El invierno es una estación que todavía no se manifiesta en Santiago del Estero. La temperatura desabriga a media mañana a quien salió a la calle con camperita por la efímera brisa mañanera. No abunda la sombra, el tema está caliente y todos los condimentos que acompañan el Argentina – Inglaterra que reeditará el rugby a menos de una semana de la extraordinaria victoria en el Mundial de fútbol, le sube todavía más la temperatura al último partido como local de Los Pumas por el Nations Championship.
El choque entre Argentina e Inglaterra nunca, jamás, es «un partido más», sin importar cuál sea el deporte. Sino, pregúntenle a Lionel Scaloni que exageró su postura en favor de la idea que el partido de semifinal era «apenas fútbol» y a la FIFA, que prohibió el ingreso al estadio con inscripciones relacionadas a las Islas Malvinas, y lo único que lograron fue que después del partido los jugadores consiguieran una bandera con la sentencia «Las Malvinas son argentinas» para mostrarla al mundo.
¿Más? La semana pasada murió Antonio Rattín y su manoseo la bandera de Gran Bretaña en el corner, tras ser expulsado en el partido ante Inglaterra en el Mundial de 1966 fue el primer recuerdo de cada obituario. La omnipresencia de «los pibes de Malvinas» en cada canción de la Scaloneta y el clásico «el que no salta en un inglés», son un breve raconto que explica por qué cuando se enfrentan ambas selecciones la cosa es distinta.
En lo estrictamente deportivo, el historial es favorable a Inglaterra: son apenas cinco triunfos para la Argentina y dos empates en 31 partidos. Desde la última victoria, un 24-22 en Salta en 2009, se sucedieron 16 derrotas consecutivas, cuatro de ellas en Mundiales. Y ahí aparece el amor propio de quienes hoy representan a Los Pumas para intentar quebrar la racha negativa. El entrenador Felipe Contepomi dispuso dos cambios –Mayco Vivas en lugar de Boris Wenger y Matías Moroni como reemplazo de Lucio Cinti– respecto al equipo que viene de ganarle a Gales por 35 a 21. Inglaterra, sin cambios tras golear a Fiji 73-8.
Pero no es solo un partido de rugby, hay lo que Justo Piccardo llama «barullo» y tiene que ver con las repercusiones del partido del Mundial, o la burla de Henry Pollock a los hinchas argentinos. «Sí, lo vimos. Eso me entra por acá y me sale por acá», le advierte Piccardo a Clarín mientras deja un índice en el oído derecho y aleja otro del izquierdo.
Reconoce que «siempre es especial jugar contra Inglaterra», pero identifica el «barullo» justamente para quitárselo de la cabeza y concentrarse en el partido. «Si nos metemos ahí, nos vamos del foco que buscamos», distingue.
«Él adentro de la cancha juega y viene muy bien, no lo vamos a ningunear, pero es un jugador más, somos 15 contra 15. Cuando entre, veremos cómo se para y, bueno, a tacklear abajo nomás», distinguió con simpleza. Con la final del Mundial de fútbol que comenzará exactamente 24 horas después del inicio del partido de Los Pumas, que será el segundo choque entre las selecciones de Argentina e Inglaterra en la misma semana, la asociación parece inevitable.
«Me gusta el fútbol, estoy en el fútbol, pero no lo mezclo con el rugby, miro las reacciones del partido de Argentina, pero no lo llevo al partido de acá. Que la gente hable, sí, pero nosotros concentrados. Cada uno maneja el barullo como puede o como quiere», completa el centro de Montpellier, del Top 14 de Francia.
Más sensible es el tema para Joaquín Moro, el tercera línea que se desempeña en el Leicester de Inglaterra y sin hablar de «barullo», también sabe explicarlo. «Es una semana especial, por lo que es Inglaterra, por lo del Mundial de fútbol. Pero tampoco deja de ser un partido», trata de separar el jugador que, de ingresar el sábado, sumará su sexto partido con el seleccionado.
Igual que todos, vio el partido de semifinales y luego a los jugadores con el trapo prohibido con el reclamo de la soberanía de la Argentina sobre las Islas Malvinas. «Creo que es una manera difícil de manifestarse en la cancha, los jugadores no tienen poder de decisión en esas cosas. Pasa por otro lado, se discute por política internacional, y nosotros no tenemos mucha participación en eso», analiza con diplomacia, aunque reconoce que «el sentimiento aflora» y lamenta no poder hacer nada desde la singularidad.
Justo cuando parece imposible pensar en una rebeldía de ese el sábado, Moro arremete y lo pone en duda. «Si el equipo lo decide…», dice y deja flotando una imagen que, presuroso, el jefe de prensa de la delegación, Bautista Tejerina, despeja al aclarar que el equipo no portará ningún tipo de bandera, ni mensajes de ese tipo. El sábado, con ese calor que obliga a la siesta hasta en invierno, Argentina e Inglaterra jugarán un partido más en su historial y la gente recordará que se trata de uno muy especial y que quien no salta, es un inglés.










