El impacto que generaron Guillermo Vilas y en menor medida José Luis Clerc en los años setenta, potenciado de gran manera por La Legión liderada por David Nalbandian y Guillermo Coria entre fines de los noventa y principios de los 2000, dejó muy alta la vara para los tenistas argentinos, a los que parte del público y la prensa les exige grandes victorias, títulos, que disputen las rondas finales de los Grand Slam, un rápido ascenso en el ranking. Y la presente edición de Roland Garros, aunque lejos de aquellos años de gloria, marca que hay material (léase jugadores) con el que seguir ilusionándose a futuro.
Diez argentinos (los hermanos Cerúndolo, Mariano Navone, Camilo Ugo Carabelli, Thiago Tirante, Solana Sierra, Román Burruchaga, Marco Trungelliti, Francisco Comesaña y Facundo Díaz Acosta) accedieron a la segunda ronda que comienza este miércoles en París y la marca de nueve en el cuadro masculino, que supera este año a potencias como Estados Unidos (8) y Francia e Italia (ambas con 7), es la más alta para el país en este torneo desde 2007, hace 19 años. Impacta.
Aunque el nombre de Vilas, impulsor del tenis en Argentina, resalta por encima de todos y a larga distancia, la época dorada del tenis nacional fue la que se vivió durante la primera década del siglo actual con una generación que dejó años de logros muy por encima de las expectativas de un país tercermundista y sin el poderío económico de las potencias: un campeón de Roland Garros (Gastón Gaudio), otro que se consagró en el prestigioso Torneo de Maestros (David Nalbandian), tres subcampeones en Majors (Nalbandian, Coria y Mariano Puerta), variedad de top 10. Y el listado de logros podría seguir.
No fue un milagro. Hacia fines de los noventa, luego de la renuncia de Juan Carlos Belio, Enrique Morea, vicepresidente 2° de la Asociación Argentina de Tenis, asumió la presidencia. Ya no era, simplemente, un extenista recordado por haber alcanzado las semifinales de Roland Garros en 1953. Había armado la primera escuela nacional en el país, en 1969, de la que salieron, entre otros, Clerc, Fernando Dalla Fontana y los hermanos Gattiker que ganaron la Copa Galea, la Copa Davis Junior, en 1977.
Vilas entregó los trofeos a Gaudio y Coria, los finalistas de Roland Garros 2004. Foto. EFE/Sergio CarmonaY, ya como máxima autoridad del tenis argentino, continuó con ese programa de formación que permitió ver lo mejor de Nalbandian, Coria y de María Emilia Salerni y Clarisa Fernández, las principales apuestas. Los tres primeros, además de Mariano Zabaleta (Roland Garros 1995), fueron campeones de Grand Slam junior del mismo modo que Gisela Dulko lo logró tres veces en dobles y con tres parejas distintas, una de ellas la propia Salerni.
«También estaba Eugenia Chialvo, Tony Pastorino, Cristian Villagrán y algunos chicos más que éramos de los mejores en Argentina, liderábamos los rankings de Sub 14 en adelante. A partir de Sub 16 comenzamos a viajar a Europa y a la gira del Orange Bowl con capitanes puestos por la AAT y con un apoyo económico del 100% en algunas giras. Igualmente, más allá del esfuerzo económico, destaco que también había un trabajo planificado. Por ejemplo, había campus en Argentina donde nos juntaban a todos para entrenar», cuenta a Clarín la «Pitu» Salerni, campeona de Wimbledon y del US Open junior y ex número 1 del mundo en esa categoría.
«Competíamos en los torneos nacionales y representábamos al país en sudamericanos y mundiales. Yo lo tomé como un acuerdo. Era decir: bueno, te banco que vayas a Europa con becas que nosotros ganábamos con los torneos de la COSAT (NdR: siglas de la Confederación Sudamericana de Tenis), por ejemplo, pero después aprovechábamos para mechar con algunos Futures y otros torneos para los que nos ayudaba la AAT», agrega desde San Francisco, Córdoba, donde vive junto a su familia.
Luego, la rafaelina de 42 años añade un dato clave: «No puedo dejar afuera la situación económica del país con un dólar que te permitía mucho más que ahora salir al exterior para competir contra las mejores del mundo. Hoy, ir a Europa viviendo en pesos en Argentina y salir a costear una gira en dólares o en euros se hace muy difícil». Este punto marca un cambio de paradigma con respecto al escenario actual.
