Antes de abrir al público este sábado, la Bienal despidió una pre apertura agitadísima, signada por el rechazo de muchos artistas e incluso de trabajadores de los distintos pabellones nacionales en huelga.
Este viernes ocurrió algo inusual, teniendo en cuenta que es el último día en que los invitados especiales, curadores, directores de museos, artistas, galeristas, mecenas, periodistas y críticos aprovechan para recorrer con más detenimiento. Giardini y Arsenale mantuvieron más de 27 pabellones cerrados. En varios de los que quedaban abiertos había carteles que rechazaban el “genocidio” en Gaza y varias pancartas rezaban: Stop.
Los manifestantes que tuvo que contener la policía ocuparon varios pasillos de Arsenale y Giardini, e incluso se instalaron en la vía Garibaldi, ancha y llena de espacios gastronómicos. Rusia e Israel no contribuyeron al debate que en esta Bienal se ha abierto como un surco inesperado.
Por lo pronto Rusia presentó una propuesta insólita, que consistía en flores abundantes, un DJ enchufado a la música estridente y un barman que despachaba a las 11 de la mañana cócteles de vodka y agua tónica.
Israel mantuvo su pabellón cerrado en Giardini y se instaló en otro prestado por la organización de la Bienal a escasos 50 metros del argentino en Arsenale.
Cuando Clarín Cultura consultó por qué el cambio, nos informaron que el original está en obra. La instalación dentro del espacio empujaba a la perplejidad: era una enorme pileta con una columna en medio, con el agua que caía en forma constante. Algo bastante zen teniendo en cuenta la situación bélica que involucra a ese país en el sur del Líbano, Irán y Gaza.
Siempre hubo en ambos mucha custodia de los carabineros. Incluso en el de Rusia era ostensible que había personal de seguridad rusos. El pabellón argentino, en medio de tanto ruido que se produjo este último día de la previa a la apertura al público, apareció como un oasis. Hubo otros que apostaron a un concepto artístico dejando en manos del público la lectura de la obra.
El pabellón de Estados Unidos fue uno de los menos visitados. La prensa italiana que sigue de cerca la reverberancia que, en la 61 Bienal de Arte de Venecia, están teniendo los conflictos bélicos en curso, se sorprendió al ver la escasa convocatoria de este espacio que, siguiendo los lineamientos del gobierno de Trump, busca impulsar los valores estadounidenses.
El color dorado recargado destaca en las esculturas de Alma Allen que no consguió entusiasmar a un público que sí desbordó los espacios de Alemania, España, Austria, India, Italia, Polonia, entre otros. En esta Bienal en “claves menores”, como propuso la fallecida directora artística Koyo Kouoh, hubo muchas performances, sonidos y música.
Una obra expuesta en la entrada del Pabellón de los Países Nórdicos en la 61.ª Bienal de Arte de Venecia, en Venecia (Italia), el 8 de mayo de 2026. Foto: EFE/EPA/ANDREA MEROLAEn el Pabellón de Finlandia, con el tíítulo de Aeolian Suite, un ambiente envolvente trasladaba a los visitantes a una estepa donde el viento era preponderante.
El artista Oriol Vilanova convirtió al pabellón de España en un enorme mural hecho con las postales que coleccionó durante 20 años. Algo impresionante, teniendo en cuenta que la reflexión propuesta es sobre la memoria, la preservación de los objetos y lo que estos nos devuelven con el paso del tiempo.
Uruguay destaca en esta edición con “Antifragile”, de la artista Margaret Whyte, que trabaja sobre el concepto de los sistemas que se fortalecen en el desorden y la inestabilidad. Hay algo de poesía a de la resistencia en esa combinación de textiles y máquinas obsoletas que la artista combina. La propuesta curatorial y artística de Japón no convenció mucho. “Grass babies, moon babies” invitaba al público a interactuar con muñecos.
Ucrania, la herida que sangra todavía
La Fundación Pinchuk Art Centre produjo de nuevo una muestra colateral referida a Ucrania, en tanto el espacio del país invadido por Rusia llevó su envío titulado “Securitas guarantees”, de la artista Zhana Kadyrova. Se trata de una escultura titulada The Origami Deer”, que originalmente estuvo emplazada en un parque de Pokrovsk. Con el avance de la guerra la artista y trabajadores municipales tuvieron que evacuar la zona.
Una instalación artística que representa uniformes militares colgados de un tendedero en Venecia, Italia. Foto: EFE/EPA/ZOLTAN BALOGH HUNGARY OUTLa colateral de la Fundación Pinchuk a escasos pasos de la Accademia es realmente conmovedora. La 61 edición de la Bienal se despidió de la pre apertura con una invitación a tono con el clima crispado de esta edición, que tuvo lugar en la sede central de la Biennale en Ca’ Giustinian.
Con el paraguas de la Biennale della parola y el título de “Il disenso e la pace”, los cuatro directores de las distintas categorías de la Bienal –Alberto Barbera, por la de Cine; Caterina Barbieri, por la de música; Willem Dafoe, por la de teatro; Wayne McGregor, por danza, y Wang Shu y Lu Wenyu, por arquitectura– hablaron sobre la actualidad y la necesidad de preservar el espacio de las artes por fuera de la conyuntura política, apelando sí a la necesidad de dialogar.
Un respaldo total para el presidente Butafuoco que poner el pecho a las críticas que le llovieron por permitir que Rusia e Israel estén presentes este año. Sorprendió que en la fila para invitados especiales hubiera tantas sillas vacías. La presentación buscó sin duda fortalecer a Pietrángelo Butafuoco que ha tenido que sortear muchos obstáculos en estos primeros días de la edición 61.
La Bienal se extenderá hasta el 22 de noviembre, pero ya se ha convertido en histórica por ser una caja de resonancia de cuanto ocurre hoy en el mundo.










