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Cuando era niña, la escritora Socorro Venegas solía espiar con fascinación las conversaciones entre su madre y su abuela. Ellas se comunicaban en náhuatl, la lengua originaria más hablada en México y, como la mayoría en el continente, activamente erradicada en todos los espacios de la vida, desde las escuelas hasta los hogares. Socorro no podía entenderlas, pues aunque las tres eran parte del pueblo nahua, ella estaba siendo criada en español. Desde ese silencio, se convenció de que no podía comprenderlas porque de las bocas de las mujeres más importantes de su vida no salían palabras sino pájaros. “¿Cuando crezca también me saldrán de la boca?”, se preguntaba con la ansiedad con que niñas y niños desean ser como sus mayores.
En su caso, crecer no trajo consigo los “poderes” que ella esperaba, aunque sí la capacidad de recordar aquella pregunta y la paciencia para empezar a responderla recién pasados los cincuenta años. “¿Por qué yo no hablo la lengua de mi madre”, escribe en su libro Leche de silencio (Páginas de Espuma, 2026). Desde la experiencia de ser hija, nieta y madre (también estudiante, ciudadana e intelectual pública) en un hogar y un país que le negaron su lengua materna, Venegas propone una conversación ambiciosa y oportuna: ¿cuál es el papel que los Estados y las escuelas cumplen en la extinción de las lenguas originarias?
Políticos tradicionales y amantes dogmáticos de la patria criolla sentirán que esta indagación suena a sacrilegio. Y no es un error. En Leche de silencio, la historia del pueblo nahua encara al Estado mexicano por su desintegración. En México conviven 68 lenguas pero el Estado se empeña en que todos hablen en español. Venegas no plantea este juicio desde géneros pugilísticos como el ensayo o el reportaje. Lo hace produciendo ella misma un injerto delicado entre la historia, la poesía, el diálogo y la memoria, y que le permite narrar desde zonas de otra forma inaccesibles como el vientre gestante de una madre, su madre.
Venegas escribe sobre esa etapa influenciada ella misma por la experiencia de haber dado a luz. “Elia y yo también fuimos una sola persona”, escribe. “Esta memoria anida en células, cauces y ríos que son fluido mitocondrial, calostro mestizo, alimento y ausencia”. ¿Por qué entonces, después de haberla traído al mundo, su madre decidió que no debían compartir la misma lengua, el náhuatl? Tras haber sido un solo cuerpo, ¿qué la llevó a construir muralla lingüística en su propia casa?
Aunque se centra en su experiencia propia, Venegas describe la muralla que atraviesa millones de hogares a lo largo del continente, y que desintegra desde dentro a los pueblos que sobrevivieron a la colonia. Sentí esa barrera cuando fui niño, en mi propia casa. Mi abuela Nieves me hablaba en quechua desde el otro lado de la pared. ¿Por qué las personas que más nos quieren se vuelvan, al mismo tiempo, arquitectas de esta separación?
Crecemos para hacer preguntas que nuestras madres y padres no siempre pueden o quieren responder. La literatura es una gran biblioteca de diálogos familiares frustrados, ya sea por una muerte prematura, una ausencia insalvable o porque nos cuesta encarar lo que hicimos o lo que nos hicieron. El mérito posiblemente más decisivo de este libro es que la autora supo encontrar el momento en que su madre, Elia, por fin sintió segura y abierta para responder las preguntas de su hija.
Elia tenía solo nueve años cuando se subió a un autobús para huir de Huayepan, un pueblo en el estado Morelos, para trabajar como empleada doméstica en Ciudad de México. Películas como Roma han convertido al “indio” o “india” desarraigados en un cliché de la ética de trabajo y la abnegación, una suerte de accesorio culposo para las clases medias. ¿Pero por qué una niña tan pequeña tendría que seguir ese destino? “Me fui porque tenía hambre”, responde Elia en la primera línea del libro. Pero el motivo verdadero solo se sabrá después, cuando el diálogo honesto y a veces despiadado entre madre e hija -y que le da su forma al libro- haya ventilado los secretos más penosos. Venegas escucha las revelaciones entre la incredulidad y la admiración. “Esto debe decirse”, autoriza Elia en una línea decisiva para quien asume el reto de escribir no sobre la madre sino con la madre.
