Es mediodía en la costa venezolana, pero la brisa asemeja el atardecer. Las olas se cruzan a destiempo, haciendo que todo en la lancha se silencie y se sienta, cuando menos, como una montaña rusa. “Hay que sentir el mar para poder atravesarlo”, dice Will desde el motor ahogado de su peñero. La lancha ha servido para transportar donaciones a pueblos como Puerto Cruz, Puerto Maya y Cepe, a dos horas en lancha de La Guaira, la ciudad costera más afectada por los terremotos del 24 de junio. Los sismos dejaron a estas poblaciones costeras parcialmente incomunicadas de Catia del Mar, su principal fuente de provisiones.









