circuito de Gilles Villeneuve, llorado, rozando el muro de los campeones y su cuerpo chocando contra su propia velocidad y el viento que desciende por el valle del río San Lorenzo, del lago Ontario al Atlántico, cuando pedalea a 60 por hora, qué derroche de potencia. Remco Evenepoel es un reptil de cuello retráctil y tan poderosos músculos cervicales que es capaz de mantener la cabeza erguida cuando la esconde entre los hombros afilados como espadas, y su cuerpo se enrosca con el cuadro de su Specialized, un proyectil humano que taladra el viento, surfing bird sobre el río, y traza las curvas como Ayrton Senna, sin perder velocidad ni necesidad apenas de esprintar a la salida, la herradura del circuito, los múltiples ángulos rectos, una cuarentena, en las calles del viejo Montreal perezoso de domingo por la mañana y brunch, y los puentes que cruzan el río de lado a lado, y también la isla de Nôtre Dame, entre medias, y en el parque de Mont Royal, donde firma la victoria, su cuarto Mundial contrarreloj consecutivo (y un oro olímpico), a los 26 años, después de recorrer a 52,4 kilómetros por hora los 39,2 kilómetros de recorrido en 44m 53s.

Casi un minuto más tarde (57s) llegó Ganna, el gran especialista que solo le ha ganado una vez a Evenepoel, hace tres años en la etapa de la Vuelta a España por el paseo Zorrilla de Valladolid. Iván Romeo fue el mejor de los españoles en la categoría masculina, 15º con un tiempo de 2m 13s.

Cuatro Mundiales, ninguno más que él y tantos como Fabian Cancellara y Tony Martin, dos bestias especialistas del vatio y la fuerza, turbinas como Ganna y como el novato escocés Callum Thornley, grandes y pesados, 1,90m, 80 kilos, brutos que desaparecían de los pelotones cuando las carreras llegan a las montañas, y antes eran sus locomotoras, y nadie se movía sin que ellos lo permitieran. A todos les puede Evenepoel, 1,72 metros, 60 kilos el pasado Tour, más fino que nunca, más potente. Es la máquina humana más eficiente que se conoce sobre una bicicleta, capaz de mayores velocidades que ninguno con menor gasto de vatios y una capacidad de trompetista de respiración diafragmática que le permite inflar sus pulmones hasta en la posición más incómoda. Y luego, en las montañas del Tour, es capaz de mantener, a veces un testa a testa con Tadej Pogacar, al que batió en el Plateu de Solaison, y cabrearse consigo mismo por no ganar en Alpe d’Huez la etapa en la que le pudo a Del Toro en la batalla por el segundo puesto final. El triunfo del talento sobre la fuerza. La poesía por encima de la narración cruda. La misma belleza que regaló junto al lago Leman durante el Tour. Un suspiro.

Y qué carácter, qué cabezonería. Creyó que había nacido para futbolista y campeón. Dejó el Anderlecht para irse, casi niño, al PSV Eindhoven. Era el mejor juvenil, pero a los 17 años descubrió que prefería un deporte individual a uno colectivo, superó la fase de rebeldía contra su padre, Patrick, ciclista profesional en los años 80, y empezó a pedalear. Había nacido para ciclista y campeón finalmente, y lo demostró desde juvenil, pionero de la generación covid, la de los corredores que a los 18 años ya se sienten maduros para ser profesionales, y dominar el mundo, como Del Toro, Ayuso o Seixas después. Mató a su segundo padre, un segundo Patrick, el viejo Lefévère del Quick Step y se lanzó en brazos de la modernidad Red Bull, a disposición de su ingeniero biomecánico Dan Bigham, un loco de los cálculos y las ideas que la goza en los túneles de viento y capaz de batir el récord de la hora (55,548 kilómetros) cuando era ingeniero del Ineos simplemente para lograr que confiara en su ciencia y mostrarle en la práctica qué tenía que hacer para batirlo dos meses después (56,792 kilómetros). En el fenómeno belga encontró Bigham su alma gemela, y le trabaja en sus mínimos detalles horas y horas en túneles de viento y circuitos de F1 para, sin estropear tan buena materia prima y tanta disposición primaria para, contorsionista, pedalear en solitario, buscar la perfección dentro de la perfección.

Como Evenepoel y Paul Seixas (tercero, a 1m 13s del belga), Paula Blasi es buena en montaña y en la lucha por las clasificaciones generales, ciclista completa que amaba las contrarrelojes hasta que se cayó reconociendo el terreno en el pasado campeonato de España. Voló en el Tour, pero en la prueba del Mundial, disputada sobre la misma distancia que los hombres por primera vez y en el mismo circuito, 39,2 kilómetros, la más larga de su vida, volvió por tierra. “Me han visitado los demonios de los Nacionales”, reconoció la catalana, que terminó 18ª de la prueba femenina, a 3m 5s de la ganadora, su futura compañera en el Movistar Marlen Reusser, la diosa del crono, imbatible. En el día de su 35º cumpleaños, la suiza, otra ciclista completa capaz de resistir en el Mont Ventoux con el maillot amarillo del Tour, logró su segundo arcoiris contrarreloj consecutivo. Su tiempo, 50m 24s, un 10% superior al de Evenepoel, justo la diferencia de rendimiento capaz de ofrecer el mejor organismo de la mujer con el del hombre.

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