En julio de 1969, cerca de seiscientos millones de personas observaron simultáneamente cómo un hombre descendía lentamente por una escalera metálica y apoyaba el pie sobre la superficie de la Luna.
En bares de Nueva York, departamentos soviéticos, pueblos latinoamericanos y hogares europeos, millones de personas miraban la misma imagen al mismo tiempo. Algunos podían celebrar la hazaña estadounidense como una victoria de la libertad. Otros podían interpretarla como propaganda imperial. Muchos podían desconfiar de las intenciones geopolíticas de la NASA o leer el acontecimiento como una escena más de la Guerra Fría. Pero estaban viendo algo común.
Podían discutir el significado político del alunizaje. Pero compartían el hecho.
Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
Esa diferencia parece pequeña. En realidad, sostiene buena parte de la historia moderna de la democracia.
En abril de 1982, millones de argentinos encendían cada noche el televisor para seguir las noticias de la Guerra de Malvinas.
Las familias se reunían frente a un puñado de canales abiertos que transmitían partes militares, mapas del Atlántico Sur y relatos patrióticos narrados con solemnidad casi épica. En escuelas, bares, oficinas y mesas familiares, prácticamente todo el país consumía la misma información al mismo tiempo.
Por supuesto, esa información estaba profundamente condicionada. El gobierno militar manipulaba, ocultaba, exageraba y utilizaba el conflicto como herramienta de legitimación política.
Nadie debería idealizar aquella escena. La existencia de una experiencia informativa compartida no garantizaba verdad, pluralismo ni democracia. Pero sí muestra algo importante: incluso la manipulación operaba dentro de un ecosistema común.
Las personas podían desconfiar más o menos del gobierno militar. Podían interpretar de manera distinta la guerra. Podían sentir orgullo, miedo, escepticismo o dolor. Pero la conversación nacional ocurría alrededor de un conjunto relativamente compartido de imágenes, relatos y símbolos.
La nación discutía dentro de un mismo espacio informativo. Hoy una guerra semejante probablemente sería vivida de otra manera. No existiría un único relato nacional capaz de concentrar simultáneamente la atención colectiva. Cada ciudadano recibiría una versión distinta: videos patrióticos, denuncias de corrupción militar, teorías conspirativas, análisis geopolíticos, propaganda extranjera, deepfakes, influencers militares, memes, transmisiones en vivo, mapas interactivos y recortes diseñados para confirmar emociones previas.
La gran diferencia no sería solamente la cantidad de información disponible. Sería la desaparición de una experiencia común.
Durante gran parte del siglo XX, las democracias liberales convivieron con una ilusión que parecía tan natural que casi nadie se detenía a pensar en ella: la idea de que la realidad era relativamente estable.
No significaba que las sociedades estuvieran de acuerdo en todo. Lejos de eso. Las democracias modernas atravesaron guerras mundiales, crisis económicas, golpes de Estado, terrorismo, conflictos raciales, luchas ideológicas y niveles de polarización que muchas veces parecían insoportables. Pero incluso en medio de esos conflictos existía una estructura común de legitimidad sobre la cual la vida pública podía seguir funcionando.
Las personas discutían ferozmente sobre cómo interpretar el mundo, no sobre la existencia misma del mundo. Ese detalle cambia todo.
La democracia liberal nunca dependió únicamente de elecciones libres, constituciones escritas o separación de poderes. Dependió también de algo más frágil y menos visible: una arquitectura compartida de conocimiento.
Todas esas instituciones cumplían una función mucho más importante que simplemente transmitir información. Actuaban como intermediarios de confianza. Eran filtros imperfectos, sesgados, elitistas y muchas veces capturados por intereses políticos o económicos. Pero ayudaban a ordenar el caos informativo de sociedades cada vez más complejas.
Hoy la palabra gatekeeper suele usarse como insulto. Sugiere censura, control, privilegio, cierre. Y en parte esa crítica tiene fundamento. Muchos intermediarios tradicionales excluyeron voces populares, minorías, disidentes y comunidades enteras. Durante décadas decidieron qué temas merecían atención pública y cuáles podían ser ignorados.
Pero el rechazo contemporáneo a los gatekeepers suele olvidar algo esencial: toda sociedad compleja necesita algún mecanismo para distinguir grados de credibilidad.
La libertad de expresión nunca significó que toda afirmación tuviera automáticamente el mismo peso público. Un médico y un curandero podían hablar, pero sus palabras no ocupaban el mismo lugar institucional. Un periodista y un panfleto anónimo podían circular, pero no tenían la misma autoridad social. Un juez y un rumor de pasillo podían referirse al mismo hecho, pero no producían la misma consecuencia pública.
*Autor de Quién está pensando por vos, editorial Edhasa. (Fragmento).










