Era de noche, adentro de un boliche de Flores con las luces bajas, el sonido de bandas hardcore punk del under que tronaba desde los parlantes.
Corría el año 2008, apenas empezaba Facebook, y en medio del olor a cigarrillo y pisos pegajosos, Verónica descubrió qué era el vegetarianismo a través de los fanzines y remeras que circulaban en esos recitales.
“Eran bandas que tenían letras con mucho compromiso social y yo empecé a cuestionarme cosas. ¿Qué diferencia había entre estar comiéndome un pollo o comerme a mi gato?”, recuerda.
Pero una década después algo cambió y en el medio de un viaje decidió volver a comer carne. Primero un poquito, por si le caía mal, y cuando volvió de esas vacaciones, su familia la esperaba con un asado.
A pesar de la convicción, la información o el amor por los animales, algunas personas abandonaron el vegetarianismo en medio de un mundo y una Argentina donde se consume cada vez menos carne.
Con críticas y aprendizajes, ex vegetarianos reflexionan sobre cómo fue vivir durante años con una dieta distinta a la de sus familiares o amigos.
La alimentación vegetariana no debe pensarse por lo que excluye sino por los nutrientes críticos que hay que cubrir, como la vitamina B12, el hierro y el Omega 3.”
Giancarla Acuña Nutricionista
“Somos parte de una cultura donde el encuentro viene muy acompañado de la comida, entonces aparecían estas preguntas de ‘si se juntan, ¿no comen nada?’ -cuenta Verónica-. Ahí yo vi mucha creatividad, pensar en opciones como el seitán y que se podía hacer un asado vegetariano y que se pudiera disfrutar, que fuera algo rico.”
Chorizo seco
Juan tiene 41 años y vive en 9 de Julio, provincia de Buenos Aires. Volvió a comer carne la primera semana de la pandemia de coronavirus. “Se venía el mundo abajo y dije ‘si me voy a morir, que sea habiendo experimentado el placer que me daba la comida antes’”, rememora. Y durante una semana comió chorizo seco. “Uno a la mañana y otro a la tarde con mucha felicidad”, dice.
A pesar de haberse criado en el campo, Juan empezó su transición al vegetarianismo en 2018 motivado por el cuidado animal y alimentarse de una forma que ayude a reducir el impacto ambiental de la producción de carne: la emisión de gases de efecto invernadero, la deforestación y degradación de suelos o la pérdida de la biodiversidad.
“Donde vivo, la carne no puede faltar. Cuando fui a la nutricionista para pedirle ayuda con la dieta, me puso mala cara, pero porque acá no hay tantas dietéticas ni variedad de productos, la oferta es un poco escasa. Ella veía que me iba a ser difícil organizarme para comer equilibradamente. Tenía razón”, afirma.
Lo que Juan encaró pensando que le iba a resultar “más fácil y saludable”, no fue así. Para incorporar las legumbres como fuente de proteína a su dieta, tenía que planificar mucho más las comidas, porque tenía que hidratarlas primero. Aumentó su consumo de lácteos, de frutos secos e incluso compró un utensilio para hacerse fideos de verdura.
Foto: Emmanuel Fernández .
Sin embargo, se encontró “repitiendo mucho las comidas” con medallones de legumbre, los sabores le parecían “chatos” y “los análisis de sangre me daban peor que cuando comía carne”. “Aunque eso seguro tenía que ver con el estrés”, matiza.
Consumo
El consumo de carne en Argentina viene en caída desde hace décadas. Según el Instituto de Promoción de la Carne Vacuna Argentina (IPCVA), en 2023 (último dato disponible) una persona consumía un promedio de 51,1 kilogramos de carne por año. Diez años antes, en 2013, el promedio era de 62 kilos.
Por su parte, la Unión Vegetariana Argentina (UVA) registró que en 2020 había un 12 por ciento de la población que era vegetariana o vegana. “Con mi equipo hicimos un relevamiento en 2013 que indicaba que había un 3 por ciento de la población que era vegana, vegetariana, macrobiótica o naturista. En 2021 se hizo un estudio con la Sociedad Argentina de Nutrición que arrojó que había un 19 por ciento de ese colectivo”, indica Mónica Katz, médica especialista en Nutrición, fundadora del Equipo de Trastornos alimentarios del Hospital Durand y directora de la diplomatura de Obesidad de la Universidad de Favaloro.
Katz detalla que cada vez se acercan más pacientes al consultorio para adoptar un patrón de alimentación vegano-vegetariano, cada uno con distintas motivaciones: “La que más mencionan es cuidar el planeta; después respetar a los animales; y ser saludable, que es un aspiracional complejo porque ¿qué significa ser saludable? Las proteínas animales son saludables. Y después hay muchas personas con trastornos de la alimentación que adoptan un patrón vegano” (ver ¿Qué es la “ortorexia”?)
