En su obra, prolífica y variopinta, se relacionan muchos proyectos, a veces sutilmente y otras, con propósito evidente. El último match de Santiago Loza es su Diario chino, publicado en mayo de este año por Bosque Energético, y la película Los días chinos, estrenada en cine MALBA unos meses antes, en marzo. Esta dupla no se necesita mutuamente para ser única cada una, pero arma un todo repleto de juegos. Uno es el espejo de un viaje en distintos soportes, el fílmico y el textual.
La unión evidente está en la locación, pero lo que sostiene todo se encuentra en el acto de observar, con unos ojos peculiares, incómodos, y aptos para la sorpresa. Además, hay regalos para el que quiera encontrar el modo en el que se tocan los procesos creativos. En la película, el autor dice, con voz en off, algo que es también es un texto que pertenece al libro.
Y así, con fragmentos gemelos, mellizos, hermanos y vecinos, se arma este caleidoscopio de Loza, que incluye y comienza en realidad, antes. Pequeña novela de Oriente, publicada por Entropía en 2024, relata tres viajes, en tres tiempos, en formato de crónica o diario: un festival en Corea, unas vacaciones en Japón y la promesa de ir China, que empieza en una residencia de escritura en Estados Unidos.
Un viaje deseado
La premisa de las tres obras parece sencilla: un día, Loza logra hacer un viaje largo que hacía tiempo venía deseando. Pero en realidad, esto tiene muchas capas de sentido. Es atravesar el mundo, a la vez que es ir al interior de sí mismo.
Allá, a tanta distancia, también está el mismo que partió, con sus circunstancias, tanto personales, como coyunturales. Diario chino, en particular, podría leerse en principio como un off-cámara, porque detalla el backstage del documental. Pero excede esa premisa.
La trama es simple, pero hipnótica. Después de años de esperar y postergar el viaje, logra llegar a China. Va con una camarita prestada como equipaje principal, y el comando amoroso y desafiante de un amigo: no volver sin una película. Entonces inventa un documental que registra los márgenes de lo cotidiano mientras escribe apuntes, reflexiones, poemas.
Escritor, dramaturgo y director de películas, documentales y miniseries de televisión como Doce casas. Historia de mujeres devotas –ganadora del Martín Fierro Mejor unitario 2014–, Loza es un artista variopinto. Su origen viene del teatro y el cine. Estudió en la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica (ENERC) y en la Escuela Municipal de Arte Dramático. Como con todo lo que hace, se destaca en esas dos áreas.
Desde 2001, dirige cortos y largometrajes que han participado de festivales internacionales, entre otros el de Cannes, el de Berlín, Rotterdam y el local Bafici, y en cada uno de ellos fue premiado.
Es autor de, entre otras, obras de teatro como las ya clásicas de culto La mujer puerca (lleva casi 15 años en escena) y Nada del amor me produce envidia (por llegar a las dos décadas en cartel) o la más reciente Viento blanco (debut como directora de Valeria Lois, en 2024). Además, fue distinguido con dos veces con el Konex (en 2014 en las disciplinas de las letras y las artes escénicas y en 2021 por su labor en las artes).
También ganó el Premio Nacional de Cultura 2021 en la categoría de Artes Escénicas por el guión literario cinematográfico de su película de 2019 Breve historia del planeta verde, en donde Tania, una joven transexual, emprende un viaje con dos amigos para salvar a una criatura extraterrestre. En el trayecto, además de zonas desconocidas del mapa, terminan descubriendo las geografías que hay dentro de sí mismos.
Cuestión subyacente
Esta misma cuestión subyacente atraviesa también su tríada compuesta por la Pequeña novela de Oriente, Los días chinos y el Diario chino, pero en una primera persona tan íntima como suave. La producción de estas tres obras surgió cuando Loza fue parte del Programa de Escritura de Shanghái, una residencia literaria de dos meses en China.
Aunque comenzó entre el cine y el teatro, siempre exploró la literatura. Participó en el Programa Internacional de Escritura (IWP) de la Universidad de Iowa y en 2017 publicó su primera ficción, El hombre que duerme a mi lado, editada por Tusquets. Cuando Vinilo publicó Archivo madre, en 2024, dijo en una charla con Clarín: “La escritura tiene una cualidad de plan secreto”.
Y en eso que hace siempre, su “plancito”, aparecen algunos tropos que persisten. Entre otros, van y vienen temas como las madres, la locura, la escritura, los vínculos y los viajes, tal vez el más vasto, sin duda el más actual. Pequeña novela de Oriente son tres crónicas reunidas.
Santiago Loza. Foto: Luciano Thieberger. Engaña un poco en el título, porque en realidad es no-ficción. En aquel viaje filmó el documental Los días chinos y, en su versión textual, hizo el Diario chino. Sobre esto, había comentado: “Aunque uno es un libro y el otro es una película, funciona la continuidad en varios puntos”.
Los días chinos, contó, en principio fue solo un juego. “Viajé a China por trabajo y me armé el plancito personal de hacer una toma por día, como rutina. Eso también de alguna forma es un diario. Y se complementa la experiencia, porque ese fue el viaje que sirvió de base para Pequeña novela de Oriente y de ahí surgió el Diario chino”. dijo.
Sobre la flamante publicación, Josefina Licitra escribe en la contratapa: “En la literatura y el cine, los viajes suelen ser el lugar donde ocurre alguna revelación vital, pero afortunadamente esa clase de epifanía no se da en este libro”.
El diario, a diferencia de la Pequeña novela de Oriente y un poco a la par de Los días chinos, atraviesa –sin estridencias, con una distancia extrañada y melancólica– el dolor físico que excede al jet lag, la discordancia cultural, el idioma inaccesible que hace más difícil orientarse y la inmensidad geográfica que resulta abrumadora más que una promesa.
En medio de eso, mientras avanza el registro textual poblado de incomodidades, aparece una chispa, la sinceridad íntima de no poder capturar –a pesar de filmar y anotar– eso que sucede, que al final, sí, es una anti-iluminación iluminada.
“Frente a una ciudad desbordante de estímulos, codificada de un modo casi ininteligible, la escritura se vuelve una de las pocas formas de mantenerse en eje. Con anotaciones fragmentarias, escenas mínimas, un humor fino –como un alfiler que cae– y pensamientos huidizos que a veces incluso se corrigen a sí mismos, Santiago se corre de la obligación de sorprenderse ante el mundo en el que entra y se pone un objetivo bastante más importante: sobrevivirlo”, describe LIcitra.
Santiago Loza. Foto: Luciano Thieberger. En ese Aleph que reúne sus obsesiones, Diario chino es más que el registro de aquellos días o una crónica de la inadecuación. También funciona como una carta de amor al cine, una oda a las amistades y una forma más, en este caso textual, de rendirse ante la magia terrenal de los desplazamientos.
Pero sobre todo, termina siendo un viaje introspectivo, con China como excusa y destino al que Loza llega para descubrir, otra vez, que donde sea que esté estarán sus temas. “Da lo mismo estar en China o en Buenos Aires, no puedo escaparme de mí”, dice en el documental y/o escribe en el diario, dando así otra vuelta más a su sinfín existencial.
Diario chino, de Santiago Loza (Bosque energético).










