La columna de Martín Caparrós: La palabra fechitismo | EL PAÍS Semanal

La columna de Martín Caparrós: La palabra fechitismo | EL PAÍS Semanal

Si hoy fuera sábado 25 de julio yo pensaría antes que nada que es el día de Santiago-y-Cierra-España, ese símbolo preclaro de la xenofobia, esa manera tan cristiana de querer matar a los que no lo son: prioridad nacional con aureola. Pero también podría averiguar que el 25 de julio de 1978 nació en Inglaterra Louise Brown, la primera bebé-probeta, o el de 1943 cayó el gobierno fascista de Benito Mussolini, o el de 1814 circuló la primera locomotora a vapor de George Stephenson y empezaron los trenes. Y recordar que el 25 de julio de 2015 llegué a Madrid desde Barcelona con ganas de instalarme.

Pero si hoy fuera domingo 26 pensaría antes que nada que se cumplen 74 años de la muerte de María Eva Duarte, una mujer de 33, y que fue a las 20.25, como rezó después, obligada por el gobierno peronista, cada radio argentina cada día: “Son las 20 y 25, hora en que la señora Eva Perón entró en la inmortalidad”. Pero también podría averiguar que Salvador Allende nació este día en 1908 y Aldous Huxley en 1894 y Antonio Machado en 1875, y que en 1822 fue el misterioso encuentro entre Bolívar y San Martín en Guayaquil y en 1533 la traicionera ejecución del Inca Atahualpa en Cajamarca por garrote vil y en 711 la derrota del rey godo Rodrigo que culminó la conquista árabe de Hispania y tantas más y pensaría, sobre todo, en el 26 de julio de 1972, cuando, por tratar de conmemorar a Evita en plena dictadura, la policía argentina nos corrió a bombazos.

Hace muchos años —desde mis 17 o 18— que muchos días pienso en lo que pasó ese mismo día en otros años, míos o ajenos. Y ahora quizá más. A veces es mi historia, a veces es la historia. Ser viejo es aceptar que uno tiene mucho más pasado que futuro, y actuar en consecuencia. Pero hacerse viejo es un trabajo que dura una vida —cada vida— y, más allá de las pérdidas concretas, consiste en ir armándose una historia que dé sentido a esos tiempos en que uno ya no puede armar muchas más cosas. Confirmar que sigo siendo ese.

Porque sigo creyendo que saber qué pasó antes nos lleva a entender mejor esto que ahora. Y me alienta la fantasía de pasear por el pasado —“lo pasado, paseado”— y sentir que es algo que conozco, que pervive. Es, obviamente, su gran ventaja sobre el futuro, tan esquivo.

Quizá sea una deformación profesional: en aquellos años estudiaba historia y después le dediqué mucho de mi vida. Y supongo que mi atención a las fechas es un modo caprichoso de ir hilando los recuerdos personales y trenzarlos con los generales y sostener la convicción de vivir en un mundo que no empezó ayer y, por lo tanto, no va a acabar mañana. Que el mundo sigue ciertas reglas —o constantes— que se mantienen en el largo plazo, y que vale la pena tratar de detectar.

Rumiar las fechas, atesorar las fechas nos sirve para eso: momentos de reconstrucción. Algunos lo hacen solo en las más clásicas: un cumpleaños, un aniversario. Otros lo hacemos al borde del exceso. Los diccionarios lo llaman efeméride. La palabra efeméride es curiosa: viene de Ἡμέρα, hemera, día, de donde sale también la negación de esta idea de duración, efímero, y una deriva más cercana, hemeroteca. Efeméride es, según una academia, un “acontecimiento notable que se recuerda en cualquier aniversario de él”. La frase es retorcida pero la palabra también. La palabra efeméride no hace justicia a estos trocitos de memoria: es administrativa, pretenciosa, pétrea. No me convencía, pero tampoco le encontraba un reemplazo pertinente: en general, cuando hablamos de historia nos ponemos pomposos, nos bañamos en bronce. Así que llevo años usando una palabra que trata de no hacerlo.

La palabra fechitismo define —creo que claramente— el fetichismo de las fechas. El fetichismo —Freud acecha de nuevo— es la conducta del que imagina que ciertos objetos o conceptos pueden tener poderes: desde un zapato de tacón aguja a una vieja bufanda con su olor, de una estatuilla muy tallada al detalle de unas puntillas negras. Por esos poderes el fetichista reverencia a su fetiche; digamos que yo hago eso con las fechas —o me burlo de lo que hago con las fechas—, y de ahí el fechitismo.

No es dañino, no más que un trago de cualquier nostalgia, y es, en cambio, una manera de vivir un poco más allá: recordar los tropiezos de una vida, pensar cómo se hizo todo esto, saber que mirar atrás siempre es un modo de seguir adelante —y viceversa.

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