Hay que ser muy fuerte para sostener el veganismo. No es sólo dejar de comer animales: es activismo. Vivimos sin información y, queriendo o no, terminamos siendo partícipes de la matanza de animales.”
Malena Blanco Movimiento Voicot
La especialista asegura que “siempre es respetable la elección de una persona y el profesional de la salud debe acompañar”, pero que quienes adoptan una dieta vegana, frugívora o crudívora deben prestar especial atención a lo que necesiten suplementar.
“Lo que más falta es la vitamina B12; el hierro; al principio hay que cuidar mucho el calcio hasta que el cuerpo se adapte a la ingesta de calcio de origen vegetal, que es menos biodisponible; y el Omega 3, que no existe en el reino vegetal y son ácidos fundamentales para el desarrollo del cerebro en bebés y jóvenes y el mantenimiento de la salud cerebral -enumera Katz-. Cuando comen huevos y lácteos no hay problema, es compatible con una alimentación saludable sin tener que estar atentos a suplementos.”
Entre el hierro y la anemia
Para Verónica, la transición al vegetarianismo no le resultó difícil. Tenía apenas 16 años y fue a una nutricionista. “Pero en ese momento las dietas eran muy estandarizadas -asegura-. Me dieron esa hojita clásica donde te dicen que comas tostadas con un casete de queso y donde decía ‘carne’ la médica lo tachó y puso ‘lentejas’. Me fui sin ideas para que pudiéramos resolver en casa.”
Anne Hathaway, hoy embarazada. Hace un tiempo probó el salmón y dejó el veganismo. Foto: Reuters. Además de incorporar legumbres en ensaladas, Verónica y su familia empezaron a comprar milanesas de soja en el supermercado. “Estaban un poco de moda en ese momento, era la única opción comercial y eran un poco parecidas a una suela de zapato. Había que ponerles queso para que tuvieran un poco de onda”, admite.
Cuando cumplió 22 años, decidió dejar las pastillas anticonceptivas y empezó a sentir un cansancio mucho mayor. “No rendía lo mismo cuando entrenaba, me sentía con sueño todo el día, estaba mucho más ojerosa. Me hice los estudios de sangre y salió que estaba anémica, que un poco lo heredé de mi madre”, detalló. Para paliar la situación, su médica le indicó tomar suplementos de hierro y vitamina B12.
La anemia, una baja en los glóbulos rojos que suele producirse por un nivel bajo de hierro, puede darse en mujeres durante su período menstrual. También suele asociarse a personas con dietas vegetarianas o veganas porque una de las fuentes de hierro (aunque no la única) es la carne vacuna.
“No hay que asumir que una persona tiene anemia por seguir una alimentación vegetariana, ya que puede presentarse independientemente del patrón alimentario”, explica a Viva Giancarla Acuña, licenciada en Nutrición, especializada en alimentación vegetariana y vegana, nutrición deportiva y antropometría ISAK.
Con la pandemia, se venía el mundo abajo y dije: ‘Si me voy a morir que sea experimentando el placer’ …
Acuña señala que “hay múltiples causas de anemia” y que, por esa razón, “hay que indagar sobre las pérdidas menstruales, enfermedades digestivas, entrenamiento intenso, baja ingesta de hierro o deficiencias nutricionales”. “Hay distintos tipos de anemia y las causas no necesariamente están relacionadas con una alimentación vegetariana o vegana”, aclara.
Para la licenciada en nutrición, la alimentación vegetariana “no debe pensarse por lo que excluye, sino por los nutrientes críticos que hay que cubrir” para que sea adecuada: vitamina B12, omega 3, proteína, zinc, selenio y vitamina D y hierro. Y los alimentos deben ser reales, con el mínimo de procesamiento: vegetales, frutas, legumbres, semillas, frutos secos y cereales integrales.
“En el caso del hierro, lo podemos encontrar en las legumbres, las hojas verdes, la quinoa. Y se aprovecha mejor si al momento de la ingesta se incorpora vitamina C, que ayuda a absorberlo. Puede ser una naranja, que es muy accesible, pero también un tomate, una mandarina. No se necesitan grandes cantidades”, detalla. Pueden usarse suplementos, añade, pero es necesario evaluar cada caso.
En la actualidad, existe una oferta mayor de productos vegetarianos y veganos en supermercados, kioscos e incluso comedores escolares. Sin embargo, la licenciada en nutrición advierte que es necesario revisar las etiquetas para evitar comprar “productos que se promocionan como reemplazos de la carne o veganos” y que no son saludables.
