Clayface, la nueva película de DC Studios, se acerca al universo de Batman desde uno de sus territorios más inquietantes: el horror corporal. Dirigida por James Watkins, la película sigue a Matt Hagen, una estrella de Hollywood cuya carrera se derrumba después de sufrir una desfiguración. Desesperado por recuperar su rostro, Hagen se somete a un tratamiento experimental que termina alterando su cuerpo y su relación con la realidad. Tom Rhys Harries interpreta al protagonista, mientras que Naomi Ackie, David Dencik, Max Minghella y Eddie Marsan integran el elenco. La propuesta tiene una particularidad dentro de las adaptaciones de cómics: el centro no está puesto únicamente en las habilidades de un villano, sino en la transformación de un hombre que pierde su identidad, su trabajo y su lugar en el mundo. Watkins sostiene: “La idea de los monstruos, en general, me parece muy interesante, particularmente los monstruos que llevamos dentro. Son los que más me interesan. Lo que me atrajo del proyecto fue el recorrido de un hombre que se convierte en monstruo, la posibilidad de seguir esa transformación. Y el mundo de Gotham ofrecía un territorio muy atractivo para contarla: tiene suficiente intensidad como para construir una película visualmente potente, pero también permite mantener los pies en la tierra y hacer que todo resulte real”.
—¿Cómo pensaste la relación con el espectador y ese equilibrio entre el horror y el entretenimiento?
—Lo más estimulante es sentarse con el público y sentir cómo responde a la película, cómo se deja llevar por ese viaje. Hay momentos bastante extremos y, cuando trabajás con ellos, se establece una especie de complicidad con los espectadores. Mi cineasta favorito es Alfred Hitchcock, que siempre tenía una relación muy particular con el público, como si ambos compartieran un pacto. Hay situaciones en las que llevamos las cosas al límite, pero también hacemos un guiño: el espectador entiende el juego. Lo que busco es construir una montaña rusa realmente intensa, pero disfrutable y emocional. También hay que encontrar el lugar para el humor y para el corazón. Es una cuestión de calibrar todos esos elementos para que la experiencia tenga fuerza sin perder su dimensión humana.
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—Matt Hagen es un actor que termina convirtiéndose en una criatura capaz de cambiar de forma. ¿Qué posibilidades narrativas encontraste en esa relación entre el personaje y su poder?
—Que Matt Hagen sea actor me parece particularmente interesante. Clayface es un cambiaformas, y esa capacidad se suma a la profesión de Hagen: es un poder sobre otro poder. La idea de cambiar de rostro, de convertirse en otra persona, ofrece muchas posibilidades y nos permitió divertirnos con el personaje. Pero también me interesaba que su recorrido fuera reconocible. Las mejores películas de terror tienen algo con lo que podemos identificarnos. Hagen trabajó mucho para llegar adonde llegó y, de pronto, todo le es arrebatado. Pierde su identidad, su trabajo, su reputación y su posición social. Es alguien que siente que ha sido tratado injustamente, y ese temor resulta comprensible.
—El material promocional deja ver una criatura de aspecto viscoso, en permanente transformación. ¿Cómo trabajaste para que esa metamorfosis resultara tangible y creíble?
—No quiero contar demasiado porque prefiero que el público descubra la película. Pero, cuando pienso en La mosca, de David Cronenberg, y en la transformación del personaje interpretado por Jeff Goldblum, lo importante es que uno crea en ese recorrido. Quería que la transformación de Matt en Clayface resultara fundamentalmente creíble. La idea fue marcar las etapas con precisión, avanzar poco a poco, como si el agua se calentara lentamente sin que nadie advirtiera cuánto ha subido la temperatura. Trabajamos mucho con maquillaje protésico, que le da a la criatura una cualidad táctil muy concreta. Todo está realmente ahí, delante de la cámara, y las reacciones de los actores suceden en tiempo real. Creo que esa metodología más clásica aporta honestidad a la experiencia.
—El sonido también puede convertir una imagen en algo amenazante. ¿Cómo construiste el universo sonoro de Gotham?
—No se habla lo suficiente del sonido en el cine. Acabo de terminar la mezcla final y, para mí, es tan importante como la imagen. También construimos un universo a través de lo que escuchamos. Trabajamos mucho para entender cómo debía sonar Gotham, pero también para encontrar variedad. Quiero que el espectador se incline hacia adelante en determinados momentos y que, de pronto, algo lo sorprenda. A veces siento que el diseño sonoro de algunas películas se lleva todo al máximo, como si cada elemento tuviera que estar al cien por ciento todo el tiempo. Eso puede terminar alejándome de la experiencia.
Me interesa dejar respirar al sonido, construir una aproximación más selectiva. No todo tiene que ser estridente. La tensión también surge de aquello que escuchamos apenas, de lo que esperamos que suceda y de los momentos en que la película decide romper esa expectativa.
—¿Qué películas y cineastas estuvieron presentes durante la creación de “Clayface”?
—Hay un ejemplo muy concreto: Brian De Palma. Hablé mucho con Rob Hardy, el director de fotografía, sobre su cine. También conversamos sobre Scorsese, pero De Palma fue una referencia especialmente importante. Nos interesaban las paletas de colores de algunas de sus películas y los movimientos de cámara, que son muy deliberados.
Hay una secuencia de Clayface que constituye un homenaje bastante directo a su trabajo. Es un maestro de lo que hace y hay elementos muy de De Palma en nuestra película. La referencia específica fue su cine de los años setenta y comienzos de los ochenta.
—¿Recordás alguna experiencia de terror de tu infancia que haya dejado una marca en tu manera de contar historias?
—Recuerdo haber visto Psicosis cuando era muy chico, probablemente demasiado chico. La revelación de la madre de Norman Bates, esa figura momificada, me dejó una impresión muy fuerte. No entendía por qué mis padres me habían permitido ver esa película a una edad tan temprana, pero me marcó profundamente. Más que una imagen aislada, recuerdo la sensación de amenaza que atraviesa toda la película. Esa capacidad de generar inquietud, de hacerte sentir que algo está mal incluso cuando no sabés exactamente qué es, es algo que me sigue interesando.
—El terror parece estar encontrando nuevas maneras de conectar con las preocupaciones contemporáneas. ¿Por qué creés que el género tiene tanta fuerza en este momento?
—En primer lugar, porque se han hecho películas muy buenas. Pienso en títulos como Sinners, Weapons y Obsesión. Son películas muy bien realizadas que ofrecen una experiencia intensa, pero las mejores también consiguen hablar de algo que está por debajo del espectáculo. Creo que el terror más interesante no consiste solamente en hacer que alguien salte del asiento. Tiene que tocar alguna ansiedad compartida, algo que esté presente en nuestras vidas. Puede tratarse de una preocupación generacional o de un miedo que no sabemos cómo expresar. El género permite explorar esas inquietudes dentro de un espacio seguro, en el que podemos enfrentarnos a ellas y, al mismo tiempo, disfrutar de la experiencia.