Nueva York, 2000: Morea junto a Salerni, por entonces vigente campeona junior del US Open y de Wimbledon. Foto: AP/Suzanne Plunkett«Hoy en día, la idea de la Asociación es generar cada vez más competencia, cada vez más torneos», explica Franco Squillari, semifinalista de Roland Garros 2000 y actual director de desarrollo de la AAT. «Un torneo de tenis sale lo mismo que bancar a un solo jugador todo el año. Entonces, es preferible apoyar a 40 jugadores que tengan la posibilidad de sacar puntos de ATP entre qualy y main draw que apoyar a uno solo», agrega. Eso repite Mariano Zabaleta, vicepresidente de la AAT y voz ante la prensa, cada vez que le toca hablar públicamente.
Del plan de Morea a la conducción de Calleri y Zabaleta
Enrique Morea, fallecido en 2017 a los 92 años, soñaba construir lo que se iba a llamar «la casa del tenis argentino», un centro de desarrollo que permitiría que los juniors con mayor proyección se formaran en un lugar propio sin tener que depender de sponsors o inversores extranjeros a los que luego les debían devolver el dinero.
En 1998, entonces, el motor se puso en marcha: se pensó en el terreno del Velódromo municipal porteño, ubicado en los Bosques de Palermo, y se presentó un proyecto. Finalmente, los obstáculos municipales y las reiteradas protestas de los vecinos de la zona postergaron el plan y -devaluación de 2001 mediante- la obra se frustró. Argentina perdió en ese momento la posibilidad de contar con un centro nacional permanente, una herramienta que hoy sí poseen potencias como Francia, España o Italia y que marca una diferencia estructural en la formación de la elite.
De todos modos, esa negativa no frenó el impulso de Morea, cercano al tenis hasta sus últimos días, apasionado por el deporte de su vida, con una voluntad admirable por construir. Dio curso a un proyecto formativo que concentró recursos en los mejores juveniles: se organizaron concentraciones técnicas que buscaban darle estructura nacional al desarrollo juvenil, se coordinó el seguimiento físico y competitivo y se financió parcialmente la participación en giras internacionales.
Ese esquema, sin embargo, dependía de continuidad política y respaldo económico sostenido, dos variables que el tenis argentino rara vez logró mantener estables durante largos períodos.
Claro que después -y principalmente- fue el talento de cada uno de estos jugadores y el gen competitivo del deportista argentino el que dio lugar a esa generación de la que se seguirá hablando durante décadas. El sistema acompañó, pero esa planificación no explica por sí sola la existencia de una camada que difícilmente pueda repetirse.
Nalbandian, campeón del Masters tras vencer a Federer en la final. Foto: Reuters/Nir EliasVilas plantó la semilla, llevó al tenis a un nivel de popularidad que no había tenido en el país y con el correr de los años siguieron apareciendo grandes figuras. Una, incluso, fue superadora de la Legión: Juan Martín Del Potro, número 3 del mundo, campeón de Grand Slam, de la tan ansiada Copa Davis y dueño de dos medallas olímpicas. Su desarrollo, sin embargo, respondió en gran medida a una estructura privada sólida y a un entorno propio más que a un programa centralizado de la AAT.
A otro nivel, otros dos top 10 fueron Juan Mónaco (10° en 2012) y Diego Schwartzman (8° en 2020). Incluso hoy, con una cifra de nueve top 100 que solo superan Estados Unidos (17) y Francia (12), el tenis argentino se mantiene en pie. La estadística es saludable en volumen, pero el desafío histórico sigue siendo el salto final, es decir, que por ejemplo Francisco Cerúndolo, un potencial top 10, finalmente logre dar ese paso. Y que se generen los recursos para que los talentos que vengan atrás, esos con chapa de «buenos en serio», tengan la posibilidad de cumplir con lo que prometen.
Casos como el de Del Potro se trataron de arrestos individuales. No hubo proyecto, no hubo planificación. ¿Qué ocurrió, entonces, para que se abandone el camino que había marcado Morea tras su salida como presidente de la Asociación Argentina de Tenis (AAT) en 2009? Las conducciones posteriores no lograron consolidar una línea técnica de largo plazo y el área de desarrollo atravesó cambios frecuentes, lo que afectó la continuidad de los procesos formativos. Responde Franco Squillari, punto de contacto entre la Legión y la generación previa que lideraron Martín Jaite, Guillermo Pérez Roldán y Alberto «Luli» Mancini.
«Para trabajar en desarrollo en Argentina, siendo un país tan grande y al haber tantos jugadores, se debe trabajar en equipo. Esa es una de las consignas que pusimos cuando me llamó Agustín (Calleri, presidente de la AAT desde 2018). Yo venía viendo que muchos de los directores de desarrollo duraban poquito tiempo porque querían hacer el trabajo solos y obviamente se quedaban sin nafta. Este parece un trabajo invisible, la demanda no se ve porque no es el profesionalismo, pero sí que la hay cuando, por ejemplo, uno visita jugadores y está ocho o nueve horas en un club o tiene que atender llamados de padres 24/7″, explica Squillari, 11° del mundo en aquel año 2000.
