El presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella, ha dado sobradas muestras de que está más que dispuesto a cumplir su promesa de alinearse sin restricciones con los Estados Unidos de Donald Trump, quien le correspondió con su “respaldo total” en plena campaña, y acercarse sin resquemores a Israel. El abogado penalista, que cumple este lunes su primer mes en el poder, ya concretó el aterrizaje en el Escudo de las Américas, la alianza del republicano con líderes políticos del continente afines a su ideología, que busca coordinar la lucha contra el narcotráfico, y este martes se reúne con el secretario de Estado, Marco Rubio.
En el frente diplomático, el Gobierno De la Espriella se ha caracterizado por varios anuncios de gran calado, en un marcado contraste con respecto a su antecesor, Gustavo Petro, que chocó constantemente con Trump –al punto de sufrir la temida descertificación en la lucha antinarcóticos– y denunció con insistencia el “genocidio” en Gaza. Quizás la más impactante de las decisiones del nuevo presidente como parte de ese giro ha sido la de reconocer la soberanía de Israel sobre los Altos del Golán, un territorio en disputa con Siria, ocupado desde la Guerra de los Seis Días de 1967 y anexionado ilegalmente desde los años ochenta. La tomó en medio de la emergencia por el terremoto del 10 de agosto. Solo los Estados Unidos, bajo Trump, habían dado ese paso, agradecido por Benjamín Netanyahu y rechazado por una veintena de países árabes —entre ellos Egipto, Arabia Saudí o Qatar—.
Ese gesto “va a llevar simple y llanamente a que Colombia no encuentre el apoyo de Naciones Unidas cuando lo requiera”, valoraba el exdiplomático Eduardo Pizarro Leongómez, profesor emérito de la Universidad Nacional y analista en asuntos de seguridad, en una entrevista con este periódico. “Perdimos el apoyo de todos los países árabes y musulmanes, el de buena parte de los africanos o de los países progresistas de Europa Occidental, por este reconocimiento innecesario, que además había sido condenado por las propias Naciones Unidas. Si Colombia continúa con la política exterior como se vislumbra, va a terminar siendo un país profundamente aislado en Naciones Unidas”, añadía en su diagnóstico. “Colombia hubiera podido perfectamente trasladar la embajada a Jerusalén, que ya era un gesto que generaba tensiones internacionales, pero sin ir hasta el punto de reconocer los Altos del Golán”.
Otro de los anuncios más llamativos ha sido el permiso para que Estados Unidos realice operaciones militares en suelo colombiano, según lo anunció el secretario de Defensa, Pete Hegseth, sin que ninguna autoridad colombiana se haya referido a esa autorización y sus detalles. El fortalecimiento de la cooperación militar entre Bogotá y Washington avanza a toda velocidad, con una agenda conjunta para combatir el narcotráfico. Durante su reciente visita a Colombia, el general Francis L. Donovan, jefe del Comando Sur, se reunió con el ministro de Defensa, el general retirado Jorge Mora, y fijó como prioridades las operaciones en la frontera con Ecuador, la vigilancia sobre el Pacífico, la principal ruta de la droga que llega hasta las ciudades estadounidenses, y la rehabilitación de la flota aérea.
En otro hito diplomático, también anunciado por un funcionario estadounidense, el designado por Trump como embajador en Bogotá aseguró que Colombia se saldría de la Nueva Ruta de la Seda, a pesar de que Petro se había comprometido con China a adherirse a ese megaprograma de inversiones e infraestructuras. La Cancillería, en cabeza de Germán Bula, quien se ha declarado defensor de los valores occidentales, no ha hecho ningún anuncio oficial a ese respecto. El gigante asiático es un socio comercial imprescindible, con participación en proyectos clave como el metro de Bogotá.
La nueva Administración apunta a una buena sintonía con casi todos sus vecinos más próximos, incluso aquellos que mantuvieron diferencias irreconciliables con Petro. La afinidad ha sido palpable con el panameño José Raúl Mulino, el ecuatoriano Daniel Noboa y la peruana Keiko Fujimori, en un notable contraste con la distancia frente al brasileño Luiz Inácio Lula da Silva. Las relaciones con Venezuela, con la que Colombia comparte una porosa frontera de más de 2.200 kilómetros, también pasan Washington. Tanto De la Espriella como su vicepresidente, José Manuel Restrepo, han señalado en repetidas ocasiones que estarán canalizadas a través del Departamento de Estado, lo que ha llegado a provocar una tímida protesta del Gobierno interino de Caracas, que en cualquier caso opera bajo la tutela de Trump.
Esa cercanía con Washington no es una sorpresa. De la Espriella tiene la nacionalidad estadounidense –además de la italiana–, y consiguió en la recta final de la campaña, de cara a la segunda vuelta que lo enfrentó al senador de izquierdas Iván Cepeda, el guiño de Trump que buscó a lo largo de toda la temporada electoral. Además, se propuso combatir a los grupos criminales con la ayuda de la Casa Blanca y reeditar un Plan Colombia 2.0 de cooperación militar. También fue muy crítico del multilateralismo, aunque esa postura estará a prueba este mes en la primera Asamblea General de la ONU a la que asistirá una delegación encabezada por el vicepresidente, pues De la Espriella ha prometido que no saldrá del país durante su cuatrienio.
La internacionalista Sandra Borda tilda de “sobreactuado” el arranque de De la Espriella en el frente diplomático, pues hay decisiones explícitamente pedidas por Estados Unidos y otras que no, e igual ha tomado el nuevo Gobierno en lugar de privilegiar la cautela. “Es una especie de diplomacia preventiva para complacer”, apunta la investigadora de la Universidad de Los Andes. “Los alineamientos entusiastas son una pésima idea en un escenario internacional de incertidumbre”, advierte.
El analista Sergio Guzmán, de Colombia Risk Analysis, coincide en que es una política exterior demasiado “anclada” a los Estados Unidos. “No es una estrategia muy soberana, pues en últimas es claudicarle a Washington los intereses nacionales”, apunta. “De la Espriella comete un error estratégico al subordinar los intereses de Colombia a intereses foráneos, de Estados Unidos o Israel”.









