de los palacios milenarios a las urbes futuristas de Seúl y Busan

de los palacios milenarios a las urbes futuristas de Seúl y Busan


Seúl, la capital vertiginosa de Corea del Sur, es un túnel del tiempo de dos direcciones: una mira hacia el pasado; otra hacia el porvenir.

El futurista Marinetti sin duda hubiera entrado en éxtasis ante el despliegue de una arquitectura que hace parecer vetustas no solo a las capitales europeas sino a la misma Nueva York. La lámpara de Aladino de la tecnología más avanzada ha sembrado por doquier torres esbeltas de vidrio y acero, puentes de arriesgados diseños que iluminan la noche con los resplandores mágicos del más nuevo de los mundos, bloques brutalistas que parecen aéreos a fuerza de belleza.

Sobre algunos edificios, enormes pantallas LED que en otras ciudades estarían acaparadas por la publicidad de marcas, se consagran al arte digital.

La competencia de alturas y diseño deja en el podio por lo menos tres íconos: a la cabeza la Lotte Tower (2017, 556,1 m.), que a su vez destronó al KLI 63 (1985, 249 m.), y la Namsam Tower (1969), emblema de Seúl como la Torre Eiffel lo es de París, que solo tiene 236 m. pero está emplazada sobre una colina.

Subimos a esta con la guía del profesor Woo Sukkyun, director del Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Seúl, buen conocedor de la Argentina y de sus escritores; en las alturas veladas por la niebla reanudamos nuestras conversaciones del Festival Internacional DMZ (27 al 29 de marzo 2026), al que ambos acabamos de asistir.

El  pez es un emblema de la resistencia y la esperanza que llevó a tantos desplazados por la guerra de Corea (1950-1953) a refugiarse. Foto: gentileza.

Buenos Aires, tan lejos

Los dos evocamos a Buenos Aires, que nos queda tan lejos: exactamente a 19.426, 46 km de distancia, según se lee en el cartel estampado sobre una de las ventanas. El espacio circular está colmado de visitantes que se toman selfies, o se hacen retratar bajo pérgolas floridas.

Viajeros de todas partes han ido dejando mensajes en paneles con colgantes que tienen forma de ventanas tradicionales. Casi todos los deseos parecen relacionarse con el amor y con la fortuna. Leo uno, escrito en inglés: “Por favor, deja que encuentre al amor de mi vida. Permite que me acepten como lesbiana”.

De la ultra modernidad se puede pasar inmediatamente, en la misma ciudad, al pasado remoto. Adentrarse en el palacio de Gyeongbokgung (el más grande de los cinco que hay en Seúl), es caminar en un tiempo de fantasía, donde las zapatillas deportivas asoman bajo las faldas del traje tradicional o hanbok y muchachos tocados con livianos sombreros que parecen chambergos de espuma y alta copa, hablan por sus celulares.

Dentro del mirador de la Torre Namsam. Foto: gentileza.

¿Acaso estamos en un set de filmación lleno de extras, con algunos advenedizos (como nosotros) que aún no se han caracterizado como se debe? La entrada es gratis, sabremos después, si se contrata el alquiler de los atuendos. Y aunque no lo fuera, probablemente la mayor parte de los visitantes pagarían con gusto ese boleto de ingreso al túnel del tiempo, o al juego de rol del que muchos se sentirán partícipes.

El palacio tiene cuatro entradas. Sin darnos cuenta de que se trata del mismo edificio, ingresaremos otro día por la Puerta Este, la más cercana a la llamada Aldea Hanok de Bukchon, conservada y restaurada, donde hubo grandes casas de funcionarios reales, hoy reconvertidas en tiendas de artesanía, hoteles y bares, que preservan la edificación antigua. Por las callecitas empinadas continúa el desfile de turistas en hanbok.

Templo budista Bongeunsa

Los encuentros con colegas iluminan más espacios y abren puertas. En el templo budista Bongeunsa nos espera Yoon Sunme, coreana y también argentina. Ya nos hemos comunicado por mail y la conversación personal ahonda la familiaridad y la simpatía.

Con Oscar Beuter, en el palacio Gyeongbokgung, al lado de visitantes vestidos con hanbok. Foto: gentileza.

Las dos vivimos, en distintas culturas, una historia de migración familiar desde países arrasados por la guerra y los conflictos. Las dos cursamos y concluimos la Carrera de Letras en la Universidad de Buenos Aires. Recordamos a algunos profesores, como el gran erudito Germán Orduna, especialista en Literatura Española Medieval y mentor de Sunme, que esperaba seguir sus pasos en la disciplina.

Pero después de doctorarse en la Universidad Complutense de Madrid y de establecerse en su tierra natal, las circunstancias le marcaron otro camino que parecía cortado a su medida: traducir al castellano a los nuevos autores de Corea, entre ellos, Han Kang, la futura premio Nóbel.

Desde el Bongeunsa (fundado en 790 d.C.) y las tumbas reales que visitamos juntas, se puede ver el COEX, enorme complejo cultural y comercial de varios pisos, con un mall subterráneo, cine y acuario. Muy cerca está el Instituto Literario de Traducción, donde trabaja Sunme.

Cruzar la avenida supone avanzar de golpe más de un milenio. El COEX es famoso, también, por la librería Starfield, donde los estantes colmados de volúmenes sobre las altísimas paredes curvas llegan hasta el techo acristalado, recorrido por nervaduras de acero.

