“El boleto estudiantil no explica quiénes éramos”

“El boleto estudiantil no explica quiénes éramos”


«Hace muchos años que, en cada aniversario de la Noche de los Lápices, releo mis propias palabras, ideas y consignas de años anteriores. Reviso textos que me devuelven imágenes de encuentros, plazas repletas de jóvenes, banderas, abrazos, emociones, cantos, lágrimas, tristezas, voces entrecortadas de emoción, risas y esperanzas compartidas. Y ante distintos micrófonos, cuento mi historia». Lo escribe Emilce Moler, una de los diez chicos secuestrados desde el 16 de septiembre de 1976 en La Plata por la dictadura. Seis permanecen desaparecidos. Ella y otros tres sobrevivieron. Sin embargo, hasta ahora, esa historia que cuenta no había pasado al papel. Sucede este septiembre, cuando se conmemoran 50 años de esos hechos.

La larga Noche de los Lápices. Relatos de una sobreviviente, editado por Marea y que será presentado hoy a la tarde en la librería El Fondo con un diálogo entre la autora y la escritora Tamara Tenenbaum, es un texto escrito a lo largo de muchos años.

Por eso, no se centra exclusivamente en la violencia y los vejámenes padecidos, aunque estén ahí; tampoco desvela romances secretos, aunque el amor también aparezca. No es un canto sobre la algarabía de la juventud, pero esa felicidad tiene su lugar. No es un libro de denuncia, pero denuncia. Es un entramado lleno de vida, de ilusión y de espanto.

Cuando fue liberada, Emilce Moler no llegaba a los 20 años. La habían arrancado de su casa cuando tenía 17 junto a otros chicos como ella, acusados de haber movilizado políticamente a sus compañeros desde la Unión de Estudiantes Secundarios.

Permaneció detenida-desaparecida durante seis meses. Más tarde, fue trasladada a la cárcel de Villa Devoto, donde la «legalizaron». Por último, le dieron una libertad vigilada hasta los veinte años, cuando pudo terminar el secundario y anotarse en la universidad. Se formó como matemática, docente, investigadora y doctora en Bioingeniería y trabajó como académica durante treinta años.

Durante todo este tiempo, declaró ante la Justicia, colaboró en la denuncia a los represores y ofreció multitud de charlas, entrevistas, conferencias y homenajes. Ahora, presenta un libro que reúne sus recuerdos. Y una memoria de sus compañeros: Claudio de Acha, María Clara Ciocchini, María Claudia Falcone, Francisco López Muntaner, Daniel A. Racero y Horacio Ungaro, todos desaparecidos. Y Gustavo Calotti, Pablo Díaz y Patricia Miranda, sobrevivientes como ella.

Claudio de Acha, María Clara Ciocchini, María Claudia Falcone, Francisco López Muntaner, Daniel A. Racero y Horacio Ungaro, todos desaparecidos tras ser secuestrados la Noche de los Lápices. Foto: archivo.

Antes de la presentación, Moler conversó con Clarín.

–¿Cómo fuiste registrando por escrito esta historia y de qué manera el libro es también un recorrido por las maneras en las que esa historia fue revelando nuevas miradas e interpretaciones para vos misma?

