A los 17 años, Alberto Ventura viajó a Estados Unidos y volvió obsesionado con un deporte que en Argentina nadie conocía: el surf. Seis décadas después, desde una pequeña isla en el Delta del Paraná donde pasa los fines de semana, el ahora abogado y ex deportista recuerda cómo introdujo el deporte hawaiano en las playas de Miramar y fundó allí una de los primeros clubs y escuelas de surf del país.
La historia comienza en noviembre de 1963. Ventura era apenas un adolescente. Viajaba a California con el equipo argentino de waterpolo para enfrentar al campeón norteamericano. Pero el verdadero descubrimiento ocurrió fuera de la pileta. Entre partido y partido, Ventura y sus compañeros comenzaron a recorrer distintas playas californianas. Allí, vieron por primera vez a jóvenes deslizándose sobre las olas.
“Nos deslumbró. En California ya empezaba a causar furor. Los surfistas americanos eran verdaderos vagabundos de la playa (en inglés eran conocidos como beach bums). Vivían en camionetas, recorrían toda la costa buscando la ola perfecta”, cuenta.
Para Ventura, criado entre entrenamientos y competencias deportivas, esa cultura representaba otra forma de vivir. El ya había pasado por la gimnasia artística, la natación y el waterpolo. “Toda mi adolescencia estuvo marcada por la disciplina. El surf apareció como lo contrario: era libertad.”
Antes de regresar a Buenos Aires, el grupo compró una revista estadounidense, llamada Mecánica Popular. Entre artículos sobre cohetes y avances tecnológicos, la publicación incluía instrucciones para fabricar una tabla de surf artesanal.
Un joven Alberto Ventura durante los primeros veranos del surf argentino.“Trajimos la revista y en un edificio en construcción de Recoleta empezamos a fabricar las tablas”, recuerda. Las primeras medían casi tres metros y pesaban alrededor de 30 kilos. “Más que surfear, navegábamos”, recuerda entre risas.
Esas tablas rudimentarias fueron las primeras que se construyeron en el país, y poco después las llevaron a Miramar, donde Ventura veraneaba junto a su familia. La aparición de esos enormes tablones sobre el mar llamó rápidamente la atención.
“En ese momento no existía prácticamente nada parecido en la costa argentina. Éramos una rareza”, cuenta. El grupo buscaba recrear en Argentina la cultura de los beach bums: “En vez del Volkswagen de los americanos, nosotros teníamos un Fitito con las tablas arriba”.
Integrantes del Kahuna Surf Club, que funcionó desde 1965 en Miramar. Con el tiempo comenzaron a sumarse otros jóvenes y, en 1965, fundaron el Kahuna Surf Club, que él define como “el primer club y escuela de surf organizado del país”. El nombre estaba inspirado en la cultura hawaiana: Kahuna es el dios del surf.
El club funcionaba sobre una playa rocosa de Miramar. Habían conseguido un permiso precario porque las tablas, pesadas y difíciles de controlar, podían resultar peligrosas para los bañistas. Allí instalaron una carpa y comenzaron a dar clases gratuitas. “Prestábamos las tablas para que la gente aprendiera. Queríamos difundir el deporte”, explica.
Así, lentamente la cultura del surf comenzó a expandirse. Las primeras tablas importadas llegaron gracias a amigos y familiares que viajaban al exterior. Al mismo tiempo, películas como The Endless Summer (1966), transformaron al surf en un fenómeno mundial. “La película fue una bisagra. Mostraba a dos surfistas recorriendo el mundo en busca de la ola perfecta. Ahí entendí que el surf era mucho más que un deporte”, explica.
Las exhibiciones y clases gratuitas ayudaron a popularizar el surf en la costa atlántica.Años después, Ventura siguió ese mismo camino y viajó a Sudáfrica para surfear en Jeffrey’s Bay, una de las olas más famosas del planeta. También recorrió playas de Hawaii y Portugal. Pero nunca dejó de pensar en Miramar. “El surf argentino hoy es enorme comparado con lo que era en los ‘60. Ahora hay tablas ultralivianas, competencias internacionales, surfistas profesionales. En aquel momento éramos menos de 50 personas entre Miramar y Mar del Plata”, recuerda.
Sin embargo, para él, la esencia sigue siendo la misma. “El surf era mi escape. Después de años de exigencia y entrenamiento, encontrarme solo con la tabla y el mar fue una forma de vivir distinta”, afirma.
Esa dimensión casi espiritual del surf aparece constantemente en su relato. Describe horas enteras sentado sobre la tabla mirando el horizonte, esperando una ola. También recuerda una de sus maniobras favoritas: pararse de cabeza sobre la tabla mientras descendía la ola, algo que había aprendido durante sus años de gimnasia.
La vertical sobre la tabla se convirtió en el sello personal de Ventura.Décadas más tarde, durante un viaje a Hawaii, la cuna del surf, encontró en un museo una obra de arte prácticamente idéntica a una vieja fotografía suya haciendo esa misma pose. “Ahí entendí definitivamente la relación entre el surf y el arte”, dice.
Sin embargo, Ventura sostiene que su aporte a la historia del surf argentino quedó relegado con el paso del tiempo, mientras Miramar fue perdiendo protagonismo frente a Mar del Plata, que terminó consolidándose como la capital nacional del surf. “Miramar es totalmente omitido pese a que es el único que tiene documentada su presencia en la década del ‘60.”
Gran parte del material periodístico y fotográfico de la época fue donado al Museo Histórico de Miramar. Allí todavía se conservan documentos, imágenes y registros del club y de las primeras exhibiciones de surf en la ciudad. “Mi intención no es reescribir la historia ni discutir el papel de otros pioneros. Lo único que quiero es sumar un capítulo olvidado”, afirma.
A sus 80 años, Ventura mantiene su pasión por el agua y el deporte. Foto: Ariel Grinberg.Hoy, desde su cabaña en el Delta, Ventura sigue rodeado de agua. Ya no surfea, pero conserva tablas, fotografías y recuerdos de aquellos primeros años. A más de seis décadas de esos veranos en Miramar, todavía habla del mar con el entusiasmo de ese adolescente que descubrió el surf en California. “La ola perfecta probablemente no exista”, dice. “Pero uno la sigue buscando toda la vida.”










