Emociones | Perfil

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Guardamos mejor y más rápido las informaciones que nos provocan una fuerte emoción. Por eso, cuánto más emocionante sea un dato, más fácilmente lo recordaremos. El sistema cerebral asociado a las emociones, el límbico, participa activamente en la formación de memorias. Proyecta sus conexiones y recibe información desde todos los sentidos, en cada caso con sus particularidades.

Por la forma en que se conectan los nervios de la nariz con el sistema límbico, los olores son particularmente rápidos en hacernos evocar un recuerdo. Cuando sentimos un aroma familiar relacionado con nuestra infancia, la evocación de ese recuerdo y el estado mental al que nos lleva son instantáneos. Ello ocurre debido a nuestro pasado evolutivo remoto como roedores. De todos los sentidos, el olfato es el único que se conecta directamente con el sistema límbico del cerebro, el más ligado a las emociones, sin pasar antes por la corteza cerebral. Así, los olores nos producen recuerdos vívidos e inmediatos.

El doctor y gran divulgador científico Fabricio Ballarini, investigador del Conicet y del ITBA, demostró que cuando algo nos causa la emoción de la sorpresa, no solo recordamos el hecho que nos sorprendió, sino también lo que aprendimos unos minutos antes o después de ese instante, aunque ese aprendizaje no esté relacionado al hecho que nos asombró.

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Sus estudios tienen aplicaciones en educación, porque nos revelan que los chicos y las chicas aprenden mejor cualquier contenido si antes de enseñarlo logramos producir en ellos la sensación de sorpresa. (…)

Sabiendo que la memoria humana es visual, asociativa y emocional, veamos la técnica de memoria que inventó Simónides: el palacio de la memoria. (…)

Ninguna técnica de memoria funciona sin que hagamos un esfuerzo mental por recordar. La cuestión es cómo invertimos ese esfuerzo. Lo más común es la repetición verbal: si quiero recordar un número o un nombre, lo repito varias veces en voz alta o baja. Aunque es relativamente efectiva en algunos casos, esta no es, en general, la forma más eficaz de memorizar.

Los escritores griegos de la antigüedad no dejaron registro de ninguna técnica de memoria. No las mencionan ni Sócrates, ni Platón, ni Aristóteles. Aun así, los romanos cuentan que fue un griego el primero en inventarlas: la primera nemotecnia que conocemos, dicen, la creó Simónides de Ceos luego de la tarde de la tragedia del banquete y se llama palacio de la memoria.

Fue muy utilizada durante siglos para recordar el orden de los discursos. Tanto la técnica como la anécdota de su invención aparecen descriptas por primera vez en el texto latino anónimo Retórica a Herenio, del año 90 a. C., y en El Orador, de Cicerón, el gran orador romano, del mismo siglo. Estos dos libros siguieron siendo los más populares sobre retórica durante toda la Edad Media y el Renacimiento. Ya esos clásicos advertían que para dar buenos discursos es fundamental entrenar la memoria.

La primera persona que menciona el poder de estas técnicas para la enseñanza y el aprendizaje es Marco Fabio Quintiliano, pedagogo hispanorromano que vivió unos 200 años después de Cicerón. Su monumental obra Instituciones Oratorias, de doce volúmenes, publicada a fines del siglo I, trata explícitamente de la memoria y recomienda la técnica del palacio de la memoria para recordar discursos y ordenar las ideas.

Vayamos a la técnica inventada por Simónides al calor de aquella tarde trágica. Sirve para recordar una lista ordenada de objetos: desde una lista de supermercado hasta los diferentes puntos a ser abordados durante un discurso.

Si voy a dar una charla y sé que al principio voy a hablar sobre la importancia de los libros, después sobre la enseñanza en sala de aula y, por último, sobre cómo están cambiando las prácticas de enseñanza debido al impacto de los medios audiovisuales, es útil para mí recordar el orden “libros, aula, audiovisuales” Para recordar esta lista de tres objetos, primero pensamos en tres lugares que conozcamos bien y sean fáciles de recordar en ese orden. Por ejemplo, los tres primeros lugares que visitamos en un día: la cama (al despertarnos), el baño (para el aseo) y la cocina (para el desayuno).

Esa lista, “cama, baño, desayuno”, es fácil de recordar. Ahora viene la clave, lo que hacemos es crear una imagen visual lo más bizarra posible asociando cada uno de los objetos difíciles de recordar a uno de los lugares fáciles de recordar:

Veo con los ojos de mi imaginación que estoy en mi cama, que ahora tiene forma de libro. Las sábanas son páginas. Me veo durmiendo plácidamente sobre esa cama bizarra, que puedo inclinar cual libro que se dobla.

Después voy al baño y descubro que del otro lado del espejo hay una sala de aula. Ahí está el docente enseñando astronomía a sus alumnos mientras yo me cepillo los dientes y los miro perplejo porque parece no importarles mi presencia.

Por último, imagino que al llegar a la cocina la veo transformada en un estudio audiovisual. La mesa en la que desayuno todas las mañanas se transformó en el centro de un estudio desde donde están transmitiendo la señal de streaming de LuzuTV.

*Autor de Atletismo mental, Ediciones B (fragmento).

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