El efecto Colapinto se hizo sentir en la Feria del Libro, pero el fin de semana entusiasmó a los editores

El efecto Colapinto se hizo sentir en la Feria del Libro, pero el fin de semana entusiasmó a los editores


Solo después de que la exhibición del corredor de Fórmula 1 Franco Colapinto terminó, incendio incluido, y solo después de que el sol se puso, dando cierre a una tarde amable de otoño, y solo después de que el frío se desplegó por la ciudad, obligando a la gente a aferrar los abrigos livianos con los que había salido de casa; solo entonces la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires empezó a poblarse, hacia el final de la jornada. Antes, los pasillos lucían poco circulados y las cajas de los stands, disponibles para pagos que no aparecían. Pero los editores y libreros saben que el movimiento real empieza cuando se cobran los salarios de abril, a comienzos de mayo.

El primer fin de semana concluye así con expectativas por parte de los expositores, que se entusiasmaron en la noche del sábado con la asistencia a la Noche de la Feria, un 15 por ciento más que el año pasado, según los primeros cálculos de los organizadores.

El domingo pagó el precio de la superposición poco inteligente de dos propuestas masivas en simultáneo y es de suponer que, entre las 600 mil personas que se amucharon en las avenidas Libertador y Sarmiento para ver pasar a Colapinto, algunas también habrían elegido la Feria del Libro, que celebra este año 50 ediciones con propuestas para todas las edades. Otras, en cambio, habrán desistido de llegar hasta Palermo intimidadas por la multitud que ocupaba cuadras y cuadras esperando a Colapinto.

En los stands del Pabellón Azul, editores y libreros celebraban la concurrencia del público en la noche del sábado, se resignaban al vacío del domingo y esperaban la llegada de los sueldos para empezar a tomarle el pulso a esta edición de la muestra, que tiene como país Invitado de Honor a Perú, que ofrece actividades casi a toda hora.

Una clase con Mauricio Kartun

En el espacio cultural de Clarín – Ñ, el dramaturgo y director teatral Mauricio Kartún ofreció casi una masterclass de teatro. Entrevistado por la crítica Alejandra Rodríguez Ballester, recorrió la génesis de la obra Baco Polaco que presenta justo enfrente de La Rural, en el Teatro Sarmiento. «Si quieren, pueden cruzar en un rato y, si son más de tres, consigo una invitación», bromeó Kartun sobre la cercanía entre las dos propuestas.

Mauricio Kartun en espacio cultural de Clarín - Ñ de la Feria del libro. Foto: Victoria Gesualdi.

El autor y director de Terrenal. Pequeño misterio ácrata; El niño argentino, La Madonnita, Salomé de chacra, entre muchas y muy relevantes otras, contó que Baco Polaco nació del deseo de seguir trabajando con un grupo de actores. Un programa de la Fundación Konex le dio la oportunidad de crear otra pieza y ahí apareció la tragedia Las bacantes, de Eurípides, que él puso en diálogo con un universo que recorre su obra: la pampa argentina y los gauchos como sujetos y como prisma en el que suelen cifrarse las claves de la poética «kartuniana».

«En Las bacantes había algo de lo que me interesaba. En esas mujeres que organizan una fiesta. Una fiesta descontrolada. El mito siempre es muy interesante porque es sabiduría atrapada en un relato«, recordó. Con esa idea, buscó, dijo, un cuerpo: «La dificultad era ponerle cuerpo. ¿Quiénes son esas mujeres hoy? Entonces, me apareció la imagen de las vitroleras, unas muchachas que en los años 20 hacían sonar las vitrolas para los hombres solos que iban al bar. Pensé que eran el equivalente del DJ, que llevaban la fiesta en una maleta y que, cuando llegaban y hacían sonar su música, lograban que las personas entraran en éxtasis», explicó.

Esos dos universos se conectaron: «Y apareció este personaje, que es una muchacha polaca a la que llevan de pueblo en pueblo con ocho discos de pasta en una maleta y que hace bailar a los gauchos«, dijo mientras entre el público que se plegaba, por el frío y porque la charla era atrapante, estaba parte del elenco que protagoniza la pieza a pocos metros.

Consultado sobre el concepto de pastiche, que Kartun utiliza para definir a esta obra, el dramaturgo explicó que «hay muchos nombres para la deformación de la realidad» y que él explora ese trabajo con una mirada divertida. «El trabajo del poeta es un trabajo esperpéntico», definió.

Sobre el proceso de escritura, contó que suele tomar notas en la búsqueda de capturar imágenes o situaciones. Y dijo que de camino a La Rural, tuvo que detenerse al cruzar la Avenida Córdoba para registrar una imagen que le apareció mientras caminaba hacia la Feria del Libro. No siempre esas anotaciones llegan al escenario: «De una que me sale, seis quedan en la libreta porque son ideas que se pinchan», contó. Pero ese naufragio inicial no siempre es malo: «Tengo la experiencia de muchas que con el tiempo salieron del freezer», dijo.

Mauricio Kartun en espacio cultural de Clarín - Ñ de la Feria del libro. Foto: Victoria Gesualdi.

¿Cambia el texto cuando llega al actor?, le preguntó Rodríguez Ballester. Kartun explicó que la obra se puede modificar a partir de ciertos acuerdos: «El texto está muy elaborado y la propuesta es encontrar cómo puede el actor resolverlo. Algunas veces no lo encontramos y entonces aparecen los cambios», compartió.

De todos modos, esas variantes nunca tienen que ver con lo que él quiere lograr sino con lo que el actor puede sumar. «El gran elemento del teatro es el cuerpo del actor –explicó–. A mí me interesa descubrir eso».

