En ‘El desierto de nosotros mismos’, el filósofo Éric Sadin analiza el fin de la creatividad humana

En ‘El desierto de nosotros mismos’, el filósofo Éric Sadin analiza el fin de la creatividad humana


La imagen de las personas concentradas en las pantallas de sus teléfonos celulares en un transporte público de cualquier ciudad sintetiza un espíritu de época y una transformación política. La noción misma de espacio público se ve cuestionada porque esos sujetos son capturados por una suerte de privatización del espacio y el tiempo que los aleja de la presencia de la vida compartida, pero hay un dato más peligroso. Ese gesto idéntico de los cuerpos inclinados hacia la pantalla es una señal de obediencia y sometimiento, de una nueva gubernamentalidad que, en su manera de orientar la uniformización de las conductas, entra en una alianza silenciosa, imperceptible, con una forma de poder maquínico que conquista nuestro lenguaje y nuestro juicio.

La comodidad y el sentido de lo utilitario son dos factores que Éric Sadin observa como determinantes para nuestra rápida asimilación del mundo digital y, especialmente, para nuestra incorporación dócil y, por momentos, ingenua de la inteligencia artificial generativa. En su libro El desierto de nosotros mismos (traducido por Margarita Martínez), el filósofo francés habla de un giro intelectual y creativo que se produjo con la aparición de ChatGPT el 30 de noviembre del año 2022.

La lectura de su libro, publicado por Caja Negra Editora, nos motiva a un ejercicio intelectual de repensar algunos conceptos, en primer lugar, la noción de alienación de Marx desarrollada en La ideología alemana (1845), cuando señala que la mano del obrero no se reconoce ni en los resultados de su trabajo ni en su actividad.

Si Marx nos llevó a ver que el valor de la mercancía estaba dado por el tiempo de trabajo humano acumulado y que, en esa acción mecánica, el obrero perdía su subjetividad, la IA captura nuestra humanidad completa. Ya no se trata de una tecnología que nos libera de tareas pesadas y engorrosas, sino que se apropia del desempeño creativo e intelectual, de tareas que están cargadas de sentido para quienes las realizan.

Tecnoliberalismo

Sadin caracteriza nuestra época como un tecnoliberalismo que se propone neutralizar nuestras facultades y nuestra presencia social. Es decir, no se trata de una herramienta que podamos controlar, sino que nosotros somos el instrumento del que la técnica se vale.

Podríamos especular que la IA generativa y todos sus desarrollos futuros están en condiciones de cumplir con el sueño del poder: crear sociedades previsibles, donde los sujetos queden mutilados de su influencia social. Los mecanismos para llegar a este objetivo de manera absoluta y total ya existen y nosotros estamos cooperando para su desarrollo.

Sería factible imaginar un mundo donde la tecnología, en una instancia de competencia, fuerza las condiciones para exigir a las personas resultados que superen las facultades humanas. La respuesta o resolución de esta demanda sería la alternativa sintética de un humano que lo puede todo en relación con la velocidad y la efectividad.

La pregunta sería hasta dónde estas máquinas logran capturar la creatividad, la intuición y la sensibilidad humanas. Es verdad que reducen el riesgo y el error, que nos presentan un mundo donde podemos tomar el camino más corto para conseguir los resultados, pero ¿es soportable una realidad sin azar, sin incertidumbres, sin errores que puedan derivar en grandes descubrimientos?

El diagnóstico de Sadin se fundamenta en muchos aspectos que podemos comprobar y que sustentan un ethos individualista y utilitario, pero ¿no podríamos pensar que el trabajo humano, en lugar de ser reemplazado, se convierta en una pieza más valiosa por su singularidad, por su extrañeza?

En esta línea, la respuesta estaría en el planteo del autor francés frente a una idea de lo real que se vuelve el objeto de un conocimiento automatizado, donde se establece un nuevo régimen de representación que no responde a referencias en el marco de un elemento existente. La distinción entre lo verdadero y lo falso no tiene ninguna importancia en una suerte de relativismo extremo o en una era de la indistinción.

Un ejemplo serían las fotos de humanos hechas con IA, que no son exactamente fotos porque ninguna de esas personas existe; son el resultado de los prototipos entrenados para crear esas imágenes. Es decir, en un marco de dominio y conquista total de las máquinas, la realidad sería otra o no existiría y los seres que la habiten estarían en un entorno fantasmático.

El autor francés nos habla de un proceso civilizatorio que puede llevar a prescindir de lo humano, pero también señala que la IA generativa responde a formas estereotipadas, a la producción de un lenguaje que surge en torno a la previsibilidad de lo ya existente.

La técnica asume un rol depredador de lo humano, donde la principal aniquilación se da en el plano del pensamiento. La IA puede llevarnos a un mundo de aceptación total de esa mecanización tanto en el uso de la gramática como en la percepción de un universo que será totalmente controlable. Al autor francés le preocupa la falta de resistencia que tenemos como humanos frente a esta catástrofe.

Si bien podríamos decir que estamos en mejores condiciones como humanos para refutar el funcionamiento de la IA (Sadin menciona los numerosos ejemplos de las traducciones hechas con estas formas mecánicas que después deben ser corregidas por traductores profesionales), no estamos aprovechando esta ventaja. De hecho, le damos entidad de verdad y realidad a los efectos de la IA al aceptarlos o valernos de ellos por motivos pragmáticos.

Capitalismo lingüístico

Que el lenguaje se vea escindido del sujeto (la IA captura nuestra capacidad de hablar y de pensar, todavía de manera precaria) implica una transformación no solo en la lingüística, sino en la idea misma de lo que es un sujeto y de sus modos de vincularse. Este capitalismo lingüístico opera en cada uno de nosotros, pero también es verdad que los sujetos somos su fuente de inspiración, su materia prima.

Éric Sadin, escritor y filósofo. Archivo Clarín.

Es sobre estas certezas que tendríamos que actuar, en la defensa de un capital intelectual y humano (con todo lo que esta palabra significa), para convertirlo en una fuente de valor y de resistencia.

Sadin nos permite poner atención en otro aspecto importante, que es la crítica al trabajo, que por estos días está ligada a la fantasía de poder prescindir del esfuerzo que conlleva, del tiempo que debemos dedicarle, para ocuparnos de otras cosas más placenteras.

Si bien es cierto que existen trabajos agobiantes y embrutecedores, la IA tiene en la mira las tareas que requieren más formación, habilidades y destrezas creativas. Lo que Sadin nos impulsa a pensar es que ese discurso puede ser una estrategia para que entreguemos nuestro saber y habilidades, para facilitar la instauración de un mundo en el que tal vez, como humanos, ya no tengamos nada que hacer.

El desierto de nosotros mismos, de Éric Sadin (Caja Negra).

star111 login

betturkey giris

https://vsetut.uz

lottostar

https://slotcoinvolcano.com

lottostar

super hot slot

hollywoodbets mobile

pusulabet giris

yesplay bet login

limitless casino

betturkey guncel giris

playcity app

sun of egypt 4

moonwin

aviamasters

jeetwin

winnerz

lukki

croco casino

playuzu casino

spinrise

discord boost shop

fairplay

betsson

boocasino

strendus casino

sun of egypt 2 casino

gbets login

playwise365

amon casino

betmaster mx

verde casino

winexch

prizmabet

solar queen

quatro casino login

springbok