Todos dicen lo mismo: “solo volvía de la facultad”. La frase se repite como un eco en cada testimonio, en cada vecino que intenta entender lo que no tiene explicación. Agustín Rivero tenía 21 años, una mochila al hombro, apuntes para rendir la semana próxima y la rutina de siempre: estudiar, volver, avisar que llegó. Esta vez no pudo. A metros de su casa, en el barrio San José de Temperley, la vida se le cortó de golpe.
Según contaron vecinos a Clarín, su papá lo esperaba siempre en la esquina de su casa cuando él volvía de la facultad. La escena, que podría haber sido cotidiana, quedó suspendida en el tiempo.
“Era súper tímido, muy respetuoso”, cuenta Lucas Padilla, vecino del barrio, todavía sin poder salir del asombro. La definición se repite en cadena: tranquilo, buen pibe, perfil bajo. “No lo veías en las esquinas, no lo veías haciendo lío”, dice una vendedora de la zona que lo conocía desde chico, cuando iba al colegio en el centro del barrio.
Agustín vivía con sus padres, Fernando Rivero y Silvina Weitzel, y su hermana menor, Valentina, de 11 años. Era el hermano mayor, el que estudiaba, el que proyectaba. Estaba cursando para ser despachante de aduana y también administración de empresas en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora. Tenía exámenes por delante y, como tantos estudiantes, combinaba estudio, clases particulares y tiempos ajustados.
Thiago, su amigo desde la secundaria, lo recuerda en escenas simples: “Nosotros no éramos de salir a bailar. Desde chicos jugábamos a la pelota, estudiábamos, volvíamos a casa”. La rutina los fue separando (trabajo, facultad) pero no el vínculo. “Siempre estábamos en contacto. Si nos juntábamos, avisábamos: ‘estoy llegando’, ‘estoy en la puerta’. Teníamos hasta un rastreador entre nosotros para saber que todos llegábamos bien”, dijo en comunicación con la prensa.
Ese detalle, casi obsesivo, hoy duele más. “Hace una semana nos vimos en un cumpleaños”, dice Thiago. Se enteró de lo que le ocurrió a Agustín por una llamada del padre, salió corriendo de su trabajo y llegó a una casa de Agus donde ya nada era igual. “Fue horrible saber que él no estaba”, dice.
Los sueños eran concretos, incluso modestos: “Queríamos armar un emprendimiento entre nosotros, más adelante”. No había urgencia, había tiempo. “Igual lo proyectamos para cuando seamos más grandes”, cuenta.
El barrio: entre la cercanía y el miedo
San José, en Temperley, es un barrio donde todos se conocen. Donde los nombres circulan, donde las familias tienen historia, donde los chicos crecen en las mismas veredas. Pero también es un lugar donde, según los propios vecinos, la inseguridad dejó de ser una excepción.
“Robos hay siempre. A un amigo le quisieron hacer lo mismo en la misma cuadra, pero zafó. Hoy la cuenta, pero este chico no”, dice Lucas. La frase resume una sensación extendida: lo que pasó no es aislado, es parte de algo que se repite.
El reclamo de justicia en las redes sociales.La bronca aparece en estado puro en los mensajes que circularon tras el crimen. Jimena Gorosito, vecina, lo escribió sin filtro: “¿Y ahora qué? Hoy le dio todo y lo mataron. Esto no puede ser un caso más”. La indignación se mezcla con el dolor y con un pedido que empieza a crecer: salir a la calle, reclamar justicia, no dejar que el caso se diluya.
Otra vecina lo sintetiza a este medio desde la impotencia: “Se nota cuando una familia es tranquila. Ese era el perfil de ellos. Y te arruinan la vida para siempre”.
También hay un reproche que se repite: la ausencia policial. “Ahora hay como 80 patrulleros porque pasó esto. Si no, no pasaba nada”, dice Lucas. La seguridad aparece como reacción, nunca como prevención.
El crimen
Fue el viernes, cerca de las 19.30. Agustín volvía de la facultad junto a un compañero. En algún punto del camino se separaron y él siguió solo. Caminaba por la intersección de Dinamarca y Erickson, a pocas cuadras de su casa.
Un auto negro se detuvo a su lado. De adentro bajó un ladrón armado. “¡Dame las cosas!”, le gritó.
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Asesinan a un estudiante de un tiro para robarle la mochila y el celular
Agustín entregó la mochila. No se resistió. Cuando el delincuente quiso también el celular, el joven intentó alejarse, escapar. Fue en ese instante que el asaltante disparó. El tiro le dio en el abdomen.
El agresor volvió al auto y escapó. La mochila quedó tirada en el asfalto. Agustín cruzó la calle como pudo y pidió ayuda a una vecina que lo resguardó en su casa hasta la llegada de asistencia. Fue trasladado a una clínica de Banfield, pero no sobrevivió.
Por el crimen fueron detenidos Lautaro Ezequiel Silva (21) -con antecedentes por robo- y Miguel Ángel Silva (25), mientras que otros dos sospechosos ya están identificados y prófugos. La causa está en manos del fiscal Nicolás Espejo, de la UFI 7 de Lomas de Zamora, bajo la carátula de homicidio criminis causa, que prevé prisión perpetua.
Los detenidos aseguraron que estaban en el vehículo, pero que no dispararon.
Su hermana, sus padres, sus amigos, intentan entender cómo se sigue después de algo así. Y en el barrio, entre la bronca y el dolor, la frase vuelve una y otra vez, como si repetirla pudiera darle sentido a lo que no lo tiene: “Solo volvía de la facultad.”