Jared Leto basa su alimentación en plantas, pero tiene sus permitidos.Y añade: “Hay que entender que nuestra alimentación requiere flexibilidad, podemos tener cambios a lo largo de la vida. Un alimento no determina tu alimentación. Lo importante son los hábitos alimentarios, el conjunto de decisiones que tomamos”.
Cuestión de ideología
Horacio tiene 35 años y fue vegetariano desde los 23 hasta los 27. “Dejé de comer carne a los tumbos. No había tanta oferta y me alimentaba como el orto, con mucha papa frita, mucha pizza. Nunca me preocupé mucho por reemplazar los nutrientes”, asegura.
Para él, el vegetarianismo empezó como “una cuestión política, contra el sistema de producción”, porque le parecía que “era demasiado cruel con los animales”. “No me parecía justo comer animales. No hubo influencia de terceros; vi algunos documentales y sentí un interés genuino por el ambiente y otros seres vivos”, dice.
Para Eva, de 33 años, el vegetarianismo también estuvo vinculado a una cuestión ideológica. “Me sentía mal por comer un animal y consideraba que podía hacer el esfuerzo de comer otra cosa”, reflexiona. Corría el 2014 y en su casa su hermana menor ya era vegetariana desde niña.
Me sentía mal por comer un animal y consideraba que podía hacer el esfuerzo de comer otra cosa
“Nunca fuimos una de esas familias en las que si no hay carne no hay comida, era todo variado y había verduras, tartas, sopas”, enumera
La decisión de dejar de comer carne llegó después de que una compañera de trabajo le prestara un libro de Jorge Ledesma, El juicio de los animales, que plantea un universo en el que los animales juzgan a los seres humanos por los crímenes cometidos contra ellos. Lo primero que abandonó (y lo último que reincorporó) fue el pollo. Lo que más le costó dejar, el salamín.
Eva define su experiencia como “exploratoria” porque la información la encontraba especialmente en eventos vegetarianos o veganos y, además, no consiguió dar con ningún nutricionista que la asesorara para mantener una alimentación balanceada y solo le insistían para que volviera a comer carne.
“Yo era chica, recién me había ido a vivir sola. No estaba tan atenta a mis necesidades nutricionales. Me fui enterando de que existían cosas como la vitamina B12, pero en ese momento consumía mucho delivery, muchos hidratos. Pude incorporar legumbres en medallones que me hacía yo, pero en un momento me aburrí de comer siempre lo mismo”, dice.
Miley Cirus dejó el veganismo y ahora dice que es “Pescetarian”. Foto: prensa Lollapalooza Argentina.En 2018, después de un problema de salud, los médicos le impusieron una dieta muy restrictiva. “Necesitaba comer muy liviano y me cansé de comer papa y zapallo hervido, entonces me comí una milanesa -recuerda-. Tenía temor de sentirme mal si comía carne, pero como no pasó nada dije: ‘Tal vez puedo comer otro día’. Creo que no sentí culpa, para mí en ese momento fue algo positivo, de disfrute y lo ideológico se corrió del primer plano.”
Veganismo radical
Malena Blanco, fundadora del movimiento por la liberación animal Voicot y autora del libro Carroñeros (Planeta, 2025), opina que “hay que ser muy fuerte para sostener el veganismo” que, a diferencia de los vegetarianos, no consumen ningún producto derivado de animales, como los lácteos, los huevos o la miel.
“Cuando te debilitás, te lastimás y podés volver a comer animales incluso teniendo toda la información. Creo que están siendo débiles por distintas razones personales que no me atrevo a juzgar -afirma-. Hay que estar bien parado para tomar buenas decisiones por un bien mayor: no podemos seguir pensando que somos individuos por fuera de la naturaleza, de los animales, del cambio climático. Somos parte de un todo.”
Según Blanco, hoy existe una idea general en la sociedad de qué es el veganismo y sostiene que hay distintas maneras de practicarlo. “No es solo dejar de comer animales, para mí es activismo, tiene que ver con la pregunta filosófica de quién sos, qué hacés con tu vida. Vivimos engañados y sin información y, queriendo o no, terminamos siendo partícipes del horror que es la matanza de animales”, asegura.
Sabía que podía volver a comer (carne) cuando yo quisiera sin que me generara culpa.
La fundadora de Voicot señala que “el discurso especista ataca al veganismo siempre con las mismas preguntas” cuestionando si una dieta basada en plantas es o no saludable o con hipótesis acerca de si volverían a comer animales si estuvieran en una isla desierta. Lo importante, destaca, es responder “con altura y sin violencia”.
