«En la novela las palabras son soberanas. En la ópera, no»

«En la novela las palabras son soberanas. En la ópera, no»


“A los costados había flores amarillas, campos amarillos, nada más”, recuerda Ariana Harwicz sobre el paisaje que veía segundos antes del choque frontal que sufrió en abril pasado, en una ruta de la campiña francesa. “Podría haber muerto, pero todo el tiempo podemos morir”, dice ahora, sentada en el café del Teatro Colón. Busca el celular en la cartera y muestra la foto del auto reducido a una carcasa irreconocible.

“Iba sola, menos mal. Me llevaron en helicóptero a un hospital. Cualquier accidente puede ser mortal, pero uno frontal tiene estadísticas bastante claras sobre lesiones cerebrales o muerte. Lo que viví el mes pasado te cambia todo”, agrega.

La autora de Matate, amor, La débil mental y Precoz, que es además este año Jorado de Honor del Premio Clarín Novela, atraviesa ahora otro vértigo: el estreno de Dementia, la ópera que se podrá ver hasta el sábado en el Teatro Colón. “Es la primera vez en mi vida que escribo con la conciencia de que alguien gobernaba mis palabras”, dice. Acostumbrada a la autonomía feroz de la novela, tuvo que aceptar que en la ópera manda otro: la música.

Durante más de tres años trabajó junto al compositor Oscar Strasnoy en una obra escrita desde cero, algo poco frecuente en la historia reciente del teatro. Entre pandemia, cambios de gestión y postergaciones, el proyecto sobrevivió y se estrenó mundialmente esta semana en la sala principal con dirección musical de Tito Ceccherini y dirección escénica de Mariano Pensotti.

–¿Qué tan distinto fue escribir para la ópera?

–Completamente distinto. Yo venía de la novela, donde las palabras hacen prácticamente lo que una quiere, y acá aparecía alguien diciéndome: “esto tiene que repetirse”, “acá necesito un coro”, “acá hace falta un aria”. Mi libreto tenía una lógica muy novelesca que chocaba con la composición musical. Oscar me iba marcando otra respiración. Lo mío iba a ser una adaptación de Degenerado, adaptaciones como se había hecho con otros autores contemporáneos. Y el reto mayor, me lo propuso Jorge Telerman: “¿escribirías una ópera, un libreto de ópera de cero, para el Colón?” Hablamos de otra dimensión.

–Muchísimo. Porque en la novela las palabras son soberanas. En la ópera no. En la ópera manda la música. Yo escribía una frase y después tenía que preguntarme cómo sonaba cantada. Eso cambia totalmente la relación con el lenguaje. En un libro una repetición puede ser una decisión estética; acá además tiene una función sonora. Lo más raro es que escribí el libreto sin escuchar todavía la música. Era como estar enamorada de alguien durante años y recién después conocerle el cuerpo.

–La obra sigue a tres parejas que son la misma en distintas edades: 25, 50 y 75 años. Volvés a explorar una de tus obsesiones.

–Ahí hay un juego de poder feroz. Ella es una escritora y él su traductor. Ellos dependen de ella para trabajar, pero al mismo tiempo el modo en que él traduzca va a definir cómo ella será leída y recordada. Si él tiene el poder de la traducción, también tiene poder sobre su posteridad. Participar de una ópera es, para mí, el summum de la traducción. Además, la obra se canta en francés y en español, y eso toca algo muy íntimo mío. Hay una guerra de lenguas ahí. En francés soy mucho más vulnerable; la lengua me lleva para donde quiere.

–El espacio, la casa donde transcurre la obra, como ocurre con tus otros textos, tiene una presencia que va más allá de lo físico, de lo tangible.

–Porque el lugar nunca es decorado. Siempre es un personaje. La obra reproduce algo del misterio de la casa donde yo vivía en Francia, un lugar perdido, sin dirección, donde habían vivido peones de un castillo vecino. Se llamaba Fernigó. Era un lugar rarísimo. Muy operístico. Yo le mandaba videos al equipo para que entendieran esa atmósfera. Creo que no hubiera podido escribir igual viviendo en Buenos Aires. Necesito cierta intemperie para escribir.

–Decías recién que el accidente te cambió.

–Muchísimo. La novela que estaba escribiendo la dejé y probablemente la vuelva a empezar desde cero. También abandoné un libro de cuentos. La escritura siempre está ahí, mironeando, afanando y comiéndose a la vida, pero después de algo así las palabras se miran distinto. Hay algo que se rompe. No se puede mentir en la lengua.

La escritora Ariana Harwicz en la sala del Teatro Colón. Foto: Ariela Grinberg.

–Pronto participarás de la 85.ª edición de la Feria del Libro de Madrid…

–Sí, aunque se cayó la charla más importante que tenía porque la otra autora no quiso compartir el panel conmigo.

El encuentro programado para el sábado 13 de junio de 2026 junto a la escritora Sheena Patel fue cancelado y ya no figura en la programación oficial. Patel, que el año pasado participó del Filba, expresó en redes sociales su apoyo a Palestina y cuestionó públicamente la política israelí en Gaza.

“Fue muy doloroso y me dejó helada. No me están cancelando porque haya cometido un crimen o porque escriba mal. Esto excede completamente lo literario. Voy a dar un taller y a firmar ejemplares, pero la única conversación importante que tenía ya no existe. El campo del arte siempre fue un campo de tensiones políticas. Nunca fue un jardín de flores. Pero ahora, believe me, está bastante difícil”.

