La inteligencia no tiene por qué declinar después de los veinte años. Detrás del mito de la decadencia cognitiva, existe una historia estadística que nadie lee. Repasamos la evidencia real sobre el funcionamiento del cerebro y los factores que realmente marcan la diferencia.
Todos conocemos la historia: el genio que a los veinticinco resuelve el gran problema y a los cuarenta ya vive de la renta intelectual. Es un lugar común tan instalado que nadie pide pruebas; la inteligencia aumenta de joven y después es cuesta abajo. Yo tampoco las pedí, hasta que fui a buscarlas.
La primera sorpresa es de manual de estadística. Durante décadas, «probar» que la inteligencia declina consistió en juntar a personas de 20, 40y 60años, tomarles el mismo test el mismo día y comparar. Suena razonable hasta que uno nota el detalle: esas personas no solo tienen distinta edad, tienen distinto año de nacimiento, y ahí aparece el efecto Flynn.
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Cada generación puntuaba más alto que la anterior en tests de razonamiento abstracto, gracias a más escolaridad, mejor nutrición y un mundo que entrena desde chicos a pensar en categorías y no en anécdotas.
En los subtests verbales, la gente mayor rendía mejor y el ‘declive’ era un espejismo demográfico»
Comparar al señor de setenta con el joven de veinte es comparar, en gran medida, a alguien nacido en los cincuenta con alguien nacido en este siglo. Cuando Dickinson y Hiscock hicieron el descuento generacional sobre los tests del WAIS (Wechsler Adult Intelligence Scale, la escala de inteligencia para adultos más usada en el mundo, la misma que aplica cualquier neuropsicólogo cuando evalúa a un paciente), el efecto Flynn explicaba entre el 38 % y el 67 % de la diferencia.
En los subtests verbales, directamente la tapaba: la gente mayor rendía mejor y el «declive» era un espejismo demográfico.
Los estudios que siguen a la misma persona durante décadas, sin ese problema, cuentan otra novela. El Estudio Longitudinal de Seattle no encuentra una caída relevante en casi nada antes de los sesenta. Hay incluso quien sostiene, con estos datos, que el septuagenario promedio le gana al veinteañero promedio.
Ahí es donde, como buena cronista de causas con muchos expedientes, decidí no cerrar el caso tan rápido. Porque los estudios longitudinales tienen su propio truco: si le tomás el mismo test a la misma persona cada tantos años, mejora por pura práctica con el formato, no porque su cerebro rejuvenezca.
Timothy Salthouse comparó los tres diseños posibles y encontró que buena parte de esa «estabilidad» longitudinal es artefacto de repetición. Schaie, con sus propios datos, dice que el efecto de práctica es chico. Dos titanes del campo en desacuerdo serio, y yo no pienso hacer de árbitro donde ellos no se ponen de acuerdo.
Tercer giro, el más filoso. Todo el argumento del «declive es un mito generacional» da por sentado algo que dejó de ser cierto: que cada generación nace más lista que la anterior.
Bratsberg y Røgeberg estudiaron 730.000 conscriptos noruegos y encontraron que el ascenso del CI picó en la cohorte nacida en 1975, y desde ahí el promedio viene cayendo 0,2 puntos por año, incluso comparando hermanos dentro de la misma familia; así que no es genética ni inmigración, es el ambiente.
El patrón se repite en media Europa y en Estados Unidos. Es decir, el mismo mecanismo que hace ver «más inteligentes» a los mayores de hoy frente a los jóvenes de hoy, dentro de veinte años puede jugar exactamente al revés.
El acusado que «llegó tarde» en mi columna anterior sobre pantallas ahora es, sospechosamente, coautor de este otro enigma.
Y hay un cuarto testigo que nadie llamó a declarar: la profesión. Salthouse revisó específicamente el caso de los profesores universitarios, gente que por oficio ejercita la cabeza toda la vida, el sujeto de prueba perfecto para la fantasía de «usalo o perdelo». Resultado: declinan con un patrón parecido al de cualquier otro grupo, solo que arrancan más arriba, así que el declive queda tapado más tiempo, no anulado.
Lo que sí sostiene su peso, en estudios de Kohn y Schooler replicados en cuatro países distintos, es la complejidad real del trabajo, no la vocación de hacer crucigramas, sino décadas resolviendo problemas no rutinarios con autonomía, ya sea un médico que diagnostica, un plomero que resuelve instalaciones raras sin manual, o un chef que improvisa. Eso sí parece dejar una marca duradera en la flexibilidad mental, con la misma fuerza a los sesenta que a los treinta.
¿Y la educación, la vieja coartada de que estudiar te blinda para la vejez? Un estudio de este año con más de 400.000 mediciones en 33 países encontró que la gente educada tiene mejor memoria y más volumen cerebral, pero declina exactamente al mismo ritmo que la que no estudió tanto. No hay blindaje, hay ventaja de arranque. La hipótesis que mejor explica esto no es que estudiar te haga más inteligente, es que ser más inteligente te hace estudiar más: la educación no fabrica la ventaja, la certifica.
Así que el veredicto, si es que alguien me obliga a dar uno, queda con más matices que un titular. El razonamiento puro probablemente sí decae, aunque mucho más despacio y más tarde de lo que decía el prejuicio. El conocimiento acumulado sube hasta la vejez.
Ni el genio precoz ni el sabio protegido por sus diplomas salen indemnes del expediente. Y el único que parece llegar realmente bien parado a los setenta no es el que estudió más de joven, es el que nunca dejó de tener, todos los días, un problema difícil sin resolver entre manos.
*Dra. en Ciencias Físicas, Ministra de Ciencia y Tecnología de San Luis y Rectora de la Universidad de La Punta (2015-2024), Pres. Fundación Naos.









