“¿Fue Borges un intelectual o en realidad eligió, por vía de la literatura, colocarse más allá del lenguaje del poder?”. En esta frase se condensa el sentido de Borges y la política, el último libro del politólogo Nicolás Freibrun. Editado por Siglo XXI, su bajada es provocadora pero, a la vez, certera, en cuanto a lo que pretende abarcar: “Un desafío para el peronismo, la izquierda y la derecha”.
En conversación con Clarín, el autor expande el contenido de su libro, un ensayo muy documentado en donde los textos del autor de El Aleph son las principales fuentes.
Allí donde la literatura se politiza y donde la política se vuelve un texto literario, el también autor de La invención de la democracia indaga en las ambigüedades que recubren la literatura borgiana, sus polémicos posicionamientos públicos pero, a la vez, ratifica que es en la ficción desde donde mejor se puede leer la politicidad del escritor argentino más importante de todos los tiempos.
–¿Dónde encontrás la política en Borges?
–No hay un solo modo de hablar de política. Lo que sucede es que la política mainstream cierra eso y lo coloca en algún lugar. La pregunta podría ser, ¿por qué la ficción o el arte en general no discute la política? Por otro lado, Borges hace política en la lengua. Borges es un polemista, no olvidemos que la palabra polemos viene de lucha en griego, de polis. De política, por lo tanto. Y Borges ya es un polemista por naturaleza. Y es un polemista del lenguaje. Creo que Borges hace política en la lengua. Ahí habría un aspecto para destacar, porque si nosotros pensamos que alguien no habla de política porque no enuncia directamente dejamos de lado una serie de manifestaciones donde puede aparecer lo político y puede plantear un interrogante sobre el sentido de las cosas. Entonces estamos hablando de una política más desplazada, que se insinúa, que por supuesto tiene que ver con grandes temas políticos como está organizado el libro: el orden, la civilización, la barbarie, la cultura en Occidente, el ser argentino, el problema de cómo se escribe siendo argentino, a partir de qué tradiciones, a partir de qué otras lecturas podemos incorporar ese rasgo cosmopolita, al mismo tiempo desde un lugar de la periferia, me parece que es un rasgo clave de Borges, poder tener esa doble mirada.
–¿Tiene sentido intentar ubicar la obra de Borges dentro de categorías como izquierda o derecha?
–Derecha e izquierda son categorías que ordenan el espacio político, no son categorías esenciales. Alguien puede estar más a la derecha o a la izquierda de acuerdo al campo político de su contexto. En ese sentido, Borges pasó por todas las posiciones. En los años 30 vemos a un Borges liberal progresista –si hablamos del nazismo, del nacionalismo reaccionario, del antisemitismo–. Luego Borges se fue corriendo a posiciones más conservadoras e incluso reaccionarias. Lo ha manifestado el propio Borges al tiempo que se corría de cualquier identificación política. La idea de que él se afilie al Partido Conservador es una declaración de una apolitización total. Ahora bien, como escritor, Borges es un escritor revolucionario. No hay que temer al decir eso. Es un escritor subversivo. Por lo tanto, ubicarlo en términos de izquierda o derecha ha quedado un poco vetusto. Es parte de una discusión de la época o de distintos momentos donde se hablaba de compromiso social, del intelectual militante, que Borges siempre por otro lado rechazó. Yo no ubicaría la obra de Borges dentro de esas categorías. Volviendo a algo que charlábamos antes, la ambigüedad de Borges también atraviesa la imposibilidad de cristalizarlo o identificarlo inmediatamente en términos de izquierda o derecha.
CUL / Borges y la política
–¿En relación a esto, encontraste prejuicios y simplificaciones mientras analizabas los textos de Borges?
–Retomando la pregunta anterior, hay un problema que yo llamaría de la “conciencia progresista” que abarca a distintas inclinaciones políticas. Creo que operó como un dique para pensar otras relaciones entre literatura y política. En cierta medida, esa “conciencia progresista” parecería reclamar que si alguien es buen escritor tiene que ser progresista, de izquierda, popular. Me parece un sesgo equivocado. Tampoco hay una relación natural entre los escritores y la política. Me parece que habría que partir de una posición contraria. Más bien, son elementos distintos, la literatura y por otro lado la política. ¿Por qué pensamos que tienen que estar reconciliados o que tienen que dialogar? Y ahí Borges entra muy bien, porque él siempre lo dijo desde una periferia. Es cierto que también están las claras declaraciones de Borges contra el peronismo y su posición, pero con eso le bastaba, ¿no? Me parece que hubo un momento en que ese sesgo impidió leerlo y eso me parece lo más grave. ¿Qué haríamos con autores como Céline, Ezra Pound, Ernst Jünger, autores fabulosos, los mejores quizás del siglo XX? Nos perderíamos un montón de lecturas. Creo que hay que problematizar la relación entre autor e ideología del autor de un modo tal que esa supuesta politización con la que debe cargar el autor no opere para poder leerlo de otra forma.
Jorge Luis Borges asistió a una de las jornadas del Juicio a las Juntas. Archivo Clarín.–Borges solía reivindicar la figura del intelectual que va «a contramano» de su época. ¿Creés que él mismo encarnó ese modelo?