–Durante muchos años no escribí mi historia: la fui contando. Mis principales registros escritos sólo eran las declaraciones en los juicios y, a veces, algún borrador de discursos para actos importantes. La narraba en entrevistas, en escuelas, en actos, en conversaciones. El libro apareció mucho después, cuando sentí que los tiempos de escucha eran cada vez más cortos y que una entrevista no alcanzaba para explicar la complejidad de la historia. Necesitaba ordenar un relato propio, más completo, que no estuviera tan condicionado por las preguntas de la coyuntura. Cuando escribía los capítulos sobre mi adolescencia, trataba de ubicarme nuevamente en aquel tiempo y, a veces, hasta me salía escribir en presente. Hay algo interesante en la memoria: una cree que recuerda un hecho y que ese recuerdo está ahí, más o menos fijo, pero no funciona así. Los hechos no cambian; cambia la mirada desde la cual una vuelve a ellos. No miro a la chica de 17 años de la misma manera que a los 30 o a los 40. Viví, tuve hijos, fui docente, participé políticamente, atravesé los juicios, conocí otras historias. Todo eso modifica las preguntas que le hago a mi propia experiencia. Por eso el libro recorre distintas capas de la memoria. No porque aparezcan permanentemente hechos nuevos que había olvidado, sino porque aparecen nuevos sentidos. La perspectiva de género, por ejemplo, al principio estaba prácticamente invisibilizada y después adquirió mucha más fuerza. También cambió mi mirada sobre la edad que teníamos: durante los primeros años no ponía tanto énfasis en eso y, con el paso del tiempo, fue uno de los aspectos que más me conmovieron. Los hechos centrales están reconstruidos, pero no creo que se cierre nunca su interpretación. El presente vuelve a interrogarlos. Para mí, eso también es la memoria: no solamente recordar lo que pasó, sino volver a preguntarnos qué significa hoy.

–¿Cómo era la juventud de los 70, esa adolescencia que parece mucho más adulta vista desde el presente?

–A mí me cuesta pensar que éramos más adultos que los jóvenes de hoy. Éramos jóvenes de 16 o 17 años, con todo lo que eso significa: nos enamorábamos, nos peleábamos, nos divertíamos, teníamos miedos y contradicciones. Éramos producto de una época. No éramos esos jóvenes solemnes en los que a veces nos convierte la memoria. Lo que sí era muy diferente era el contexto. La política atravesaba fuertemente la vida cotidiana y había una enorme participación juvenil. Se discutía en las escuelas, en las casas, en las organizaciones, entre amigos. Había una sensación muy fuerte de que lo que ocurría alrededor también era asunto nuestro y de que podíamos intervenir para transformarlo. No vivíamos la militancia como algo separado de nuestra adolescencia: éramos adolescentes y militantes al mismo tiempo. Seguramente esa participación nos hizo asumir responsabilidades y tomar decisiones muy temprano. Pero me parece importante no utilizar aquella experiencia para juzgar a los jóvenes actuales. Durante mis años como docente aprendí que cada generación tiene sus lenguajes, sus preocupaciones, sus maneras de informarse y sus formas de participación. Si esperamos encontrar hoy exactamente las mismas formas de compromiso que teníamos nosotros, podemos concluir equivocadamente que los jóvenes no están comprometidos. Y hay algo fundamental: nuestra intensa participación política no nos hacía adultos ni disminuye en absoluto la dimensión de lo que nos hicieron. Yo tenía 17 años. Podíamos militar, tener convicciones políticas y querer transformar la sociedad, y seguíamos siendo adolescentes. Lo aberrante fue que el Estado respondiera a esa participación con secuestros, torturas, desapariciones y muerte. Quizás lo que más rescato de aquella experiencia no sea una supuesta madurez, sino algo más sencillo: sentíamos que lo que les pasaba a los demás también tenía que ver con nosotros. Esa idea de compromiso colectivo me sigue pareciendo valiosa hoy.

Emilce Moler sobrevivió a La Noche de los Lápices, se formó como matemática y doctora en Bioingeniería y trabajó como académica durante treinta años. Foto: redes sociales.

–¿Cómo interpretás la infantilización que paulatinamente fue avanzando sobre adolescentes y jóvenes?

–Me preocupa cuando se piensa a los adolescentes solamente como personas a las que hay que proteger y no también como sujetos capaces de pensar, discutir, organizarse y participar. Reconocer que son jóvenes y que necesitan cuidados no significa negarles autonomía ni voz política. Tampoco creo que la respuesta sea idealizar nuestra generación. Los jóvenes de hoy participan de otras maneras y en otro contexto. El desafío, para los adultos, es poder reconocer esas formas sin exigirles que reproduzcan las nuestras.