Cho Yongsil es otra colega de la palabra con quien estamos citados. También en este caso el mail precedió a nuestro primer encuentro en el Festival DMZ. Fue Yongsil, profesora en la Universidad de Seúl, la encargada de traducir al coreano los textos que presenté allí.

Volvemos a hablar sobre su estadía de un año y medio en la Argentina, su tema de tesis doctoral (la correlación entre modernidad y criollismo), la dicotomía civilización/barbarie que cruza nuestra historia. Nos invita al Urban Garden, donde sirven comida italiana con toque local, entre plantas y flores colgantes que iluminan el día nublado.

Una rosa gigante

A la salida, caminamos con ella junto al muro exterior del palacio Deoksugung y nos topamos con “La vie en rose”, obra pop del artista Choi Jeong-hwa: una rosa gigante en plástico y fibra de vidrio, hecha de muchas rosas, frente a la entrada del Museo de Arte de Seúl. Es un buen símbolo.

“La vie en rose”, de Choi Jeong-hwa. Foto: gentileza.

La belleza coreana florece en todas las formas, materias y dimensiones. Es enérgica e ingenua, irónica y humorística, multicolor, tradicional y nueva, delicada y poderosa. No teme la exageración ni la mezcla.

Quizá por eso mis amigas intelectuales de Seúl, como lo harán también las de Busan, me regalan con la misma naturalidad libros y pañuelos de seda, mousepads de diseño y cremas para el cutis. En ese mundo que ya amo, el pensamiento no esquiva la fiesta de los sentidos; la expresividad afectuosa de los dedos que se cruzan en forma de corazón no resulta incompatible con la inclinación de respeto.

Nuestro itinerario ya incluía Busan como destino turístico posterior al Festival DMZ. Pero la perspectiva mejora sobre la marcha. Gracias a la poeta Kim Soo Woo, mi compañera de panel, ahora se cruza con la literatura y con la hospitalidad más generosa.

Oscar y yo llegamos en tren a la segunda ciudad de Corea del Sur. La edificación y el avance tecnológico no son menos imponentes que en Seúl, aunque Busan es célebre por su puerto (segundo centro de trasbordo en el planeta), por sus playas y su turismo veraniego.

Kim Soo Woo y Min-A, que gestiona la librería “La Scuola di Atene”, nos llevan a las playas de Busan y a la ciudad histórica de Gyengjou, antigua capital del reino de Silla (57 a.C.- 935 d-C.), marcada por la impronta budista. Pasamos por las cinco tumbas reales de Oreung, situadas, según la costumbre, bajo túmulos con tamaño y forma de colinas.

Fachada de “La Scuola di Atene”. Foto: gentileza.

Visitamos la tumba de Geumgwanchong, un sitio arqueológico excavado y reconstruido después, abierto al público, cuyas reliquias originales (incluida la primera corona real de Silla) se encuentran en el Museo Nacional de Gyengjou. Pero nada conmueve tanto como el santuario de Seokguram y su tesoro de arte sacro: la estatua de Buda de más de tres metros de altura, tallada en una sola pieza de piedra y prohibida para las fotos.

“Academia de los cien pescados”

Los hallazgos continúan en Busan, donde conocemos la “Academia de los cien pescados”, que no es una escuela ictícola, sino un taller literario, creado y dirigido por Kim Soo Woo. Los cien peces, distribuidos sobre la pared del cuarto principal, han sido tallados a pedido, uno por uno, en antiguas tejas de madera.

La elección no es casual: el pez es un emblema de la resistencia y la esperanza que llevó a tantos desplazados por la guerra de Corea (1950-1953) a refugiarse y a construir nuevos hogares en la que es hoy la “aldea cultural de Gamcheon” con sus miles de casitas de colores concentradas sobre las montañas que rodean al puerto.

La librería-café “La Scuola di Atene” es la culminación de nuestro camino. La fachada de este edificio de cuatro pisos que imita lomos de libros nos recuerda las singulares construcciones de Paju, la ciudad editorial donde se celebró el Festival DMZ.

Conferencia “Diáspora y la escritura como anámnesis”, en “La Scuola di Atene”. Foto: gentileza.

¿Por qué se llama así una librería coreana? Toda ella es un homenaje al fresco de Rafael que representa al gran “elenco” de los filósofos y sabios de la antigüedad griega. Una reproducción de la pintura puede verse sobre el techo, coronando los cuatro pisos donde hay exposiciones y colecciones, venta de libros y de objetos artísticos, y se sirven dulces y cafés.

La “marca de fábrica” italiana y occidental del café no es convencional ni impide el eclecticismo. Esculturas pop de dioses, pensadores y héroes griegos, hechas de material metálico reciclado y de resina, conviven con un prodigioso mueble laqueado con madreperla (técnica “najeonchilgi”), propiedad de Min-A.

Con Min-A, frente al mueble laqueado con madreperla. Foto: gentileza.

A ella, a Kim Soo Woo y a la Sociedad de Escritores de Busan les debo esta invitación que no olvidaré nunca, para retomar un tema del Festival DMZ: “Diáspora y la escritura como anámnesis”. Migración, imaginación y memoria; creación, innovación y autoconciencia, diálogo entre pasado y futuro, definen a los pueblos y nos hermanan en un mismo ejercicio que anula las distancias.

Lo que doy, me lo devuelven con creces. Vine a aprender cómo lo hacen, cómo lo vienen haciendo desde hace cinco mil años.

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