Desde Canadá, con un recorrido que lo llevó de Mendoza a Europa y Estados Unidos, Juan Sebastián Delgado presenta Tangos Imaginarios, un álbum que no busca reinterpretar el tango desde la nostalgia, sino desplazarlo hacia un territorio en tensión. El disco, que reúne a figuras como Gustavo Beytelmann, Daniel “Pipi” Piazzolla y Marcelo Nisinman, no se plantea como homenaje en sentido clásico. Tangos Imaginarios propone un cruce entre tradición y experimentación: ¿en qué momento sentiste que el tango podía ser un territorio tan abierto? Responde Juan Sebastián Delgado: “Creo que es importante entender que tanto el cello como la electrónica ya forman parte de la historia del tango. El cello está presente desde hace mucho, incluso con Piazzolla, y la electrónica tuvo un impacto muy fuerte a partir de los años 2000. En mi caso, más que intervenir el tango desde afuera, sentí que podía expandir elementos que ya estaban ahí. Fue un proceso bastante orgánico”.
—El disco dialoga con Gardel y Piazzolla, pero desde una sonoridad contemporánea: ¿cómo evitaste lo reverencial?
—Es un terreno delicado. Uno no quiere caer en clichés ni repetir algo que ya fue dicho de forma brillante. La pregunta fue cómo acercarme sin imitar ni negar ese legado. Para mí implicó tomar distancia, intervenir el material, abrir espacios de improvisación y, sobre todo, escuchar qué me pasa hoy con esa música. Encontrar una voz propia es un proceso constante.
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—Hay una fuerte presencia de la improvisación: ¿qué lugar ocupa el riesgo?
—Sin riesgo es muy difícil que algo cambie. Si mirás la historia del tango, tanto Gardel como Piazzolla asumieron riesgos enormes. La improvisación siempre estuvo presente, aunque a veces no se la destaque tanto. Para mí es un espacio de descubrimiento real, una forma de escucha en tiempo presente. Tiene que ver con animarse a no tener todas las respuestas de antemano y permitir que algo suceda en el momento.
—Venís de una formación académica e internacional: ¿cómo impacta eso en tu relación con el tango?
—Influye mucho. Me dio herramientas, pero sobre todo una apertura estética y una curiosidad constante por el sonido, la forma y la técnica. Me interesa rodearme de músicos que también tienen una voz fuerte, como Beytelmann o Nisinman, que logran ese equilibrio difícil entre renovar el lenguaje y mantener una identidad muy clara. Yo me acerco al tango desde ese lugar, no desde la nostalgia sino desde una escucha activa.
—En el disco participan músicos ligados directamente a la historia del género: ¿cómo se construye ese diálogo?
—Son músicos de una generación que trabajó con Piazzolla, y eso ya es algo muy fuerte. Pero además son muy versátiles y abiertos en su forma de encarar la música. Todo se dio de manera bastante natural. Me gusta pensar que en este disco se conectan generaciones de músicas que no tienen espacio ni tiempo.
—Tu trabajo parece expandir el lugar del cello en el tango: ¿lo pensás así?
—No sé si puedo decir eso todavía. Pienso en figuras como José Bragato, que sí marcaron un camino muy claro. Yo lo que intento es aportar desde mi lugar, desde mi forma de escuchar y de trabajar. El camino es hacerlo, seguir construyendo y ver qué pasa con eso.










