El Partido Laborista se resigna a una cruenta batalla interna para reemplazar a Starmer | Internacional

El Partido Laborista se resigna a una cruenta batalla interna para reemplazar a Starmer | Internacional


El Partido Laborista, y el propio Gobierno de Keir Starmer, disfrutaron este miércoles de una tregua engañosa que apenas pudo ocultar la tormenta subterránea que se estaba fraguando. La voluntad del ministro de Sanidad, Wes Streeting, uno de los principales aspirantes a reemplazar a Starmer, de presentar su dimisión en las próximas horas para impulsar un proceso de primarias, propagada a los cuatro vientos por sus aliados, ha llevado al equipo del primer ministro, a los diputados y a los militantes laboristas a resignarse ante la idea de que tienen por delante una larga batalla fratricida que hará las delicias de la oposición de los conservadores y de la extrema derecha.

Era el día en que tuvo lugar la ceremonia solemne de apertura del periodo de sesiones del Parlamento. Carlos III y su esposa Camilla recorrieron a bordo de la Carroza Real del Jubileo Diamantino la distancia que separa el Palacio de Buckingham del Palacio de Westminster para cumplir un rito anual: la lectura del Discurso del Rey, el programa legislativo para el próximo año del Gobierno de Su Majestad, como se denomina oficialmente al Ejecutivo de turno.

Doble sombra, sin embargo, para un día que debía quedar protegido de luchas y navajazos partidistas. En primer lugar, porque Starmer decidió recibir finalmente a Streeting a primera hora de la mañana, antes de la ceremonia oficial. Aunque ninguna de las partes informó del contenido del encuentro, el rostro serio del ministro al salir, apenas 15 minutos después de haber entrado en Downing Street, dejó claro que no había existido entendimiento ni tregua entre ambos.

Y segunda sombra, porque a nadie se le escapaba el surrealismo que rodeaba al hecho de que Carlos III estuviera leyendo las medidas políticas propuestas por un Gobierno al que nadie da mucho plazo de vida.

“Es absolutamente ridículo que el Gobierno esté presentando en este Parlamento un programa mientras varios de sus miembros están dimitiendo y un gran número de los diputados laboristas le están diciendo a su primer ministro que se tiene que largar. No tiene lógica alguna. Si todos ellos apoyan esta agenda legislativa, ¿por qué se quieren deshacer de su líder? Y si no la apoyan, ¿qué diablos estamos haciendo aquí?”, resumió en su discurso parlamentario de réplica la líder del Partido Conservador, Kemi Badenoch. Su formación se hundió la pasada semana casi tanto como los laboristas en las elecciones municipales y autonómicas, pero la guerra civil desatada en el partido de izquierdas le ha permitido desviar por completo la atención del hecho de que la ultraderecha de Reform UK, el partido de Nigel Farage, haya pasado en la práctica a ser la verdadera oposición.

El desafío de Streeting

Tanto Starmer, que ha hecho una apasionada defensa de sus “propuestas radicales de cambio” e incluso se ha permitido alguna broma con la rebelión desatada en su contra, como Streeting, han querido respetar el día del Discurso del Rey y enterrar, al menos públicamente, el hacha de guerra.

Pero los aliados del ministro se han encargado de propagar en todos los medios británicos, minutos después de la reunión entre ambos políticos, que Streeting estaba decidido. Tan pronto como este mismo jueves presentaría su dimisión a Starmer y se dispondría a activar el mecanismo para poner en marcha un proceso de primarias. Necesitará al menos la firma de 80 diputados, y no está nada claro que las tenga ya. Streeting, cuyo carisma y ambición nadie discute, genera sin embargo profundo rechazo en gran parte de un partido cuya militancia está más a la izquierda que sus dirigentes, como suele ocurrir en muchas formaciones de naturaleza socialdemócrata.

Starmer, que en una situación de mayor fortaleza podría haber optado por cesar fulminantemente a un miembro desleal de su Gobierno, ha preferido decir, a través de un portavoz, que “Streeting sigue contando con su total confianza”. Algo que nadie se cree, pero que sirve para dar la menor excusa posible a su maniobra y permitir que los diputados y afiliados contemplen cómo el ministro, en contra de lo que siempre aseguró que no haría, será el primero en dar la puñalada y desatar los idus de marzo.

El ministro es visto como representante de un ala derecha heredera del nuevo laborismo de Tony Blair, que incluso ha mantenido una controvertida amistad con un personaje tan tóxico como Peter Mandelson, el exministro cuya turbulenta relación con Jeffrey Epstein provocó una grave crisis en el Gobierno de Starmer.

Nada sugiere que los más de 90 diputados que han pedido públicamente al primer ministro que dimita o plantee un calendario de retirada estarían detrás de una candidatura de Streeting.

En cualquier caso, el ministro sabía que, después de meses de conspiración contra Starmer, no podía dar ahora marcha atrás, a riesgo de ser visto por sus compañeros como un oportunista sin agallas. Y es además consciente de que, al dar el primer golpe e intentar acelerar el proceso de primarias, corta el paso a Andy Burnham, el alcalde de Mánchester y favorito entre los militantes más a la izquierda. Burnham necesitaría regresar al Parlamento como diputado, condición indispensable para poder competir por el liderazgo del Partido Laborista. Y eso requiere algo de tiempo. Por eso gran parte de los diputados rebeldes pedían estos días “una transición ordenada” a Starmer, y no su dimisión inmediata.

El primer ministro ha dejado claro que, si su liderazgo es desafiado oficialmente, tiene intención de competir en las primarias para preservar el puesto. Su equipo está convencido, a su vez, de que la izquierda laborista se organizará para buscar un candidato alternativo, en el caso de que Burnham tenga imposible participar en la carrera. Podría ser la exviceprimera ministra, Angela Rayner, o el actual ministro de Cambio Climático, Ed Miliband, quien ya fue líder del laborismo hace una década.

Pero unos y otros empiezan a comprender que esta batalla, para la que ya no parece haber marcha atrás, hará daño a la formación. Los mercados financieros están nerviosos ante la inestabilidad política generada. La oposición se frota las manos. Los 11 sindicatos afiliados al Partido Laborista han firmado una declaración conjunta, adelantada por el diario The Guardian, en la que expresan con claridad su convicción de que “el actual primer ministro no será quien lidere a la formación en las próximas elecciones, y en algún momento habrá que elegir otro candidato”. Y pocos ciudadanos entienden que el país se prepare a tener su séptimo primer ministro en un plazo de diez años. El mismo tiempo en que la pesadilla del Brexit colonizó irremediablemente el debate político del Reino Unido.

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