El concierto oscila entre el folklore y el trap. El chico de 19 años que marcha y zapatea por el escenario en forma de T en el centro de la arena canta con su voz grave melodías de otro tiempo mientras lleva su vestimenta ya icónica de pantalones negros anchos y chaqueta marrón. Pero al acabarse una canción que transporta algunos de los ritmos argentinos más tradicionales al Palacio de los Deportes de la Ciudad de México y sus alrededor de 20.000 espectadores, Milo J cambia de registro. Se pone una camiseta en homenaje al roquero Indio Solari, recién fallecido, y comienza a saltar por el escenario y, con el micrófono bien pegado a sus dientes dorados, suelta las barras con las que se hizo su nombre: un trap muy suyo, pero trap al fin y al cabo, la música contemporánea por excelencia.











