Mientras en Washington se multiplican las señales de inminencia política, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció este viernes que se encuentra reunido en la Sala de Situación de la Casa Blanca para “tomar una decisión final” sobre el eventual acuerdo con Irán. En paralelo, volvió a endurecer públicamente los términos del entendimiento en discusión, especialmente en lo relativo al programa nuclear iraní y al estratégico estrecho de Ormuz.
El movimiento presidencial reconfigura el escenario descrito en las últimas horas como un principio de acuerdo tentativo entre Washington y Teherán para extender por 60 días la frágil tregua en Medio Oriente. Pero ese borrador, que ya venía con alto nivel de incertidumbre, quedó aún más tensionado: Irán lo desmintió parcialmente y calificó las declaraciones de Trump como “una mezcla de verdad y mentiras”.
En su cuenta de Truth Social, el mandatario detalló que Irán “debe comprometerse a no poseer jamás un arma o bomba nuclear” y reiteró que el estrecho de Ormuz “debe abrirse de inmediato, sin peajes y para el tráfico marítimo irrestricto”. Incluso incorporó un punto más operativo que en versiones previas: la eliminación total de minas acuáticas en la zona, tarea que —según escribió— ya habría sido iniciada por fuerzas estadounidenses mediante dragaminas submarinos.
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También introdujo una novedad sensible: el eventual tratamiento del material nuclear iraní, que incluiría su extracción desde instalaciones subterráneas “en coordinación con Irán y el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA)”. El organismo, dirigido por el diplomático argentino Rafael Grossi, aparece así como pieza técnica central en un esquema que, de concretarse, implicaría la manipulación de unos 450 kilos de uranio enriquecido.
La arquitectura del acuerdo y sus puntos de fricción
En la lectura de los funcionarios estadounidenses, el entendimiento sigue siendo “multifacético”, según había anticipado el secretario del Tesoro Scott Bessent, aunque subordinado a una decisión política directa de Trump, que mantiene la última palabra. El propio presidente cerró su mensaje con una definición clave: “No se realizará ningún intercambio monetario hasta nuevo aviso”.

Ese punto introduce un giro respecto del borrador inicial filtrado por Axios, que contemplaba descongelamiento de fondos iraníes y alivio progresivo de sanciones. Ahora, la variable económica aparece congelada, mientras se mantienen otros compromisos en negociación de menor escala.
En paralelo, el vicepresidente JD Vance había confirmado que ambas partes “intercambian propuestas sobre redacción”, especialmente vinculadas a capacidades nucleares. La Casa Blanca, sin embargo, no precisó qué funcionarios participaron en la reunión decisiva en la Sala de Situación, ni confirmó si Teherán aceptó las nuevas condiciones.
Negación iraní y doble narrativa en Teherán
Desde el otro lado del tablero, la respuesta fue inmediata. La agencia semioficial Fars citó fuentes del régimen que rechazaron las afirmaciones del presidente estadounidense y negaron la existencia de un acuerdo cerrado, al que calificaron como una construcción política destinada a proyectar una “victoria falsa”.
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Incluso desestimaron la cláusula sobre destrucción o extracción del material nuclear, uno de los ejes más sensibles del esquema. En esa línea, insistieron en que cualquier avance dependerá de acciones concretas y no de declaraciones públicas, una posición que ya había sido anticipada por el presidente del Parlamento iraní, Mohammad Bagher Ghalibaf, quien sostuvo que “el único criterio es la acción” y que “el ganador es quien está mejor preparado para la guerra al día siguiente”.

El canciller Abbas Araqchi, en tanto, advirtió que el acuerdo depende de que Washington abandone “exigencias excesivas y posiciones contradictorias”, según un comunicado difundido por la diplomacia iraní tras una reunión con su par omaní.
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Más allá del plano diplomático, el estrecho de Ormuz sigue siendo el epicentro estratégico del conflicto. Trump sostuvo que los barcos que quedaron atrapados por el bloqueo naval estadounidense podrán retomar su tránsito normal, lo que implicaría una desescalada en uno de los puntos más críticos del comercio global de energía.

Según la versión iraní difundida por Fars, la reapertura del paso marítimo podría incluir mecanismos de “vigilancia, inspección de buques y medidas de seguridad”, lo que revela que incluso en el escenario de distensión persisten disputas sobre soberanía operativa.
En la nota original ya se describía cómo la escalada militar había seguido su curso incluso en paralelo a las negociaciones: ataques cruzados entre fuerzas estadounidenses e iraníes en el entorno del Estrecho de Ormuz, bombardeos sobre instalaciones en Bandar Abbas y respuestas con misiles hacia bases en la región. Ese contexto no desapareció; simplemente quedó superpuesto a una negociación que avanza bajo fuego cruzado.
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La política interna de Trump como telón de fondo
El endurecimiento y aceleración del proceso ocurre, además, en un momento de tensión política interna en Estados Unidos. La guerra en el Golfo impactó en la inflación y erosionó la aprobación presidencial, que según estimaciones recientes se ubica en su piso desde el inicio del mandato.
En ese marco, el acuerdo con Irán aparece no solo como un expediente de política exterior, sino como un intento de reordenamiento interno de cara a las elecciones legislativas de noviembre. El control del Congreso se convirtió en la variable crítica que puede definir la segunda mitad del mandato republicano.
El resultado, si llega a cerrarse, no sería menor: implicaría la estabilización parcial de un conflicto que alteró el flujo energético global y devolvió a Medio Oriente al centro de la agenda estratégica. Pero, a esta altura, el proceso todavía se parece más a una negociación en tiempo real con múltiples centros de poder que a un acuerdo cerrado.
TC / NG