Blanco remarca que la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha declarado en distintos informes que “en todas las etapas de la vida, incluso durante el embarazo podés vivir de forma muy saludable sin comer animales”. “La OMS tiene a los embutidos en el grupo 1 de alimentos que saben que dan cáncer. Hoy tenés publicidades de embutidos, pero se cuestiona la alimentación basada en plantas”, apunta.
A pesar de que circula mayor información, Blanco afirma que “todavía hay algo autodidacta” al momento de dejar de comer animales, hay que “aprender qué va con qué” porque “no es que comés cualquier cosa y vas a ser saludable”.
Embarazo
Natalia se hizo vegetariana con información que había obtenido de redes y amigos que ya habían dejado de comer carne. “Fue en 2018, cuando mi segunda hija cumplió un año. No me costó mucho dejar porque ya consumía poca carne y me había dejado de gustar el sabor. Al no hacerlo por militancia sabía que podía volver a comer cuando yo quisiera sin que me generara culpa ni un conflicto”, cuenta.
Samuel L. Jackson fue un vegetariano transitorio hace 10 años. Foto: Reuters. Natalia mantuvo el patrón de alimentación vegetariana sin dificultad, incluso cuando cursó el embarazo de su tercer hijo en 2022. Recién en ese momento su médica le indicó suplementos de vitamina B12 y hierro.
En las últimas semanas de gestación, sintió antojo por un sándwich de vacío. En ese momento no pasó nada, pero al poco tiempo de haber parido quiso volver a comer carne. Lo primero que probó fue un canelón. Como no se sintió mal, fue a por el sándwich de vacío.
“Hay cosas que no volví a comer, como embutidos o salchichas. Eso nunca más -dice-. Hoy no pienso en volver a ser vegetariana, aunque consumo carne con una frecuencia muy baja.”
En los casos de la cantante Miley Cyrus y la actriz Anne Hathaway (hoy embarazada), la señal de alarma sobre un veganismo insuficiente la dio el cerebro.
Miley militaba contra la explotación animal hasta que se sintió débil, siempre cansada. Le faltaba Omega 3 y volvió a comer pescado. A la protagonista de El diablo viste a la moda, Matt Damon la instó a probar el salmón y salirse de la dieta verde:
“Comí un poco de salmón y mi cerebro se sintió como una computadora reseteándose”, dijo.
Por su parte, el cincuentón que parece de 20 de Jared Leto usa un neologismo muy útil para aquéllos que no se ajustan al vegatrianismo dogmáticamente: Cheagans. Apócope de Cheating vegan (vegano tramposo), su política es “No como carne siempre, pero si alguna vez mi mamá cocina algo con carne y me lo manda, lo como”.
Otra estrella de Hollywood, Samuel L. Jackson, bajó de peso y el colesterol gracias a una dieta basada en plantas en 2015, pero luego de filmar La leyenda de Tarzán, prefirió volver a una dieta mixta: dos o tres veces por semana agrega proteínas animales a su rutina vegetariana.
Aprendizajes
Verónica descarta la idea de volver al vegetarianismo, al menos en un futuro cercano. Sigue pensando que, como dice Paul McCartney, “si las paredes de los mataderos fueran de cristal, todos seríamos vegetarianos”, que hay un sistema de explotación injusto tanto de humanos como de animales y que existe también el agronegocio.
“Yo tomé una decisión respecto a cómo me sentía, a acompañar lo que me pasaba en el cuerpo”, afirma. A veces ayuda a rescatar perros y gatos y participa en una obra de teatro independiente que denuncia la crueldad hacia los animales.
Juan, por su parte, asegura que la experiencia lo hizo “empatizar más con la gente que no come carne y no tener tanto prejuicio”, además de procurar tener siempre una buena cantidad de vegetales al momento de hacer un asado: papas y cebollas a la brasa, ensaladas generosas y de muchas verduras y una salsa criolla con mango y kiwi que “va muy bien con el chori”.
Horacio tampoco quiere volver al vegetarianismo, pero sostiene que “el balance es positivo”, porque “ponerle el cuerpo a lo que uno cree es una buena experiencia para la militancia”. “Uno recuerda todos los días que hace algo y el por qué. Hay que ser constante, comprometido, hacer sacrificios y eso es lo que el mundo necesita para dar un paso adelante”, opina.
Eva asegura que “no está dispuesta” a hacer el esfuerzo de sostener una dieta sin comer animales. Sería un trabajo extra que “se agregaría a su vida como trabajadora pluriempleada”. “Lo que me quedó de esa etapa es que considero que un plato sin carne es una comida que puedo disfrutar y que es importante comer variado -reflexiona-. Cuando era vegetariana, no tenía una mirada cancelatoria hacia los que comían carne, tal vez por eso no me siento mal por haber vuelto. Es un camino que elegí en la vida, ahora elijo otro.”










