La enorme movilización popular que despertó durante su paso por Buenos Aires dejó en evidencia que Franco Colapinto es uno de esos personajes únicos del mundo del entretenimiento. De la nada, incluso sin grandes o memorables triunfos en su carrera deportiva, el chico de Pilar ya alcanzó la altura de un rockstar. A nivel popularidad, se metió en una dimensión que suele estar reservada para unos pocos: incluso Lionel Messi, el mejor futbolista de su tiempo y de muchos otros tiempos, necesitó años para seducir por completo el indescifrable e inexplicable paladar negro de los argentinos.
Colapinto tiene ángel. Aura, como dicen los más jóvenes. Y eso no se compra: se tiene. Tal vez sea su historia de lucha para alcanzar el sueño de correr en la Fórmula 1. Tal vez sea su espíritu resiliente, que le permitió dejar las comodidades que tenía acá para irse a vivir solo allá. Tal vez porque nadie le regaló nada y subió escalón por escalón hasta llegar a ser parte del selecto grupo de 22 pilotos que compite en la máxima y más glamorosa categoría del automovilismo mundial. Tal vez sea su sonrisa. Tal vez su frescura.
Son muchos “tal vez” juntos que, sumados, entregan una certeza: son muy pocas las celebridades que hoy son capaces de convocar a tantas personas por sí solas. Es cierto que contó con un enorme -y excesivamente celoso- aparato de marketing a su alrededor, incluida la ágil logística del gobierno porteño, que en menos de una semana transformó las calles de su barrio más paquete en un mini circuito callejero.
Pero, más allá del viento a favor del contexto, el factor X es Colapinto. Su gran virtud es que seduce por igual a la generación analógica -aquellos que se emocionan al escuchar el rugido infernal de un motor V8 o al ver el abrazo con la abuela Rosa- y a la generación digital -esa que scrollea pantallas sin parar al ritmo de TikTok y que hace de lo efímero una cultura-. Es un eslabón perdido que logra una unión impensada. Se convirtió, sin proponérselo, en el denominador común que muchas industrias envejecidas no terminan de descifrar en su afán de sobrevivir a los inevitables cambios de época.
Según cifras oficiales, Colapinto reunió a más de 600 mil personas para verlo pasar de cerca, y lo más rápido posible, en un Lotus modelo 2012 camuflado de Alpine y en una réplica de la Flecha de Plata con la que Juan Manuel Fangio ganó dos de sus cinco títulos mundiales en los años 50.
Asombra la cantidad de gente porque no solo dejó muy lejos las 50 mil personas que en 2012 se congregaron para ver al australiano Daniel Ricciardo manejar el Red Bull RB7 que un año antes había llevado al alemán Sebastian Vettel al título. La cifra supera largamente el aforo que reúnen, en tres días, los Grandes Premios más convocantes de la Fórmula 1 actual.
La exhibición se convirtió en un telegrama colacionado para los dueños de la Fórmula 1. Ya no solo vieron cómo los argentinos -aquellos que pueden hacerlo- viajan por todo el mundo para ver y alentar a Colapinto. Ya no son solamente las redes, que se convierten en campo de batalla cuando hay algún incidente con otro piloto en una carrera. Esta vez vieron, en forma de reels o stories, que hay un mercado enorme, más que garantizado, en caso de que decidan revisar su calendario y devolverle la fecha que Argentina tuvo por última vez en 1998.
No será sencillo. El autódromo porteño, después de años de desidia, está en pleno proceso de reciclaje. El objetivo concreto es el regreso del MotoGP, la Fórmula 1 de las dos ruedas, para 2027. El nuevo circuito tendrá la homologación de la Federación Internacional de Motociclismo, pero quedará en grado 2 según la Federación Internacional del Automóvil. Es decir, todavía no estará en condiciones de albergar al Gran Circo de la velocidad.
Hace falta más inversión. También reunir el dinero que exigen los dueños de Liberty Media como canon para cada Gran Premio. También encontrar un lugar en un calendario de 24 fechas. Y hay más: hay que esperar, negociar y trabajar. Mucho.
Colapinto acerca a todos. Lo demostró el enorme y fuerte abrazo popular que recibió este fin de semana. Aunque también está claro que ese sueño de verlo correr por los puntos a bordo de un Fórmula 1 en estas tierras todavía está un poco más que lejos.