Daniel Orsanic, el capitán campeón de la Copa Davis en 2016, ocupaba en simultáneo el puesto de director de desarrollo desde 2014 y, al asumir Calleri con Zabaleta como vicepresidente, lo apartaron de la dirección de desarrollo. No le gustó nada a Orsa. Finalmente, en cortocircuito con los actuales dirigentes, fue despedido en 2018 tras la serie ante Chile en San Juan. Comenzó, entonces, una nueva era.
2001: Squillari y Calleri en la antesala de la serie que Argentina le ganó 5-0 a Canadá. Foto: M. Cáceres«Yo coordino junto a un equipo las categorías de 12 a 18 años. Están los torneos de la COSAT (Confederación Sudamericana de Tenis) y nosotros becamos a jugadores, a los mejores de Argentina, para que tengan alojamiento, la comida gratis. Elegimos a los equipos sudamericanos, los equipos mundiales, nos encargamos de generar el vínculo junto al ENARD, que es quien hoy está subsidiando gran parte del desarrollo del tenis nacional. El abanico es amplio. También intentamos generar recursos a través de la ITF, mandamos entrenadores para que puedan viajar con los jugadores», hace un paneo Squillari, quien venía de trabajar para la Federación Italiana de Tenis como director del área sudamericana.
El puntapié inicial de este proyecto se dio en 2018, cuando con motivo de los Juegos Olímpicos de la Juventud que se llevaron a cabo en Buenos Aires hubo un programa de apoyo por parte del ENARD. Ese respaldo estatal resultó determinante en un contexto en el que la AAT no dispone de un presupuesto comparable al de las federaciones más poderosas, lo que obliga a optimizar recursos y priorizar volumen competitivo por sobre estructuras permanentes de alto rendimiento.
Facundo Díaz Acosta, ganador del Argentina Open en 2024, fue subcampeón de aquellos Juegos y obtuvo la medalla de oro en dobles junto a Sebastián Báez. «Hace seis años que arrancamos y no solo vimos el crecimiento de Facu y de Seba, sino también de Fran Cerúndolo, Tomi Etcheverry, Juanma Cerúndolo, Camilo Ugo. Repito: la idea es generar cada vez más competencia, cada vez más torneos. Y hoy la verdad que tenemos un abanico de competencia enorme», concluye al respecto Squillari.
El modelo que quiere replicar Argentina
Hay una mente detrás del dominio abrumador del tenis italiano, que al margen de la figura de Jannik Sinner es el vigente bicampeón de la Copa Davis y de la Billie Jean King Cup entre otros grandes éxitos, y es la de Angelo Binaghi, presidente de la Federación Italiana de Tenis y Pádel, un estratega al ciento por ciento con amplia visión de futuro. Multiplicó la cantidad de torneos, sostuvo durante más de una década una política federativa estable, invirtió en infraestructura y centralizó la detección de talentos, una combinación que explica la profundidad actual de su sistema.
La historia de Binaghi y la explosión del tenis de su país comenzó tiempo atrás cuando al sardo (nació en Cagliari hace 65 años) se le ocurrió nacionalizar jugadores extranjeros para que representaran a Italia. Ese es el caso, por ejemplo, de Luciano Darderi, nacido en Villa Gesell que compite bajo bandera italiana y que así encontró la forma de dar el salto a la elite (hoy es el 17° del mundo).
Una de las patas del plan de Binaghi fue la de generar muchos torneos a un muy bajo costo en las canchas de un hotel espectacular de Santa Margherita di Pula, al sur de Cerdeña y frente al mar, en un negocio que también llevó adelante el tenis turco en Antalya. Y Argentina, con sus limitaciones y a su manera, tomó la idea central: generar muchos torneos.
«Con los torneos que se están haciendo en el país, terminás apoyando a todo el abanico de jugadores que hay en Argentina. Eso es lo que intentamos que todos entiendan», insiste Squillari, convencido. «Después, para los Grand Slam junior y los torneos preparatorios se le está pagando a aquellos que ingresan al main draw una gira, que son cuatro semanas con todo pago más un técnico de la Asociación», agrega.
¿Alcanzará este modelo, basado en ampliar la base competitiva, para cumplir con las altas expectativas del tenis argentino y recuperar los años de gloria? El tiempo dirá.