–La Noche de los Lápices se recuerda cada año. Hay libros y una película canónica. ¿Qué aspectos de esa cristalización de lo sucedido te parece que merecen una revisión o un debate a cincuenta años de lo sucedido?

–La película tuvo un valor enorme. Para muchísimas personas fue la manera de conocer La Noche de los Lápices y contribuyó a instalar esa historia en la memoria colectiva. No desconozco eso. El problema aparece cuando una película, que necesariamente construye un relato, termina convirtiéndose casi en una versión simplificada y definitiva de lo ocurrido. Durante muchos años quedó cristalizada la historia de estudiantes secundarios secuestrados fundamentalmente por reclamar el boleto estudiantil. El boleto existió, fue una reivindicación importante y participamos de esa lucha. Pero no explica quiénes éramos ni por qué fuimos perseguidos. Éramos militantes políticos, pertenecíamos a la Unión de Estudiantes Secundarios, discutíamos política, participábamos de distintas luchas y queríamos transformar la sociedad. El boleto era una de ellas. Recuperar esa dimensión es fundamental porque, de lo contrario, nuestros compañeros quedan convertidos solamente en víctimas, despojados de la vida que tuvieron antes del secuestro. Eran jóvenes con ideas, deseos, proyectos, militancia y contradicciones. Fueron víctimas de un plan sistemático de terrorismo de Estado que persiguió y eliminó opositores políticos. La memoria colectiva necesita símbolos, pero el problema aparece cuando el símbolo borra la complejidad de las personas y de la historia. A cincuenta años, me interesa sacar a mis compañeros de esa foto congelada y devolverles su condición de sujetos políticos y, sobre todo, de personas. No para destruir un símbolo que fue muy importante, sino para enriquecerlo y permitir que las nuevas generaciones puedan hacerle nuevas preguntas.

–¿De qué manera la Noche de los Lápices es presente y por qué saber lo que pasó le sirve a la sociedad en general y a los adolescentes y jóvenes en particular?

–La Noche de los Lápices es presente, en primer lugar, por una razón brutalmente concreta: nuestros compañeros siguen desaparecidos. Sus cuerpos no están. No sabemos dónde están. Y quienes participaron del aparato represivo y tienen información sobre su destino no dicen dónde están. Pasaron cincuenta años y sus familiares siguen esperando una respuesta. Por eso me resulta muy difícil aceptar que se hable de esto como de algo que “terminó”. ¿Cómo puede haber terminado si todavía no sabemos dónde están? La desaparición prolonga el crimen en el tiempo y deja abierta una pregunta que el Estado y la sociedad democrática todavía tienen la obligación de responder. Pero además es presente porque la memoria tiene sentido si ese pasado nos da herramientas para comprender el mundo en el que vivimos. Yo no pretendo que un chico de 16 o 17 años de hoy sienta lo mismo que sentíamos nosotros ni que milite como militábamos nosotros. Pasaron cincuenta años. Cambiaron los lenguajes, las formas de informarse, de relacionarse y también de participar políticamente. Me interesa que conozcan aquella experiencia y hagan sus propias preguntas desde el presente. Saber qué ocurrió permite entender por qué una democracia no puede naturalizar que el Estado persiga a alguien por sus ideas, que la violencia resuelva las diferencias políticas o que quien piensa distinto sea considerado un enemigo. También permite comprender por qué hablamos de terrorismo de Estado, desaparición forzada y crímenes de lesa humanidad. No son fórmulas que repetimos en los aniversarios: nombran hechos y responsabilidades concretas. Y me importa transmitir a los jóvenes algo de aquella voluntad de intervenir sobre la realidad. No tienen que copiar nuestras formas de militancia; cada generación encontrará las suyas. Pero sí me gustaría que permanezca una pregunta: ¿qué puedo hacer yo frente a lo que considero injusto? El Nunca Más tampoco quedó asegurado para siempre. Los consensos democráticos se construyen y necesitan ser cuidados. Si La Noche de los Lápices queda reducida a una efeméride, a una película que se pasa todos los septiembres o a las mismas fotos en blanco y negro, corremos el riesgo de convertir la memoria en letra muerta. La memoria está viva cuando el pasado nos interpela en el presente.

