Las críticas al Gobierno aumentan tras la defensa del retiro de piezas del Museo Nacional

Las críticas al Gobierno aumentan tras la defensa del retiro de piezas del Museo Nacional


El Museo Nacional de Colombia rara vez es centro del debate nacional, pero este fin de semana se convirtió en el principal epicentro de la polémica. El jueves, la alerta sonó para muchos ciudadanos cuando vieron borrada una parte de la nación de los pasillos que muestran objetos, documentos y fotos elegidos por los curadores para representar la historia y la pluralidad de Colombia. El Ministerio de Cultura aterrizó el discurso del presidente Abelardo de la Espriella sobre los valores conservadores del país y ordenó retirar 30 piezas de la exposición permanente Hacer Sociedad: eran objetos del movimiento LGBTIQ+, de liderazgos feministas, de los estudiantes que impulsaron la Constitución de 1991, de dos líderes de la izquierda que fueron asesinados en 1990. “Es un museo mutilado”, resume Andrés Góngora, profesor y antropólogo en museos.

El sábado y el domingo, cientos de ciudadanos salieron a protestar frente a las instalaciones del Museo, el antiguo panóptico nacional. “La censura es de cobardes”, “Viva el arte marica y travesti”, “No es una batalla cultural, es una batalla contra la cultura”, decían las pancartas, la última en referencia a la batalla que prometió De la Espriella en su juramento presidencial. Aunque en el día la protesta fue pacífica, en la noche la policía antidisturbios lanzó chorros de agua sobre los manifestantes y destruyó la obra improvisada hecha con torres de ladrillo con las fotos de los 30 objetos ocultos.

El mundo de la cultura se manifestó desde todo el país. Los museos de arte moderno de Medellín, Cartagena, Barranquilla, Tolima y el Roldanillo (Museo Rayo) pidieron a la ministra de Cultura, Paola Holguín, garantizar la independencia y la autonomía de las instituciones artísticas —la decisión del retiro se tomó sin el procedimiento técnico y cuando el Museo Nacional carece de director en propiedad—. El Consejo Internacional de Museos en Colombia, por su parte, afirmó que el retiro de las piezas constituye una “falta al Código de Ética para los museos”. En la noche del domingo, el Museo Nacional seguía custodiado por la policía antidisturbios. En la mañana del lunes, un juez en Bogotá ordenó al Gobierno no hacer más cambios y conservar las obras retiradas.

La ministra Holguín se ha referido al retiro de las piezas sin explicar cómo se seleccionaron o por qué se hizo la operación de repente, dejando vacíos en los muros. Solo ha mencionado que el Ministerio está reevaluando la curaduría en el Museo. El mismo día del repentino retiro, el presidente De la Espriella dio un discurso en la sede del Ministerio de Cultura en el que declaró su guerra al “wokismo” o la cultura progresista, a los que señala de negar “las diferencias biológicas entre hombres y mujeres”, llevar a hacer apología a terroristas y falsificar “la historia reduciéndola a pugnas entre opresores y oprimidos”.

Tras dos días de protestas, Holguín no da su brazo a torcer por quitar las piezas. Todo lo contrario. A última hora el domingo publicó un comunicado en sus redes sociales en el que señala que quienes llamaron a manifestarse son también quienes “convirtieron la cultura en herramienta de deconstrucción histórica, apología al delito y revictimización de las víctimas”.

Se trata de un mensaje contra el Gobierno anterior, pues el Ejecutivo que inició el 7 de agosto ha dicho que el expresidente Gustavo Petro valoró como símbolos culturales elementos que, a su juicio, no tienen tal peso y, en cambio, representan una ideología concreta. Uno de ellos es el sombrero de Carlos Pizarro, quien, como líder de la guerrilla del M-19, firmó la paz en 1989, y pocos meses después fue asesinado dentro de un avión cuando era candidato presidencial. “El legado de mi padre es un legado de paz”, criticó frente al museo María José Pizarro, hija de Carlos y exsenadora por el petrismo. Petro, quien militó en esa guerrilla, no estuvo en la protesta frente al Museo Nacional, pero sí participaron funcionarios suyos, como la exministra de Ambiente, Susana Muhamad.

La inconformidad, sin embargo, no ha venido solo de la izquierda, sino de sectores liberales e incluso de la derecha tradicional, como muestran cartas públicas con decenas de firmas. “Estoy en desacuerdo con que se remuevan piezas que cuentan parte de la historia de Colombia”, escribió Federico Hoyos, excongresista del partido Centro Democrático. ”Un museo no es una tarima. Si un gobierno acomoda las salas para que el pasado le dé la razón, eso no es memoria: es propaganda con vitrina”, criticó el director del partido Nuevo Liberalismo, Juan Manuel Galán, hijo de otro candidato asesinado en la contienda presidencial de 1990, Luis Carlos Galán. “¿Cómo contar la conquista de la ciudadanía sin mostrar a quienes tuvieron que luchar por ella?“, preguntó María Paz Gaviria, curadora de arte y excandidata al Senado en el partido Liberal. En concreto, criticó el retiro de la ”séptima Papeleta», el papel que con el que se exigió en 1990 una nueva constitución (María Paz es hija de César Gaviria, el expresidente que impulsó la Constituyente).

Para algunos analistas, la batalla cultural que está librando De la Espriella es solo una continuación de lo que han hecho otros presidentes de ultraderecha en el continente. Donald Trump, en Estados Unidos, ha librado una larga pelea contra el museo Smithsonian, pues considera que ha ido en contra de los “valores americanos y occidentales”, sobre todo por denunciar el racismo. Los presidentes Javier Milei en Argentina o José Antonio Kast en Chile han librado sus propias batallas. El argentino exigió en febrero que el sable del libertador José de San Martín saliera del Museo Histórico Nacional, con el argumento de que estará mejor preservado en una unidad militar. El partido del chileno, por su lado, promueve un ‘Museo de la verdad’ para reivindicar el golpe de Estado de Augusto Pinochet en 1973.

El Museo Nacional de Colombia se ha convertido también en un símbolo. Para el Gobierno de De la Espriella, como plataforma para su “batalla cultural”. Para los críticos, como lugar para defender la diversidad de la nación colombiana. “El Museo es un lugar de debate sobre los pasados y el futuro de la Nación, no un texto político-religioso para el pensamiento único”, dijo en las protestas el historiador Gonzalo Sánchez, exdirector del Centro Nacional de Memoria Histórica. “El Museo como lugar de conversación está en las antípodas del totalitarismo”.

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