Salir de la ciudad escapando de sí mismo. Renacer en la ruta o en otro paisaje, persiguiendo nubes diferentes. El duelo y el viaje, entonces, como experiencias similares, esa vieja idea de lo interno y lo externo, lo íntimo y lo público que se yuxtaponen, se tensionan, se fugan en mutaciones inciertas. “Los caminos, aunque no sean nuevos, aunque los hayamos recorridos en tiempos pasados, se nos presentan con otra luz y la posibilidad”, escribe Ernesto Carrión (Guayaquil, 1977) en las ideas de apertura de Catálogo de aves muertas, primera novela de un ecuatoriano publicada en la editorial Anagrama, que el prolífico y premiado autor terminó durante una residencia en el MALBA durante su estadía en Buenos Aires, en 2024.
Con la tristeza a flor de piel, el protagonista de Catálogo de aves muertas, de nombre Leónidas, es un padre que narra un viaje con su hijo Lautaro. Quiere acampar en la montaña, bajo el aire helado y páramos ancestrales, en la zona del Parque Nacional Sangay de la provincia ecuatoriana de Chimborazo, y en los días previos a lo que se conoce como el suicidio colectivo de unas aves famosas, que justo coincidían con la previa del aniversario de la muerte inesperada de su esposa Elisa. No están solos en la naturaleza: otros visitantes llegan hasta allí arrastrados por el mismo deseo.
“Una familia nueva de sólo dos integrantes”, define el padre a su orfandad, a esos olores de ella que ya no están en el hogar, “sus extravagantes verduras, sus zapatillas para trotar, su desodorante blanco, su té negro y su leche de almendras”.
Elisa, que se había doctorado a los 28 años, era una prominente bióloga que trabajaba para una compañía extranjera y amaba la naturaleza hasta los bichos más minúsculos. De un momento para el otro, capturada por un fenómeno que sigue siendo enigmático para la ciencia, había empezado a estudiar el asombroso caso de los cuvivíes, unas aves migratorias que cada año, en septiembre, se precipitan en masa hacia la muerte en las Lagunas de Ozogoche, espejos de aguas frías a tres mil quinientos metros de altura.
Un ritual desenfrenado
“Se trata de un ritual desenfrenado de la naturaleza que no posee una explicación. Supuestamente, cientos de aves llegan hasta allí con el único propósito de estrellarse contra la laguna. Caen como aniquiladas por un razonamiento imposible: quitarse la vida o simplemente dejar de volar”, se describe en la novela.
Todo cambió repentinamente. Meses antes de ir al territorio para observar el suicidio colectivo de las aves, Elisa muere al estrellar su coche de forma aparentemente voluntaria, ya que en la pericia no había rastros de ningún desperfecto mecánico. Su investigación científica sobre los cuvivíes, en efecto, quedó inconclusa o sin respuestas, como su suicidio.
El viaje de Leónidas con su hijo se presenta terriblemente doloroso, sin que pueda alcanzar algún nivel posible de comprensión, y no casualmente, en esa suerte de road movie que es la novela, se dice que los suicidas son los peores muertos: aquellos cuyo descanso resulta imposible, con el desvelo de los seres queridos que se la pasan indagando por qué ocurrió ese final.
“¿Por qué Elisa decidió un día estrellar su auto? ¿Cuál fue el sufrimiento que guardaba mi mujer y jamás advertí? ¿Qué insana idea tapó la mitad de nuestra vida juntos y destapó un abismo frente a sus ojos?”, son algunos de los desesperados pasajes.
Mientras ocurre el viaje, el narrador habla de documentos e informes que examinan el suicidio animal. Un tono algo periodístico, algo ensayístico, a través de los cuales Eduardo Carrión, que además de narrador es poeta y guionista, ganador del Premio Casa de las Américas con Incendiamos las yeguas en la madrugada, agrega a la trama como una capa de sentido.
Así, se destierra la idea de que solamente los seres humanos son los que pueden imaginar un futuro donde voluntariamente podrían desaparecer.
