Delphine de Vigan y una obra sobre los que siempre quedan fuera de escena

Delphine de Vigan y una obra sobre los que siempre quedan fuera de escena

La escena establece una similitud entre los espectadores y los figurantes de una película. De algún modo, para Delphine de Vigan, en su pieza teatral Los Figurantes, se trata de dos modos distintos de expectación donde la cercanía y la participación en el convivio llevan a observar la escena principal y favorecen con su conducta que todo suceda según lo planeado.

La obra teatral publicada por Anagrama se cuenta desde el punto de vista de los extras de una película que en la instancia ficcional se convierten en protagonistas. Nunca vemos a los actores principales del film: la escena nos propone entrar en una suerte de complicidad con los figurantes como si lo que verdaderamente sucede ocurriera fuera de escena y nosotros sólo viéramos la preparación de una acción de la que apenas podemos apreciar su entorno.

Los personajes creados por la autora francesa son un tanto esquemáticos y el desarrollo dramático muestra cierta simpleza o ingenuidad. En un primer momento parece que quisiera emular la necesidad de matar el tiempo a la que se enfrentan los protagonistas de Esperando a Godot de Samuel Beckett.

Los figurantes aguardan las indicaciones y se pasan las horas conversando de trivialidades; el rumor de que el director va a elegir a alguien para un rol pequeño (un papelito) genera cierta expectativa que siempre se posterga para nunca resolverse, lo que le da a la situación una sensación de repetición permanente, de estar siempre transitando la misma escena.

Las analogías con los estratos sociales se establecen desde procedimientos demasiado directos y explícitos. Los figurantes se autoperciben como los proletarios del mundo cinematográfico: sin ellos no se podrían contar las historias, son el dato de contexto que sustenta la verosimilitud pero también son fácilmente reemplazables y carecen de entidad para el equipo técnico y artístico.

Tienen que ser dóciles y silenciosos y aceptar la comida magra y de mala calidad que les ofrecen, les quitan toda esperanza de imaginar que algún día podrán tener un papel en un film y resultan fastidiosos si quieren llamar mínimamente la atención.

Este esquema que lleva a una comparación con el funcionamiento de las clases sociales genera una dramaturgia sumamente evidente, sin intrigas y sin densidad, una especie de entretenimiento liviano que parece tener intenciones reparadoras, como si la autora francesa quisiera darles a estos seres anónimos la oportunidad de ser protagonistas de una ficción.

Sería más interesante si al momento de concretar su puesta en escena, el texto operara como una suerte de guión en el marco de una obra de teatro documental interpretada por personas que trabajan habitualmente de extras.

La película que los tiene atrapados, un tanto cautivos en ese set sin indicaciones claras, no tiene título y se desconoce su argumento. Ver la escena desde esa lateralidad nos lleva a habitar una historia sin historia, a fundar la trama en un estado de espera.

Los personajes no saben muy bien qué hacer porque no tienen propósito salvo en los momentos donde el superayudante (que también es un apéndice del director) les indica unos desplazamientos o algunas acciones que hacen al ambiente de un bar o una calle sin que esa información consiga armar una historia desde el punto de vista argumental pero tampoco una narrativa desde los procedimientos.

Esta instancia de suspensión del tiempo los lleva a momentos confesionales, a enfrentarse a cierto vacío, a hacer de estos personajes seres sin propósito en la vida que eligen este trabajo porque están un poco perdidos, porque sufrieron alguna decepción o fracaso en su profesión, porque están solos o no saben muy bien qué hacer con su tiempo. Hay cierta desolación que en la obra transcurre con liviandad, como si la autora entendiera que la fragilidad que habita en sus personajes podría llevar la historia por otro camino.

Federico Olivera escribió y dirigió una obra que estuvo en cartel hasta el año pasado en Buenos Aires llamada El fondo de la escena, donde tres hermanas pasaban sus días en la sala de espera de un hospital donde estaba internada su madre; esa misma locación funcionaba como el set de filmación de una película en la que las hermanas se involucraban como extras junto con algunas enfermeras que todavía trabajaban en ese espacio en proceso de desmantelamiento.

En la dramaturgia de Olivera, la condición de figurantes de las hermanas contrastaba con el rol de protagonistas en la ficción, pero la trama no se reducía a la filmación. Los personajes vivían su drama familiar mientras formaban parte de ese fondo de la escena del título; esa doble situación permitía pensar qué lugar ocupamos en nuestras vidas, si somos los protagonistas, los actores secundarios o nos conformamos con ser extras.

De hecho, la protagonista era también guionista de cine y terminaba involucrándose en el armado de la película y sugiriendo varios cambios; lo mismo sucedía con el marido de una de las hermanas que se convertía en protagonista del film.

En Los figurantes se expone un estado de pasividad que podría brindar una metáfora rápida y fácil sobre la vida social: la gente limitándose a hacer lo que le corresponde y aceptando una comida desabrida, un salario miserable y el lugar de espectador frente a la abundancia y el reconocimiento que disfrutan los otros. La analogía con el universo cotidiano resulta ilustrativa y, por esa razón, tranquilizadora.

Lo mismo sucede con la similitud que establece entre el público en la sala y los figurantes de la ficción. Si de Vigan quiere poner a los espectadores en un lugar incómodo o crítico o quiere desplazar ese estado de inacción al universo social más próximo, esto queda en un plano meramente enunciativo. No hay a nivel de la estructura narrativa ni de los procedimientos un mecanismo que le dé a esta idea un impacto dramático.

Los figurantes, de Delphine de Vigan (Anagrama).

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