Harwicz baja la voz recién al mencionar a sus hijos.

“Me angustió muchísimo porque yo viajo con ellos. Entonces pienso: ¿qué les explico? ¿Cómo les cuento que la única charla importante que tenía programada desapareció porque alguien no quiere hablar conmigo? A mí no me cambia la vida. No es que me ponga en víctima”.

Es público su apoyo al Estado de Israel y sus críticas a lo que considera una nueva legitimación del antisemitismo en ciertos sectores culturales europeos. Activa en su cuenta de X, habló de una “romantización del odio antijudío” en algunos ámbitos artísticos y universitarios.

El posicionamiento político en el arte tiene consecuencias: gente que no quiere hablar con vos. Y esto no es aislado. Se suspenden muestras, se desmontan instalaciones, se desprograman obras de teatro. Hablando con editores y programadores, veo que en Europa el clima está muy áspero”.

La escritora Ariana Harwicz en la sala del Teatro Colón. Foto: Ariela Grinberg.

–¿Sentís que se perdió la posibilidad de discutir?

–Totalmente. Está muy de moda este gesto de “desprogramar”. Es peligrosísimo. Antes uno podía discutir violentamente ideas y aun así compartir una mesa. Ahora pareciera que antes de hablar de literatura hay que aclarar qué pensás de Israel, de Putin o de cualquier conflicto internacional. Yo lo único que defiendo es que el arte conserve cierta independencia. Yo crecí escuchando discusiones intelectuales tremendas. La gente se peleaba, pero discutía ideas. Si armamos mesas solamente entre personas que piensan igual, el público escucha a dos personas repitiéndose. Yo jamás googleo a alguien antes de conversar para ver qué opina políticamente. Me interesa su obra. Imagínate el futuro de los festivales si seguimos así: antes de hablar de traducción o de surrealismo, todos teniendo que aclarar a quién votaron. Es espantoso. Yo no pienso igual que Erica Rivas, pero la admiro profundamente como artista. No estoy mirando a quién votó.

–En julio vuelve Erica Rivas con Matate, amor.

–Sí. Me mandó un audio hace unos días diciéndome que todavía encuentra cosas nuevas en el texto después de tantos años. Eso me conmueve muchísimo. Ella podría hacer la obra en una sala enorme y, sin embargo, elige seguir en un espacio pequeño porque cree profundamente en el material. Nunca repite. Siempre está buscando algo nuevo.

–Ese libro también terminó convirtiéndose en una película producida por Martin Scorsese.

–Fue rarísimo. Muy perturbador. Ver algo tan íntimo mío en Cannes frente a miles de personas tenía algo de irreal. Pero al mismo tiempo el nombre de Scorsese abrió puertas enormes. Gracias a eso aparecieron traducciones en mercados donde antes mis libros no existían, como Japón o Dinamarca, en los países nórdicos.

–Ahora también avanza la adaptación cinematográfica de Perder el juicio.

–Sí, aunque el cine tiene tiempos desesperantemente lentos para alguien que escribe. Parece que el director será francés. Y esta vez sí tengo ganas de involucrarme más. No para controlar, sino porque me interesa el diálogo. Poder mostrar desde dónde armé la novela, qué música escuchaba, qué pinturas tenía en la cabeza, y ver qué devuelve el otro

Este año Harwicz también integrará el jurado del Premio Clarín Novela junto a Betina González y Héctor Abad Faciolince. “Me encanta el trío que hacemos –dice entusiasmada–. Somos muy distintos. Y eso es lo que me gusta a mí, no lo digo por demagogia, lo digo en serio. Escribimos distinto. Publicamos en lugares distintos. Me encanta la diversidad”.

La escritora Ariana Harwicz sobre el escenario del Teatro Colón. Foto: Ariela Grinberg.

–¿Qué buscás cuando leés manuscritos anónimos?

–Busco la perla. No me importa el tema, ni el género, ni si responde a una agenda. Lo único que me importa es qué hace alguien con la lengua. Cómo cuenta algo que ya fue contado millones de veces. Cómo logra contar algo viejo de una manera nueva. A veces llega una escritura completamente desprolija y no me molesta. Me molesta mucho más cuando alguien falsea la escritura para quedar bien o cumplir con una consigna moral. Escribir una novela es escribir la historia de una vergüenza. Para hacerlo hay que perder el pudor. Me encanta poder pensar, evaluar, leer críticamente todas las obras que van a entregar. Me encanta ese rol.

–Muchas veces hablás de la escritura como un riesgo.

–Porque escribir realmente es un riesgo. Siempre. Y dialoga con todo lo que estudié: cine, filosofía, fotografía. Nunca pensé las artes por separado. De chica quería ser directora de cine y creo que por eso mis novelas son tan visuales. Mis textos nacen sabiendo que después van a transformarse en otra cosa. Es como si nacieran ya con esa condición genética de mutación. Lo pienso y es verdad, la mayoría nunca se agotan en ese universo. Pero al final todo vuelve al mismo lugar: no mentir en la lengua.

Dementia, de Oscar Strasnoy se puede ver hasta el 6 de junio en el Teatro Colón.

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