Antoine Semenyo se arrodilló y rezó con la mirada clavada en la hierba de Wembley. El pitido del árbitro acababa de señalar el término de la final de la Copa de Inglaterra y el jugador, un evangelista que repite que Dios tiene un plan, dio las gracias sin expresar apenas felicidad. Su gol, taconazo impensable, le había dado la Copa al Manchester City. El título supone el trofeo número 20 para el club norteño desde que lo dirige Pep Guardiola, hace una década. Un promedio insólito. En el palco real, el príncipe Guillermo colgó la medalla a Guardiola y a todos los jugadores, incluido al autor del único tanto de la tarde. “¡Buen gol!”, le dijo su majestad. Semenyo sonrió.









