«El Pazo de Meirás era uno de los grandes símbolos de la dictadura franquista«, dice el académico y doctor en Historia Xosé Manuel Núñez Seixas para darle magnitud al reciente dictamen del Tribunal Supremo español que días atrás confirmó que la magnífica propiedad, construida por la condesa y escritora Emilia Pardo Bazán en el siglo XIX y apropiada por el dictador Francisco Franco en 1938, debe volver a las manos del Estado. Los nietos del tirano habían apelado inmumerables veces ante la justicia, pero el máximo órgano judicial cerró la causa fallando en favor de distintas instituciones públicas.
La propiedad de más de dos mil metros, se levanta sobre un terreno de más de 9 hectáreas rodeado por un muro de piedra. El edificio principal es de estilo romántico e imita con éxito la arquitectura de los castillos medievales con sus tres torres cuadradas unidas por estructuras más bajas, en las que se acomodan dependencias e incluso una capilla.
Fue encargado por la escritora Emilia Pardo Bazán, que heredó el terreno de su padre, el conde de Pardo Bazán, y se edificó entre 1893-1900. El pazo le daba a la aristócrata la presencia que su linaje merecía, pero la autora de Los pazos de Ulloa terminó pasando allí más de cuatro meses al año. Se recuerda que, en la torre que llamó «de la quimera», instaló su magnífica biblioteca.
Tras la muerte de la escritora y de sus descendientes, la propiedad fue donado a la Compañía de Jesús. Pero en el año 1938, en plena Guerra Civil, el gobernador civil y varios alcaldes de A Coruña, entre otras autoridades, crearon una junta tendiente a recolectar fondos para «regalarle» la propiedad al «Caudillo», que había nacido en Galicia.
La compra se oficializó el 3 de agosto de 1938 después de juntar 406.346 pesetas provenientes de donaciones forzozas, descuentos de parte de los salarios de funcionarios y trabajadores de empresas privadas y un aporte obligatorio para los ayuntamientos de A Coruña de un mínimo del 5 % de la recaudación del impuesto.
En Meirás veraneó Franco junto a su familia hasta su muerte en 1975 y la propiedad quedó en manos de su hija y sus nietos, hasta esta semana. El historiador Xosé Manuel Núñez Seixas participó del proceso de recuperación y cuenta aquí los detalles a Clarín.
–¿Cuál fue su rol en este proceso y cómo se probó que la propiedad del Pazo de Meirás no era legítimamente de la familia Franco?
–En efecto, presidí una comisión de expertos entre 2017 y 2018, creada por la Xunta de Galicia siguiendo el mandato unánima del Parlamento de Galicia, para explorar las vías legales para convertir el Pazo de Meirás en dominio público. En el informe que se presentó en el Parlamento y después sirvió de base para la actuación de la Abogacía del Estado español, secundada por otras instituciones (Xunta de Galicia, ayuntamiento de Sada, en cuyo término municipal se halla del Pazo de Meirás), se señalaban dos posibles vías. Una, la prueba documental, que después fue confirmada por las investigaciones subsiguientes, de que el título de compra del pazo por parte de Franco (1938) fue irregular (resumiendo mucho la cuestión). Segundo, la usucapión: el pazo era propiedad privada de Franco, pero entre 1939 y 1975 había fungido como sede estival por cuatro/cinco semanas de la jefatura del Estado, y su mantenimiento y ampliación (de la finca) corrió a cargo del erario público. Que la adquisición era ilegítima –una suscripción “popular” en plena guerra, con coacciones directas o indirectas, para recaudar fondos con los que agasajar al “Caudillo” con el pazo, construido décadas antes por la condesa de Parzo Bazán; y una retención forzosa en los sueldos mensuales de los funcionarios de la provincia de A Coruña– era bien sabido y probado por la historiografía; faltaba convertir eso en argumentos jurídicos.
–Dijo usted que el pazo es un “símbolo de lo que era el franquismo”. ¿En qué sentido esa propiedad puede dar cuenta de las lógicas del franquismo?
–El pazo era uno de los grandes símbolos de la dictadura pero también del poder del dictador, un “lugar de dictador” como yo lo denomino, pues se situaba en la intersección entre la dimensión pública y privada del autócrata. Era residencia estival, pero también sede de consejos de ministros, recepciones públicas, lugar en el que algunos ministros juraron su cargo, y escenario de encuentros entre Franco y estadistas extranjeros (Oliveira Salazar, el rey de Jordania, etc.). Además, su arquitectura neorrománica y su decoración interior reflejaban en parte los valores de la dictadura. Y tras 1975 fue también símbolo de impunidad: de la falta de ajuste de cuentas con el pasado reciente y sobre todo de memoria crítica con la dictadura franquista, que tardó en llegar varias décadas. Junto con el Valle de los Caídos, Meirás era uno de los símbolos perdurables del franquismo, si bien como pazo y como residencia de la escritora Emilia Pardo Bazán tiene una vida y una dimensión que también hay que tener en cuenta.
–¿Cómo se explica que esta lucha termine recién en 2026, cuando Franco murió en 1975, hace medio siglo?
–Es un clásico afirmarlo, pero la recuperación de la democracia en España no se basó en un proceso de ruptura revolucionaria, como en Portugal, o en una derrota militar, como en Alemania o Italia (y en parte Argentina). Fue un pacto entre élites tardofranquistas reformistas y la mayoría de la oposición democrática, que temían la vuelta de una guerra civil, y adoptó la forma de una monarquía constitucional, una amnistía y una renuncia implícita a medidas de justicia transicional, un ajuste de cuentas con el pasado dictatorial, y una memoria crítica de la dictadura en el ámbito público, que duró hasta 2007 (primera “Ley de Memoria Histórica” bajo el Gobierno de Rodríguez Zapatero, luego ampliada en 2022 con la Ley de Memoria Democrática). Hizo falta que una nueva generación adoptase una actitud más crítica hacia el pasado dictatorial y los costes en calidad democxrática que había implicado el “pacto de silencio”, se descubriese y debatiese que en España también había desaparecidos (fosas comunes de represaliados por los franquistas en 1936-45), y en fin que buena parte de la opinión pública mirase hacia el pasado con nuevos ojos. Es necesario recordar, con todo, que en otras democracias europeas de postguerra el ajuste de cuentas y una política crítica de la memoria también tardaron treinta años o más en asentarse plenamente (Alemania desde 1979, p. ej.). Y, por otro lado, que no existe en España un consenso social hacia las políticas críticas con el pasado incómodo que sí ha existido y todavía existe en otras democracias europeas occidentales, pues buena parte de la derecha democrática (ya no hablemos de la derecha radical) hunde sus raíces en el tardofranquismo.
–¿Cuál es el futuro del Pazo y cuál sería, en su opinión, el mejor destino?
–Existen alternativas en estudio y proyectos en vías de elaboración. El Pazo es un lugar de memoria democrático, debe ser visitado por la ciudadanía, además de grupos escolares etc., y quienes lo visiten estar guiados por una adecuada contextualización histórica (ahora mismo existe una exposición permanente, pero está previsto ampliarla), y en él deben hallar cabida todas las épocas, con especial protagonismo de su lugar como residencia de la escritoria Pardo Bazán, de sus descendientes, su etapa como símbolo del poder de la dictadura, y de la lucha y recuperación de esa memoria por la sociedad civil tras 1975.