Emilce Moler sobrevivió a La Noche de los Lápices, se formó como matemática y doctora en Bioingeniería y trabajó como académica durante treinta años. Foto: redes sociales.

–Dedicaste décadas a la tarea docente desde la universidad, específicamente en el área de matemáticas y computación. Viviste buena parte de tu adolescencia en dictadura y padeciste su poder aniquilador. Y ahora, de la mano de la tecnología, de esa computación a la que te acercaste de manera pionera casi, la democracia es atacada. ¿Podías imaginar este devenir cuando estudiabas en la Universidad Nacional de Mar del Plata?

–Cuando empecé a estudiar Matemática y después me acerqué a la computación, era imposible imaginar el lugar que la tecnología iba a ocupar en nuestras vidas. Trabajé durante muchos años con algoritmos, programación y más tarde con inteligencia artificial, cuando todavía eran temas muy alejados de la vida cotidiana. Veíamos enormes posibilidades en esas herramientas, y sigo viéndolas. No tengo una mirada temerosa ni nostálgica frente a la tecnología. Lo que no podía imaginar era esta enorme concentración de información y poder en unas pocas plataformas, ni que buena parte de nuestra conversación pública iba a estar mediada por algoritmos que deciden qué vemos, qué se vuelve visible y qué queda relegado. Un algoritmo no es neutral por el solo hecho de estar escrito en lenguaje matemático. Hay decisiones humanas detrás: qué se optimiza, con qué datos, para qué objetivo y al servicio de qué intereses. Esto plantea un desafío enorme para la democracia. Hoy tenemos una cantidad de información inimaginable cuando yo era joven y, sin embargo, disponer de más información no garantiza comprender mejor. Una sentencia judicial, una investigación histórica, un testimonio documentado y un video que tergiversa los hechos pueden aparecer juntos en una pantalla con una apariencia de equivalencia. Por eso necesitamos recuperar la capacidad de preguntar, contrastar fuentes y construir pensamiento crítico. Quizás por mi propia historia me preocupa especialmente cuando se presenta la democracia como un estorbo para resolver los problemas. Yo viví en una sociedad en la que las instituciones, las leyes, las garantías y hasta la vida de quienes pensaban distinto fueron consideradas obstáculos que podían eliminarse en nombre de determinados objetivos. Esa lógica es profundamente peligrosa. La democracia es lenta, conflictiva e imperfecta. Obliga a discutir, negociar, escuchar al que piensa distinto, respetar procedimientos y aceptar límites. A veces todo eso puede parecer poco “eficiente”. Pero esos límites no son un defecto: son precisamente lo que nos protege. Una dictadura puede tomar decisiones muy rápidamente porque no tiene que consultar, explicar, rendir cuentas ni respetar derechos. Eso no es avance. Además, discutiría qué significa “avanzar”. ¿Avanzar hacia dónde y para quién? El desarrollo tecnológico o económico no puede medirse separado de la calidad democrática, la igualdad, los derechos y las condiciones de vida. Si para avanzar hay que silenciar al que protesta, despreciar al que piensa distinto o considerar los derechos como obstáculos, para mí eso no es progreso. Después de tantos años dedicados a la matemática y la computación, sigo creyendo profundamente en el conocimiento científico y tecnológico. Justamente por eso creo que la tecnología debe estar al servicio de las personas y de la democracia, y no la democracia subordinada a la lógica de la tecnología o de la eficiencia.

La larga Noche de los Lápices. Relatos de una sobreviviente, editado por Marea, será presentado hoy a la tarde en la librería El Fondo (Costa Rica 4568) con un diálogo entre la autora y la escritora Tamara Tenenbaum.

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