Y puso un ejemplo reciente. Cuando comenzó con las audiciones para la puesta de Baco Polaco, a la que convocó exclusivamente a graduados de la Escuela Metropolitana de Arte Dramático (EMAD), de la que es docente, el actor Nahuel Monasterio, que audicionaba para interpretar a un gaucho, le preguntó si quería que el parlamento fuera dicho con alguna tonada en particular: «Yo soy bueno para imitar acentos, me dijo. Así es que le pregunté de dónde era él y le pedí que usara la tonada cordobesa. Cuando se decidió que él iba a hacer ese personaje, cambié todas las referencias para que fuera cordobés«, recordó.

Sobre su actividad como docente, en la EMAD y en la Universidad Nacional del Centro, explicó que para él hay tres maneras de enfrentarse a un alumno: «Formarlo, informarle o desmoldarlo. En mis talleres, me encuentro con los tres casos y siempre está el riesgo de equivocarse, aunque según pasa el tiempo ese riesgo se minimiza», contó.

Antes de pasar a firmar el libro Baco Polaco, con un estudio y una entrevista con Jorge Dubatti, propuso al público sumarse a la moda de las dietas detox pero con una variante: «Salgan a caminar pero sin el celular. Se van a desintoxicar mucho —recomendó—. Acudan a fiestas y bailen todo lo que puedan. Desde hace siglos nuestra humanidad encuentra cómo salir de la alienación en las fiestas. Y participen de eventos culturales, por ejemplo el teatro».

Editar en tiempos de IA

Antes de la entrevista con Kartun, fue el turno de los editores. Maxi Papandrea, de Sigilo; Paula Pérez Alonso, de Planeta; y Leonor Djament, por Eterna Cadencia, recorrieron los mecanismos que operan en la decisión de publicar un libro y en el trabajo de darle forma, en tiempos de inteligencia artificial.

Leonora Djament (CENTRO)(Eterna Cadencia) Maxi Papandrea (Sigilo) Paula Pérez Alonso (Planeta). Foto: Matías Martin Campaya.

Los tres coincidieron en el panorama del sector, caracterizado por la diversidad de títulos y las tiradas de menos ejemplares. «Es algo que ha venido pasando en los últimos 25 años. El año 2001 marca un corte importante y esto es algo que también pasa en Estados Unidos. Antes, en los años 90, se publicaban algunos libros que vendían cien mil ejemplares. Ya no se concentra esa cantidad de lectores en un solo título«, recordó Pérez Alonso, que además de editora es autora de novelas como Kaidu.

Djament subrayó que se publican más libros y se imprimen menos porque, además, «bajó el consumo en general y también la venta de libros», y Papandrea señaló dos factores más: «Por un lado, la facilidad en los modelos de producción que facilitan la reimpresión; y, por el otro, año a año y especialmente con esta gestión, la venta está cayendo (un 40 por ciento interanual, según los datos más recientes), lo que pone una presión enorme cuando se piensa una tirada y cuando se evalúa qué libros editar».

Sobre el modo de llegar a los lectores, los tres coincidieron en la pérdida de centralidad de los medios tradicionales que publicaban críticas que podían alentar al público a acercarse a un libro. «Hay una diversidad de prescriptores y una lucha por la atención. Entonces, es difícil convocar el interés de los lectores a los que se apunta. Ese es el gran desafío», explicó Djament.

Y Pérez Alonso recordó que los autores son, en la actualidad, además, sus propios productores: «Las redes sociales obligan al autor a vender su propio libro y, si te hacen una nota, la publicás. Para los que no nos gusta tanto la exposición, es un gesto difícil, pero necesario», contó.

Papandrea recordó que él se formó como lector con los suplementos culturales y revistas en las que encontraba las reseñas de los mismos intelectuales que dictaban clases en las universidades. «Hoy el mercado domina lamentablemente y no veo que los mediadores puedan discutir con otros interlocutores. Veo que concentran mucho las tendencias del mercado», señaló.

Cuando llegó el momento de analizar la presencia de la inteligencia artificial en el campo de la edición, entrevistados por Alejandra Rodríguez Ballester y Patrica Somoza, los tres aseguraron que de momento no la usaban. «Decir que no la uso no es correcto porque está integrada a los dispositivos que uso. En Sigilo, en todo caso, no está implementada en los procesos de la editorial. De todos modos, la pienso como una herramienta que hay que conocer«, dijo Papandrea. Y agregó que su preocupación son los empleos que desaparecen por la automatización que proponen esas tecnologías.

Leonora Djament (CENTRO)(Eterna Cadencia) Maxi Papandrea (Sigilo) Paula Pérez Alonso (Planeta). Foto: Matías Martin Campaya

«También me preocupa mucho la cantidad de puestos de trabajo que son reemplazados por la IA», se sumó Djament, y aseguró que puede imaginarla útil para una serie de tareas repetitivas que su trabajo también demanda, más allá de la lectura de los libros. «Me preocupa mucho cómo vamos a ser dentro de cinco años y cuáles van a ser nuestras habilidades cognitivas. ¿Dónde dejamos el deseo si eso que elegimos hacer por deseo se lo cedemos a la tecnología por falta de tiempo o de recursos?«, agregó.

Por su parte, Pérez Alonso recordó a Carl Sagan y su mirada sobre la ciencia desde una perspectiva humana y consideró: «Nosotros estamos obligados a conocerla para que no nos lleve puestos después. No podemos estar a merced de gobernantes ignorantes y de dueños de estos desarrollos. No podemos dejar todo en sus manos», consideró en el cierre.

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