En rigor, la información científica que irá apareciendo en la novela –el marido que se obsesiona con la obsesión de su esposa– prueba lo opuesto: los animales no sólo poseen capacidad de autorreflexión sino que también se deprimen profundamente, como los tarseros de las Filipinas, las ovejas y las vacas y los toros que se arrojan continuamente de acantilados en distintas partes del mundo, o el delfín de la serie Flipper, que decide de pronto dejar de respirar.
Las preguntas se suceden y ninguna certeza aparece en el corto plazo para aplacarlas. ¿Por qué se precipitan las aves hacia el fin? ¿Fruto de un cansancio extremo tras vuelos largos? ¿Desorientados por el clima y los fuertes vientos en la alta montaña? ¿Por un ritual ancestral ligado a la condición sagrada de las lagunas? En montaje paralelo, el narrador indaga en la muerte de su mujer.
El Ernesto Carrión formó parte de la Residencia de Escritores del Malba. Foto: gentileza REM.“¿Puede una persona simplemente decidir un día su inexistencia? ¿Perder la fuerza que sacaba quizás de su entorno y las palabras? ¿Cambian las palabras el ánimo de la persona? ¿Qué les hace pensar a los seres humanos que solamente ellos tienen conciencia de lo que son la compañía, el amor y la tristeza?”, se cuestiona Leónidas, perplejo ante las razones de por qué alguien opta por abandonar la existencia.
Ritos funerarios y espíritus
Septiembre, además, es el mes en que hay más suicidios en el mundo. ¿Hay un contagio entre las especies? ¿Hay una suerte de tristeza que se transmite universalmente en esos días?
Aparecen, en los capítulos sucesivos, referencias al poder de las montañas, a ritos funerarios y espíritus, a Jonathan Swift y Gulliver, antepasados incas y cosmovisiones andinas, y destellos metafísicos como que “los seres humanos convivimos entre seres y objetos que han echado raíces por todas partes. Por eso asusta mucho volverlo todo cenizas” o “es difícil que cualquier ser vivo persiga su propio aniquilamiento”.
Alrededor de las Lagunas de Ozogoche ocurre algo inesperado, e irrumpe una amiga llamada Lucrecia y la tragedia de un tal Pablo García.
La novela luego cambia de foco y de narrador. El hijo, quince años después, viaja a India. Sigue el rompecabezas mental y emocional de su madre, y junto a su padre contratan a una empresa que recrea avatares digitales de los muertos. Con una simple base de datos alcanza para revivir a una persona a través de la inteligencia artificial.
El Ernesto Carrión formó parte de la Residencia de Escritores del Malba. Foto: gentileza REM.“Sanar es también una cuestión de saber perderse”, piensa Lautaro, que no deja de cuestionarse los tiempos del duelo y de cómo con la resurrección virtual de su madre se impide habitar y transitar la complejidad humana de los sentimientos.
“¿Sólo estamos dando vueltas en una enorme bola de gas, llena de agua, fantasía y muerte? ¿Estamos aquí para perder los días aspirando a la inmortalidad mientras nos miramos las palmas de las manos? ¿O somos esa cantidad de oscuridad que necesita una estrella para brillar con más fuerza?”, son otras preguntas que surgen entre la memoria y el presente, los muertos y los vivos, el dolor y la reparación.
Carrión contagia un lazo sensible con el mundo animal, bajo un tono íntimo y poético que viaja en el tiempo y a través de diferentes espacios. Una novela breve que, a la vez que sacude los sentimientos intrincados de una familia, pone a sus personajes en la reconexión con la naturaleza, entre “recuerdos desprendidos como ramas”, reflexiones sobre la paternidad y la condición de hijo, y la convivencia con los fantasmas propios y ajenos, sin por eso anular la dimensión de la pérdida y las ausencias, el azar y el destino, y la leve percepción de que la muerte de los otros “es un debate sobrenatural con uno mismo”.
Catálogo de aves muertas, de Ernesto Carrión (Anagrama).