Buscando trasladar la atención desde la tragedia cultural hacia la responsabilidad política, la lingüista mixe Yásnaya Elena Gil explica que “las lenguas no mueren, las matan”. Si esto es así, el libro de Venegas sitúa el lugar del crimen: la escuela. El maestro que el Estado mexicano envía a los territorios llamados indígenas no es un mero facilitador del saber, sino un policía cultural. Como niña, Elia mantuvo una relación conflictuada con la educación formal. Por un lado, deseaba aprender; pero, al mismo tiempo, no soportaba los castigos. “En el salón de clases se paseaba el profesor con una vara para reprender a quienes se les escapara cualquier vocablo no dicho en castellano”, escribe su hija. Aunque Elia solo asistió a la escuela durante dos años, bastó para que aprendiera a sentir vergüenza de su lengua.
Las cosas no fueron mejores para la generación de su hija. Socorro cuenta que un día se le ocurrió comentar en una clase que su madre era bilingüe porque hablaba náhuatl y español. Ante la indiferencia de la maestra, un compañero gritó: “Tu madre no es bilingüe, es una india”, escribe en el libro. “Me arde la cara de vergüenza. ¿Cómo o por qué voy a desear aprender una lengua cuya sola existencia me hace sentir humillada?”.
De México a Chile, la escuela suele ser un espacio de castellanización forzada donde aún se disemina un paradigma racista disfrazado de sentido común: la idea de que los pueblos indígenas y sus lenguas son un carga, un peso muerto, la razón del supuesto atraso de nuestras jóvenes repúblicas latinoamericanas. No es casual que el bullying escolar alcance reminiscencias de proceso inquisitorial. A mediados de 2022, en una escuela de Querétaro, un grupo de estudiantes intentó quemar vivo a un compañero otomí por el delito de “no hablar bien el español”. La maestra estaba presente, y en lugar de llevar al niño a un hospital, le dio una cebolla para que se la pasara por las heridas.
Las noticias y las redes sociales difunden en función continuada episodios de racismo anti-indígena. Sin embargo, pocas veces ofrecen el contexto para entender que, lejos de ser casos aislados o meros exabruptos que merecen castigo, son evidencias de una política criolla continental: el “lingüicidio”, como le llama Venegas. Hoy como ayer, el trabajo del maestro en territorio indígena consiste en “arrancarles la lengua” a sus estudiantes para “injertarles el español”. Con un inmejorable sentido de la oportunidad, Leche de silencio trae consigo un vocabulario que nombra con precisión quirúrgica la tragedia que millones de personas tenemos en la punta de la lengua.
En la vida cotidiana es común escuchar que tal o cual persona “perdió la lengua”, como si se tratara de una negligencia personal, o el resultado del azar, o quizá de ese destino que se ensaña con quienes migran. En Leche de silencio, por el contrario, nadie “pierde” el idioma. Aquí las lenguas son arrancadas de forma sistemática, en escuelas y hogares, al servicio de ideales nacionales claramente nefastos y autodestructivos. La precisión es clave.
La tierra que pisamos sabe hablar. Pero, debido al desarraigo y al lingüicidio, cada vez es más difícil entender sus mensajes urgentes. “Si la gente supiera náhuatl comprendería que Acopala significa ‘lugar que se inunda’ y no construiría allí una casa”, le dice a la autora un amigo del Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática, alguien cuyo trabajo consiste precisamente en comprender esa mezcla de lenguaje y memoria llamado “toponimia”.
Venegas explica que, al negarse a transmitirle el náhuatl, su madre quiso ahorrarle los sufrimientos que ella experimentó, allanarle el camino hacia una vida menos opresiva que la que ella tuvo. El sacrificio vino con un costo, dejó una cicatriz. “¿Debí ponerme a estudiar náhuatl en lugar de inglés, en lugar de una maestría, en lugar de escribir cuentos y novelas, en lugar de criar un hijo”, se pregunta abrumada por la culpa. En la larga cadena de parientes que durante siglos pasaron el náhuatl de una generación a otra, Socorro Venegas encarna el eslabón que se rompió.
La pregunta que ahora toca responder es si esa ruptura será definitiva o acaso solo temporal. Tiempo después de dar a luz a su propio hijo, Venegas observó con sorpresa que su madre, la ahora abuela Elia, ya no tenía reparos para enseñarle palabras en náhuatl a su nieto. ¿Intentaba sembrar en él una semilla distinta? Ahora que ya ese niño ya es un adulto -me cuenta Venegas-, ambos piensan que en algún momento emprenderán el aprendizaje de su lengua. Quizá en la complicidad de quienes alguna vez fueron un solo cuerpo sabrán encontrar la fuerza necesaria para esta lucha.









