La muerte aparece donde quiere, pero estremece cuando es absurda

La muerte aparece donde quiere, pero estremece cuando es absurda

¿Por qué estremece la muerte de Jesús de Miguel? Por lo absurda. Por la forma. Por lo inesperado. Por lo infrecuente. El delantero del Tenerife está muerto. Nadie puede asegurar cómo es, ni cómo será, la vida de Jesús Owono después de la tragedia.

Fue temeraria la salida del arquero. Es cierto. Pero ese rodillazo pleno y fatal en el pecho fue como una maceta que cae desde un balcón sobre la cabeza de un transeúnte. ¿Dónde está la muerte? En cualquier parte. ¿Cuándo aparece? Cuando quiere. Y esta vez quiso que fuera en una cancha de fútbol, en una jugada como tantas otras: delantero que corre al vacío, arquero que sale a cortar con vehemencia. Choque. Golpe. Adiós. Sorpresa y dolor.

Desde tiempos inmemoriales, los arqueros levantan una pierna y se cubren el cuerpo con una rodilla alzada para embolsar un centro o despejar de un puñetazo. Se ve a menudo. Aquí no ocurrió exactamente eso. Owono salió a rechazar, saltó más alto que De Miguel y su rodilla impactó en el pecho del delantero. Temeridad, es cierto. Fatalidad, también. Como la maceta del balcón.

En mayo se cumplirán veinte años de aquella plancha de Gastón Sessa a Rodrigo Palacio durante un Boca-Vélez por la Copa Libertadores, en la Bombonera. El arquero impactó con los tapones en la cara del delantero. ¿Quiso lastimarlo? Sessa siempre juró que no. Tampoco parecía que necesitara protegerse de un choque. Aquella jugada de hace casi dos décadas es una de las más cercanas que se recuerdan a esta que hoy enluta al fútbol. El archivo seguramente ofrecerá otros ejemplos, aquí y en otras geografías, aunque ninguno con este desenlace.

Lo que viene ahora es el juego del juicio veloz. No faltará quien diga, con ligereza, que Owono es un asesino. Como escribió Jorge Valdano en El País, “para tanto dolor, es suficiente con una víctima”. Y como alguna vez tituló Osvaldo Ardizzone al escribir sobre el accidente doméstico que se llevó la vida de Hugo “Tomate” Pena: “A la muerte habría que matarla”.

El problema es que no se puede.

La muerte aparece, simplemente. Cuando quiere. A veces, en el momento menos pensado y de la forma más absurda.

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