–Sí. Ahí Borges te haría una distinción entre escritor e intelectual. Borges siempre se vio como un escritor y siempre resistió la idea del intelectual, porque el intelectual en general es interpretado como alguien que toma una posición consciente en el campo político. Y Borges, por supuesto, siempre rechazó. De hecho, efectivamente, siempre lo vio como una figura anacrónica. El intelectual es alguien que usa el pensamiento para la acción, dice en algún momento Borges. Y eso no le gusta. Creo que Borges no encarnó esa figura del intelectual, como, por ejemplo, sí la encarnó Lugones o Sarmiento, que fue presidente. Esos hombres han sido hombres de Estado, intelectuales, personas muy importantes que han organizado el sentido de un momento y que han tomado claras posiciones políticas. A mí me parece que Borges mantiene esa tensión. Es cierto que con la Revolución Libertadora que derrocó a Perón en el 55 él asume en la Biblioteca Nacional. Por lo tanto, toma una posición más simbólica pero en un gobierno antiperonista, en un gobierno ilegítimo. Pero nunca tomó la palabra como un intelectual, como la idea de alguien que organiza o representa una serie de ideas. En ese sentido, diría que Borges no es un intelectual y sí un escritor.
–Sobre Borges y a su relación con el peronismo que mencionabas antes, esto suele reducirse a una serie de anécdotas o posiciones conocidas. ¿Qué aspectos de ese vínculo buscaste complejizar o revisar en el libro?
–Quizás en la realidad Borges se sacaba el problema del peronismo diciendo que Perón era la reedición de Rosas, que era un dictador. En fin, había habido también problemas con la familia, porque no olvidemos que el peronismo había metido presa por un tiempo a la hermana, a la madre. Hubo una serie de episodios luego personales. Luego el episodio de la Biblioteca Miguel Cané, donde Borges es desafectado, desjerarquizado. Si bien todo eso es importante, para mí la forma más interesante de Borges hablando del peronismo es en su ficción. En textos como “El simulacro”, “L’illusion comique”. Eso para mí tiene una hipótesis en el siguiente sentido: parecería que es en la ficción donde es mejor o donde es más posible para Borges representar al peronismo, como si dijera la verdad del peronismo solamente es posible decirla a través de la ficción. Ahora bien, la política en la ficción puede ser desmesurada, puede asumir un rasgo incluso un poco caótico, un poco difícil de entender, diría Borges, pero en la realidad la política debe ser una realidad prosaica; una política prosaica, mínima. Sin embargo, lo que hace Borges es ir a la ficción allí donde la verdad de la política puede ser mejor representada y ese desplazamiento es el desplazamiento que a mí me interesa para pensar en este caso a Borges. También lo hace con el nazismo. Aunque también tiene una serie de intervenciones muy interesantes en los años 30, sobre todo en artículos e intervenciones periodísticas donde aparece esa idea del nazismo como una realidad pesadillesca o como una irrealidad. Esa idea de irrealidad de la historia es muy importante en Borges porque parecería ser que la mejor forma de pensar esos movimientos sociales o políticos de masas es a través de la ficción.
Imagen de archivo del dictador Jorge Rafael Videla con Jorge Luis Borges y Ernesto Sabato. Foto: DyN archivo Clarín.–Borges fue un crítico persistente del Estado y defendió con fuerza el individuo frente a los poderes políticos. En un presente donde esas ideas reaparecen con fuerza –incluso desde el propio Estado–, ¿cómo creés que debería leerse hoy esa dimensión de Borges?
–Sí, por casi por tradición familiar, Borges fue un crítico del Estado y un defensor del individuo en la mejor tradición liberal del siglo XIX que ve los poderes políticos y sobre todo el poder del Estado como un posible atentado al individuo. Me parece que la lectura de Borges es una lectura más moral y no obviamente económica. Jamás vamos a ver a Borges hablar del mercado, del individualismo de mercado, del libre mercado. Todas esas ideas no tienen nada que ver con Borges, no están en su lenguaje. Al mismo tiempo me parece que Borges ve en el Estado, y eso yo trato de ponerlo en el capítulo 2, y en la relación que tienen los argentinos con el Estado, una cierta desconfianza. Y ahí me parece que coloca una mirada muy interesante sobre la relación entre el Estado y el ciudadano. Obviamente que en el contexto actual, esas ideas de Borges resuenan en el sentido de una tradición liberal, pero creo que las ideas que se colocan hoy desde el propio gobierno de Milei colocan a un individuo totalmente atomizado. A una idea hobbesiana de lucha de todos contra todos, de cada cual se arregla como puede y vacía cualquier idea de comunidad o incluso de nación. Y me parece que Borges no está en esa línea. Siguiendo esa tradición liberal, tradición del padre, la tradición de Herbert Spencer, de cierto anarquismo inclusive con el que Borges tendía a identificarse, plantea una distancia y una tensión efectivamente con el Estado pero no en el sentido libertario. Borges sería un liberal, pero no un libertario. Por esto que decía respecto de tener al menos una idea, me parece, en Borges, que no se trata de que los individuos estén en lucha unos contra otros. Y ahí me parece que hay un punto interesante que es que Borges, siempre crítico como era efectivamente de la sociabilidad argentina, rescató sin embargo la amistad. La amistad como ese vínculo casi pre-político. Como un vínculo de la sociedad civil, como un vínculo social inmediato que tiene que ver con el reconocimiento de un otro más allá de la política, más allá del Estado. Y ese me parece un punto muy interesante para contemplar.
Nicolás Freibrun básico
- Es licenciado en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires (UBA), DEA por la Facultad de Filosofía de la Universidad de Barcelona y doctor en Ciencias Sociales por la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA.
- Es profesor adjunto de las materias Sistemas Políticos Comparados y Partidos Políticos y Sistemas Electorales en la Carrera de Ciencia Política de la Universidad Nacional de Mar del Plata.
- Es autor del libro La reinvención de la democracia: Intelectuales e ideas políticas en la Argentina de los ochenta (Imago Mundi, 2014).
Borges y la política, de Nicolás Freibrun (Siglo XXI).









