Cuando un rival tropieza, cuando alguien que parecía inalcanzable comete un error grave, cuando la vida le cobra a otro lo que parecía deber, una chispa de satisfacción puede encenderse en el interior de uno, aunque no siempre se admita.
No es un impulso ni raro ni patológico y es tan humano que el idioma alemán tiene una palabra para nombrarlo: Schadenfreude, que es el placer derivado del daño ajeno. Que exista ese término -y que tantos idiomas lo hayan adoptado sin traducirlo- dice algo sobre la frecuencia del fenómeno.
Las causas de este sentimiento son varias y ninguna es especialmente noble, aunque todas son comprensibles.
La primera es la comparación social y como señaló León Festinger (1919-1989), las personas evalúan su propio valor en relación con quienes los rodean. Cuando alguien percibido como superior fracasa, la distancia se reduce y el cerebro registra ese acortamiento como un alivio, incluso como un pequeño triunfo.
La segunda causa es la percepción de justicia. El ser humano tiene una sensibilidad aguda hacia la equidad y cuando alguien parece haber obtenido más de lo que merece -reconocimiento, dinero, poder- el cerebro lleva la cuenta.
El fracaso posterior de esa persona activa los mismos circuitos que se activan cuando se percibe que el orden ha sido restaurado, que ha perdido el culpable y se ha hecho justicia.
La tercera causa es la envidia no procesada. Estudios de neuroimagen han mostrado que las regiones cerebrales que se activan ante el dolor ajeno se inhiben cuando existe envidia previa hacia esa persona. El dolor del otro deja de generar compasión y empieza a generar placer. La envidia convierte la desgracia ajena en recompensa.
Las consecuencias de alegrarse del fracaso ajeno son menos visibles, pero más duraderas. La primera es el deterioro de la empatía. Cada vez que el cerebro procesa el sufrimiento de otro como fuente de placer, la empatía que no es un rasgo fijo o no se ejercita o se embota.
Quien alimenta con regularidad la satisfacción ante el daño ajeno va perdiendo la capacidad de conectar con el dolor de los otros, incluso de quienes no considera rivales.
La segunda consecuencia es la baja autoestima. Las investigaciones sugieren que quienes con más frecuencia experimentan placer ante el fracaso ajeno son quienes tienen una imagen frágil de sí mismos. El alivio que produce la caída del otro es proporcional a la inseguridad propia.
Es un indicador, no una solución dado que el problema de fondo permanece intacto.
La tercera consecuencia opera en el plano social. Las relaciones construidas sobre la comparación y la rivalidad son inestables. Quien se alegra del fracaso ajeno también sabe, aunque no lo relacione, que los otros pueden alegrarse del suyo.
Eso genera desconfianza y dificultad para celebrar los logros propios en presencia de otros. Así, el placer secreto ante la caída ajena contamina el terreno donde podrían crecer vínculos genuinos.
Vale la pena señalar que esta tendencia no siempre indica maldad. A veces es, simplemente, la señal de que algo duele, que se ha sentido la injusticia, que se ha enfrentado con una comparación que lastima, que se ha admirado a alguien, pero con resentimiento.
Reconocer ese sentimiento es el primer paso hacia algo más útil, como es el entender lo que dice de uno mismo, no lo que dice del otro.










